Comentario homilético


Mateo 22, 34-40

Más de una vez hemos oído lemas o consignas que suenan así: lo afectivo es lo efectivo, el mal se vence con el bien. Es claro que no hay mejor energía para la psicología humana y para la convivencia que la fuerza y el poder del amor. Con amor y amistad se encaran las dificultades con energía y valor, nada puede más que el amor.

El Pueblo de Israel había sufrido una fuerte opresión durante su larga estancia en Egipto. La experiencia le aconseja no repetir los mismos errores. El futuro de su historia deberá ser diferente. Del amor de Dios que lo ha liberado brotan unas normas que encierran un ideal: el amor a Dios y al prójimo. “Esto dice el Señor a su pueblo: No hagas sufrir ni oprimirás al extranjero… no explotes a las viudas ni a los huérfanos, no seas usurero”.

La ley judía en tiempos de Jesús contenía 613 mandamientos; con todo tipo de detalles y normas para toda actividad, todos eran importantes, aunque lógicamente unos tenían más peso que otros.

En una ocasión, unos fariseos le preguntan a Jesús, con intención de sorprenderlo en un error, por el mandamiento principal. Él recoge la mejor tradición y hace un resumen estupendo. No se concibe el amor a Dios sin el amor al prójimo. Por eso el mandamiento principal y, en definitiva, el único, es doble, porque el amor a Dios es inseparable del amor a las personas.

Según nos enseñaron a muchos, la bondad se demuestra cumpliendo los mandamientos. Nuestra sensibilidad actual nos lleva a pensar y a sentir que las bienaventuranzas los complementan y van, incluso, más allá de ellos. En todo caso, para nosotros lo principal y decisivo es vivir cumpliendo el resumen que tan bellamente expresó Jesús: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo”.

Este valor es altamente testimonial en una comunidad cristiana. Es lo que le da consistencia. Lo que no brota del amor la interrumpe y la degrada.

Terminaré diciendo algo que me preocupa; en algunas comunidades cristianas se resalta más el amor al prójimo que el amor a Dios. Para Jesús, nuestro maestro, lo primero y principal es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser. Porque cuando esto se vive de verdad, tenemos garantía absoluta de hacer bien la segunda parte: amar de corazón a las personas, sintiéndolas como verdearos hermanos y hermanas. Mientras que esto segundo solo, no garantiza lo primeo. Sucede con relativa frecuencia que cuando no amamos a Dios tampoco amamos de verdad a nadie.