Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga.-

“Les abrió la mente a la inteligencia de las escrituras y les dijo:…”

La escena del encuentro de Jesús con sus discípulos se abre con la iniciativa misma de Cristo que se presenta  a la comunidad (v. 36). La reacción de los discípulos es un dato significativo. La resurrección de Jesús es un misterio de salvación que supera la experiencia y es para vivir a través de la proclamación de fe: por esto los discípulos al comienzo permanecen, sustancialmente, incapaces de reconocer a Cristo. De esta manera, nuestra narración es también una invitación  a descubrir en la historia las huellas de este evento. No por nada esta viene descrita de manera realista (mirar, tocar, comer el pescado, manos, pies, etc.). El Hijo de Dios encarnado está todavía presente en nuestra historia, no es un “fantasma” separado de su humanidad. A estas dos etapas (iniciativa y reconocimiento) le sigue el dato fundamental, la misión de la Iglesia. Esta tiene su fuente en Cristo resucitado, y en la Biblia tiene su contenido en la predicación de la conversión para el perdón de los pecados como Jesús mismo había hecho, y como horizonte la humanidad entera (“a todas las gentes”).

El “misionero” del Cristo resucitado opera con su misma fuerza curando y hablando, y Pedro lo testimonia. Con su testimonio él lanza un apelo vivo y directo a su auditorio, después de haber evocado el evento pascual: “arrepiéntanse y cambien de vida”. Hay, por tanto, la invitación a la escucha, al conocimiento de la escritura y del plan de Dios que invita a cancelar el pasado ausente de fe. Hay sobretodo la invitación a la conversión, a la elección decisiva y fundamental por el Reino. Estamos de frente a un modelo de la predicación cristiana de los orígenes: en esta fe y moral, teología y vida se funden juntas.

El don de la salvación se actúa a través de un doble movimiento: el primero es aquel de Dios que se pone en camino hacia el pecador a través del Hijo, “Jesucristo el Justo” (v. 1). Él es nuestro “abogado”, en griego “paráclito”, es decir, aquel que defiende e intercede por el hombre. En los discursos de la última cena la función era realizada por el Paráclito- Espíritu Santo. A la acción de Dios que nos justifica por medio del Hijo le sucede la respuesta del hombre que se “empeña” en el conocimiento de Dios, se trata, como siempre, en la teología bíblica, de un conocimiento no meramente especulativo, sino afectivo, volitivo y efectivo. No por nada su criterio de autenticidad es la “observancia” de los mandamientos (vv. 3-5), en particular el amor por el prójimo. Del encuentro de estos dos movimientos nace el fiel salvado por la pascua de Cristo.