Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga.-

“Destruyan este templo y  lo reconstruiré en tres días”

En medio de la Cuaresma se narra la purificación del templo, para que reflexionemos sobre lo que es el verdadero culto a Dios y la verdadera casa de Dios. El evangelio tiene dos acentos principales: el látigo inexorable con el que Jesús expulsa a todos los traficantes de la casa de oración de su Padre, y la prueba que da de su autoridad cuando los judíos le preguntan por qué obra con tanto celo: el verdadero templo, el de su cuerpo, destruido por los hombres, será reconstruido en tres días. Hasta que esto no suceda (la muerte y la resurrección están todavía por venir), la antigua casa de Dios ha de servir únicamente para la oración. El Dios de la Antigua Alianza no podía tolerar a dioses extranjeros a su lado, sobre todo no podía soportar al dios Mamón (dinero).

La gran autorrevelación del Dios de la alianza, en la primera lectura, tiene dos partes (y una interpolación): en la primera parte, Dios, que ha demostrado su vitalidad y su poder haciendo salir a Israel de Egipto, se presenta como el único Dios (cfr. Dt 6,4); por eso ha de reservarse para sí toda adoración y castigar el culto tributado a los ídolos. En la segunda parte exige al pueblo con el que pacta la alianza que se comporte, en los «diez mandamientos», como corresponde a una alianza pactada con la única y suprema Majestad. Todos estos mandamientos no son prescripciones del derecho natural o preceptos puramente morales (aunque puedan ser también eso), sino exigencias de cómo ha de comportarse el hombre en la alianza con Dios. Ha sido incluida en la lista la ley del sábado, que en este contexto indica ante todo que entre los días de los hombres uno está reservado para el descanso, día que está caracterizado como propiedad privada de Dios y obliga a los hombres, con el descanso del trabajo cotidiano, a ser conscientes permanentemente de ello.

La segunda lectura aclara el segundo motivo principal del evangelio, en el que los judíos exigen una prueba del poder de Jesús: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». La exigencia de signos para creer es rechazada por Jesús y al mismo tiempo escuchada, mediante la única señal que se les dará: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra» (Mt 12,38-4O). Exactamente lo mismo que en el evangelio: el templo destruido y reconstruido. El único signo que Dios da es para los hombres «lo necio», «lo débil», la cruz: se requiere la fe para poderlo captar, mientras que los judíos primero quieren ver para poder después creer. Por eso el signo que se les da aparece como un «escándalo», mientras que para los llamados a la fe es «Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios», que se manifiesta en el signo único y supremo de la muerte y resurrección de Jesús.