Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga

“no mandó a su Hijo para condenar al mundo, sino para que se salve”

El evangelio nos da la oportunidad, en este tiempo de penitencia, de revisar nuestra idea del juicio divino. La afirmación decisiva es que el que desprecia el amor divino se condena a sí mismo. Dios no tiene ningún interés en condenar al hombre; Dios es puro amor, un amor que llega hasta el extremo de entregar su Hijo al mundo por amor; Dios no puede ya darnos más. La cuestión es si nosotros aceptamos este amor, de suerte que pueda demostrarse eficaz y fecundo en nosotros, o si, ante su luz, nosotros preferimos ocultarnos en nuestras tinieblas. En ese caso «detestamos la luz», detestamos el verdadero amor y afirmamos nuestro egoísmo de una u otra forma (el amor puramente sensual es también egoísmo). Si hacemos esto, ya «estamos condenados», no por Dios, sino por nosotros mismos.

La lectura del Nuevo Testamento nos muestra una vez más el «gran amor» de Dios por nosotros, pecadores, pues nos ha resucitado con Cristo y nos ha concedido un sitio con él en el cielo. Pero nosotros no hemos conquistado ese sitio, sino que nos ha sido dado por el amor y la gracia de Dios. Y sin embargo no por ello pasamos automáticamente a ser partícipes de la vida eterna, sino que debemos apropiarnos del don que Dios nos hace con nuestras «buenas obras». Pero tampoco tenemos necesidad de inventarnos trabajosamente estas buenas obras; el apóstol nos dice que Dios «las determinó» de antemano para que nosotros las «practicásemos»; El nos muestra mediante nuestra conciencia, mediante su revelación, mediante la Iglesia y mediante nuestros semejantes lo que debemos hacer y en qué sentido debemos hacerlo. Es posible que practicar estas obras determinadas de antemano nos cueste algo, pero tenemos que darnos cuenta de que la superación que se nos exige es también una gracia ofrecida por el amor de Dios, por lo que debemos realizar nuestras obras en paz y gratitud.

La primera lectura nos muestra de una forma nueva lo que ocurre con el juicio de Dios y con su gracia. En ella se recuerda la enorme paciencia que Dios tuvo al principio con el Israel infiel, hasta que finalmente el desprecio y la burla de que eran objeto los mensajeros y profetas de Dios por parte de Israel llegó a tal punto que «ya no hubo remedio»: la única salida que quedaba era la destrucción total de Jerusalén y la deportación a Babilonia. Y sin embargo éste no es el fin del destino del pueblo: el exilio no durará siempre, surgirá la esperanza de un salvador terrestre -el rey Ciro- que como instrumento de la providencia divina permitirá a los desterrados volver a su patria. Estamos todavía en la Antigua Alianza y la gracia de Dios aún no se ha «consumado», por lo que a partir de aquí no podemos deducir lo que le sucederá finalmente al que menosprecia la gracia suprema de Dios ofrecida en Jesucristo. Nos queda sólo la esperanza ciega de que Dios tendrá al final misericordia incluso de los más obstinados y de que su luz brillará hasta en lo más profundo de las tinieblas.