Juan 1, 35-42
Hoy se dice mucho, ante la creciente incredulidad y apatía por lo religioso, que los jóvenes y adolescentes, están ocupados en otras cosas… pero siempre ha habido mucho en que ocuparse. Yo creo que el problema es la falta de silencio interior, el excesivo ruido en el que vivimos todos. Sin silencio difícilmente se percibe la comunicación con nadie, tampoco con Dios. Él, siempre se comunica, pero son imprescindibles el silencio interior y la apertura de corazón.
Dios lleva la iniciativa en la historia de la salvación. Pero no lo hace todo. Necesita de nuestra colaboración, el relato de la vocación de Samuel es un ejemplo de cómo Dios llama, cómo los creyentes debemos escuchar, discernir y responder a sus llamadas.
La vocación cristiana es una llamada por parte Dios. Unos la sienten directamente en su interior; a otros les llega por medio de terceras personas, contactos, situaciones, acontecimientos… Dios sorprende y nos descoloca cuando menos lo imaginamos. La vocación produce un impacto, fragua un encuentro y se proyecta en un compromiso y en una misión.
Generalmente se necesita de testigos experimentados para distinguir la voz de Dios, los signos de los tiempos y el sentido profundo de las cosas. Samuel quería vivir en la onda de Dios. El servicio de Elí consiste precisamente en ayudarle a distinguir la llamada… no procedía del ruido de exterior sino de lo profundo del espíritu, donde el Señor nos habla.
Ante la irrupción en público de Jesús, Juan el Bautista considera que ha llegado el momento de cerrar su escuela y de llevar a sus discípulos al seguimiento de Jesús. En adelante es “al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” al que hay que seguir. Juan el Bautista tiene la capacidad espiritual de descubrir en Jesús la persona que lucha a brazo partido contra todo lo que esclaviza a las personas -pecado-.
En la tradición judía el cordero es un símbolo pascual: evoca la liberación de la esclavitud del pueblo en Egipto. Jesús como cordero inmolado en la cruz, nos redime, nos reconcilia y nos invita a vivir al estilo pascual que consiste en ser “personas nuevas”, renovadas según los valores de las bienaventuranzas.
Seguir a Jesús comporta romper con “el pecado del mundo”, con ese modo de pensar y vivir extendido en nuestra sociedad y que llamamos: egoísmo, individualismo, insolidaridad, mentira, etc., y que es un veneno que lo contamina todo. Los bautizados en Cristo no tenemos un mejor proyecto por el que luchar que el proyecto marcado por Jesús en las bienaventuranzas.
Esta capacidad de visión y de lucha testimonial es necesaria en todos los tiempos. Nuestras
comunidades tienen que ser lugares de donde salgan personas capaces de entusiasmarse con eso que llamamos: “cultura del Evangelio”. Tenemos que ser capaces de presentar en medio del pueblo al que quita el pecado del mundo.