Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga.-

“Les doy un mandamiento nuevo: ámense como yo los he amado”

El texto tomado del discurso de despedida de  Jesús en la última cena condensa los temas fundamentales de este largo testamento: el amor del Padre en relación con el Hijo, el amor del Hijo hacia sus discípulos, el amor de los discípulos entre ellos, el amor que se hace donación total, el amor en la elección de Dios, el amor en la respuesta del hombre, el amor que se encarna en la observancia de los mandamientos y en el “permanecer”, es decir, en la intimidad mutua entre Cristo y los discípulos. La unidad de medida del amor cristiano es la totalidad de Cristo mismo. A la ecuación veterotestamentaria “ama al prójimo como a ti mismo”, San juan sustituye la ecuación paradójica “como yo los he amado”. Un amor infinito, un amor que no tiene límites o excepciones. Tal y como decían los místicos orientales “después de Dios, considera a todo hombre como Dios”.

La página de la conversión del centurión Cornelio, el primer pagano que entra al Cristianismo,  tiene una serie de resonancias. Subrayamos solo una, unida a la declaración según la cual “Dios no hace acepción de personas” (v. 34). Esta declaración rebate la tentación de siempre donde, en ciertos momentos, la Iglesia, experimenta la elección como una elevación y no como un servicio para todos los hermanos, pues “El espíritu Santo desciendo sobre todos aquellos que escuchaban el discurso de Pedro” (v. 44). Es decir, los paganos de la casa de Cornelio entre el estupor de los fieles presentes echan por tierra toda pretensión restrictiva de la misión al mundo. El amor que “es de Dios” parece romper por su misma naturaleza todo sistema de pensamiento que tienda a encerrarse en  sí mismo. “¿se debe prohibir el bautismo a aquellos que han recibido el Espíritu Santo de la misma manera que nosotros?”

La segunda lectura nos ofrece la célebre página de la primera carta del Apóstol san Juan en la cual aparece la definición de Dios como “Amor” (v. 8). Se configura así la trama estupenda de amor que corre del Padre al Hijo para derramarse en los discípulos. El primado de Dios es indiscutible: es Él el primero que ama y genera amor en el corazón del hombre. Pero esta acción que es como un río de amor que inunda la historia debe ser correspondida con el amor del creyente. Un amor no solo en dirección de su surgente divina, sino también como en ramificaciones hacia los hermanos. Debemos trabajar en la medida que la semilla del amor divino germine en la historia y en la propia existencia.