Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga.-

“eran tantos los que iban i venían que no les daban tiempo ni para comer”

En la primera lectura los reyes de Israel son llamados pastores; en todo el mundo antiguo era costumbre dar a los reyes el título honorífico de pastores. Dios había concedido a su pueblo un rey, pero no de buena gana, pues «los que figuran como jefes de los pueblos los tiranizan y oprimen» (Mc 10,42). Creen poder mantener unido al pueblo con su poder, pero en realidad con ese poder «dispersan y expulsan mis ovejas». El puro poder no se preocupa del bien de los súbditos, que lo único que tienen es «miedo» ante él, sino que representa únicamente la unidad de los gobernantes, que se hacen llamar «bienhechores» (Lc 22,25) en razón de su poder omnímodo. Dios promete juzgar a estos potentados y sustituirlos por el verdadero pastor salido de la casa de David, que ostentará con todo derecho el título de «El-Señor-nuestra-justicia».

Así califica Jesús en el evangelio a la multitud que corre tras él. La gente ve instintivamente en él al buen pastor enviado por Dios que no quiere ejercer su poder sobre ellos, sino reunirlos y cuidarlos amorosamente por lo que son en sí mismos. Los poderosos de la tierra los han dominado siempre: asirios, babilonios, persas, griegos, romanos, pero también sus propios jefes, para los que ellos eran una masa ignorante y «empecatada de arriba a abajo» (Jn 9,34). Jesús quiere tener un momento para descansar un poco, pero eran tantos los que venían a su lado que «no encontraba tiempo ni para comer». Jesús tendrá que entregarse a sí mismo como comida a esta multitud hambrienta. No está allí para descansar, sino para agotarse hasta el extremo. «Yo doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,15). «Y se puso a enseñarles con calma». Sus discípulos están con él y, aunque aquí no se dice nada de su estado de ánimo, la consecuencia del ejemplo que Jesús les da es que no les ocurrirá nada fundamentalmente distinto de lo que le ocurre a su Maestro.

«Derribando el muro que los separaba». La segunda lectura muestra la obra final del buen pastor. Cristo consigue -ciertamente sólo gracias a la entrega de su vida, en virtud de su muerte- reunir al rebaño que hasta entonces estaba separado en dos partes. En eso consiste incluso su tarea y su plan de vida, como el mismo Jesús reconocerá explícitamente: «Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pastor» (Jn 10,16). Pero Pablo pone aquí todo el acento en la manera en que esa «paz» se realiza: el pastor hace de su propio cuerpo, en la cruz, el lugar de la batalla decisiva, en la que el cuerpo desgarrado se convierte precisamente en el cuerpo entregado por todos que funda y garantiza la unidad. Otra tiranía queda abolida: «La Ley con sus mandamientos y reglas», cuya multiplicidad fragmentaba, rompía la vida de los hombres. De ahora en adelante reina la paz gracias al único amor del que en la cruz y en la Eucaristía se ha convertido en el reconciliador, impotente y sin embargo todopoderoso, de toda división entre los hombres.