Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga-.

“Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda creatura”

Las tres lecturas de la solemnidad de hoy giran en torno a un único misterio: que la vuelta  de Jesús al Padre es al mismo tiempo el envío de la Iglesia al mundo entero. La primera lectura destruye ante todo la espera ingenua de los discípulos según la cual el  Señor resucitado iba a restaurar sobre la tierra el reino de Dios con su autoridad (ellos lo  llaman la «soberanía de Israel»), en el que ellos ocuparían automáticamente los puestos de  honor (como pensaron en su día los hijos de Zebedeo: Mt 20,21). Pero para ellos está  reservado algo más grande: deben -renunciando al conocimiento de los tiempos y las  fechas- consagrarse por entero a la construcción de ese reino: el Espíritu Santo les dará la  fuerza para ello y serán los testigos de Jesús «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y  hasta los confines del mundo». Para abrirles y por así decirlo liberarles este espacio tan  amplio como el mundo, desaparece la figura visible de Jesús: el punto central del mundo ya  no estará en lo sucesivo allí donde él era visible, sino en cualquier lugar donde su Iglesia dé  testimonio de él y se entregue por él.

El evangelio completa el relato de la ascensión del Señor con dos aspectos: mientras que  la orden tiene la misma amplitud («id al mundo entero»), no se promete a los discípulos que  encontrarán fe por todas partes: no son ellos los que confieren la fe mediante su  predicación, sino Dios -siempre que el hombre acepte su gracia-. Pero el hombre puede  también resistirse a creer y rechazar esta gracia -por su culpa, no por culpa de los  predicadores-, excluyéndose a sí mismo de la salvación.

Después se promete a los  discípulos, como signo de que cuando predican obedecen al Espíritu Santo, una protección  y un poder especiales, aunque ellos han de atribuir sus éxitos no a sí mismos sino al Señor  que los envía, y lo mismo vale para los que crean por medio de ellos. Y una vez más, con  esta orden y esta promesa, el Señor ha dicho lo último, lo que la Iglesia tendrá que saber,  cumplir y esperar hasta el fin de los tiempos: por eso también inmediatamente después de  estas palabras se produce su ascensión al cielo.

La segunda lectura aporta un importante complemento. Muestra la ascensión bajo dos  nuevos aspectos. En primer lugar se aclara que la ascensión de Cristo «al cielo» en modo  alguno significa que en lo sucesivo deje a la Iglesia actuar sola; más bien es él quien desde  su altura suprema determina y confiere siempre las misiones personales diferenciadas  dentro de su Iglesia. No es el cristiano el que busca las misiones, sino que éstas le son  comunicadas desde lo alto, y aunque se designan como carismas del Espíritu Santo, son  también fundamentalmente formas de la imitación de Cristo que él mismo distribuye entre los  hombres. En segundo lugar se explica que esta diferenciación dentro de la Iglesia tiene un  único fin: que «todos alcancemos la unidad que es fruto de la fe y del conocimiento» de  Cristo, hasta conferir incluso al propio Señor su forma plena. A esta unidad se tiende  siempre y es propiciada por la gracia de Dios: si en el cielo un Padre de todos, un Hijo y un  Espíritu exigen la unidad eclesial, esta unidad debe corresponder, mediante la unidad de los  sacramentos («un bautismo») y de la actitud espiritual («una fe, una sola esperanza»), a la  unidad trinitaria divina, para que Dios pueda también en su creación estar «sobre todos,  entre todos y en todos».