Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga.-

“Mi madre y mis hermanos son aquellos que cumplen la voluntad de Dios”

Tres son los cuadros de la página evangélica que nos propone la liturgia de hoy. El primer cuadro (vv. 20-21) pone en escena a los parientes carnales de Jesús. La relación de ellos con el Señor son de completa ceguera e incomprensión: “fueron por él porque decían que estaba loco”, alegando en él una enfermedad mental. En el segundo cuadro (vv.22-30) entran en escena los escribas venidos de Jerusalén. Ellos encarnan el rechazo total y satánico: Jesús está endemoniado, es la encarnación del mal. Y el Señor después de haber hecho caer por tierra la lógica absurda de tal definición, denuncia con violencia este pecado imperdonable como “pecado contra el Espíritu Santo”. Esto es, un rechazo obstinado a ojos abiertos para reconocer la acción de Dios en los signos de su Santo Espíritu. El tercer cuadro (vv. 31-35) colma de luz y de esperanza: los protagonistas de este momento son los que instituyen la profundidad del misterio de Jesús. Para entenderlo no son solo necesarios los lazos de sangre, sino aquellos interiores y existenciales. El Señor acuña una hermosa definición para el creyente: “Quien cumple la voluntad de Dios es su madre y su hermano”. Este es el verdadero criterio para formar parte de la parentela de Jesús. (v. 34)

El texto del Génesis quiere trazar un mapa ideal de la historia y de la humanidad en sus dos elecciones fundamentales, aquella según “la voluntad de Dios” (Gen. 2,1 armonía entre el hombre y Dios, hombre y mujer, hombre y mundo), y aquella según la propia voluntad (Gen. 3, la fractura de las anteriores armonías). El germen de la mujer representa la línea de los justos que retornan a Dios y a su propuesta; el germen de la serpiente representa, en cambio,  la línea del pecado que se aleja de Dios. El encuentro entre el bien y el mal está a la raíz de toda persona, siendo Adán del Gen. El hombre de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro planeta. Es notorio que la tradición judaica y cristiana verá en el germen de la mujer que opta por el bien el signo del Mesías, guía del pueblo de los justos, mientras que el de la serpiente,  que para el autor antiguo era un símbolo de la idolatría, la misma tradición ha visto la fuerza demoniaca que organiza el rechazo total a la voluntad de Dios.

El retrato del apóstol que san  Pablo figura en esta página está trazado en dos lineamientos: el apóstol es un hombre de carne y hueso que lleva consigo el mundo y su tiempo, incluso en el decaimiento de las creaturas; pero es también un hombre interior siempre joven y renovado. El apóstol tiene delante de sus ojos y de su razón el horizonte de las realidades visibles y perceptibles, pero con la fe logra penetrar en el invisible y en el infinito. El apóstol sabe que su cuerpo es un hábito que tiene que dejar, es una casa que tiene que abandonar, pero sabe que está  por recibir una morada eterna con Dios, una morada permanente e indestructible.