Comentario Homilético


“La autoridad de Dios presente en su Hijo, es nuestra fuerza”

Jn 2,13-25

El pasaje de este domingo, tomado del Evangelio de san Juan acompaña la solemnidad que celebramos: la dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán. Llamada la “madres de todas las iglesias del mundo”, es, además, la cátedra del Papa. El pasaje del Evangelio nos narra la purificación del templo. Jesús, con la autoridad de Dios, devuelve el sentido a las prácticas religiosas que el paso del tiempo había desvirtuado y reorienta nuevamente a su pueblo a la contemplación del nuevo santuario de Dios entre nosotros, su mismo cuerpo. Dejemos que este texto nos acompañe para reorientar también nosotros nuestra oración y nuestro culto a Dios, centrado totalmente en Cristo.

Por diferentes medios hemos conocido y constatamos que el hombre desde siempre ha querido manipular el camino y el destino de la humanidad y de su historia; el hombre se ha servido de diferentes medios para lograrlo: el poder, la autoridad, los sistemas políticos, etc. Pero existe una realidad que camina a la par con el desarrollo del hombre, la presencia de Dios. El hombre, desde sus inicios es acompañado por su Creador. Dios nunca abandonó la obra de sus manos; y es lógico pensar que Dios, quién le formó, tiene toda autoridad para dirigir y proyectar el destino del hombre, porque nadie más que Él sabe lo que es bueno. Dios nunca pedirá o exigirá algo que sea para nuestro mal o destrucción. En cambio, el hombre seducido por el poder, buscará y se afianzará en su egoísmo y querrá que lo que dice sea aceptado y reconocido por todos y sin medir las consecuencias. Este abuso despótico del poder causa destrucción y sufrimiento.

La autoridad, que es necesaria para el orden y la armonización de los pueblos y de la sociedad, debe fundamentarse en dos realidades: la Verdad y el Bien; de ahí se desprenderá el recto sentido para buscar el bien común. Pero atención, la verdad y el bien se encuentran como fuente y principio en Dios, por tanto, toda autoridad debe estar inspirada, alentada y acompañada por Dios, dijo Jesús a Pilato: “Ninguna autoridad tendrías sobre mí si no se te hubiera dado de arriba” (Jn 19,11). Un sistema que niega y elimina a Dios de sus espacios terminará por basarse y construirse en razonamientos frágiles y peligrosos a merced del mal y del interés personal.

En el Antiguo Testamento, cuando el pueblo de Israel fue liberado debía reconocer un día para ofrecerlo totalmente a Dios, comenzaba a idear un espacio para Dios, para relacionarse con Él. Una tienda para Dios, llamada tienda del encuentro (Ex 33,7-10) fue la construcción que identificaba el espacio para relacionarse con Él. Tiempo después, con el paso de los siglos y la llegada de la monarquía, se construirá un templo para Dios (1Re 6,1-9), “un templo a su nombre” (1Re 8,19), que se reconocerá como lugar de culto y oración. Finalmente, el templo será reconocido como el lugar para ofrecer sacrificios a Dios, lo cual limitará su sentido originario.

El Evangelio nos muestra a Jesús con sus discípulos dirigirse al Templo antes de la fiesta de Pascua. En esos momentos, el culto y el sacrificio del Templo se había desvirtuado. La presencia de los vendedores con sus tantos animales, y de los cambistas, hacían pensar más a un negocio que a un lugar de culto. Jesús tiene la intención de purificar el sentido del culto que se daba en ese momento a Dios y sobre todo, reorientar desde su persona el culto al Dios verdadero. Jesús es el lugar del encuentro con Dios; quien le encuentra, encuentra a Dios, quién le habla, le habla a Dios. Ya no será ya la sangre de los animales la que purificará al pueblo, sino su propia sangre y su único y perfecto sacrificio.

Cristo es el centro de nuestro culto y todas las cosas, lugares, ritos, personas e intenciones deben dedicarse por completo a Él, y por Él al Padre. Jesús lo decía: “no hagan de la casa de mi padre un mercado (empórion)” (v. 16). Por tanto, urge volver a decir a todo hombre que nuestros templos, son lugares de culto y oración, y que, desde ese lugar físico, que llamamos casa de Dios, es donde le hablamos, le damos culto y nos hacemos mas hermanos. Es de allí de donde vendrá la fuerza y la gracia para realizar todo bien, aún nuestros cargos y responsabilidades de poder. En este sentido, oremos por nuestras autoridades.