Mateo 15, 21-28
La fe es una actitud religiosa. La podríamos describir como un don de Dios, que hace vibrar a toda la persona. Se expresa por medio de tres vías fundamentales: la oración, el testimonio, y el compromiso.
No es tanto un credo de verdades que hay que saber cuánto una actitud personal de aceptación de Dios y de adhesión al Evangelio. Se debe de apoyar menos en lo que otros dicen y hacen, y mucho más en la propia experiencia de fe, es decir, del encuentro personal con Jesús. Nunca se puede concebir en función de una seguridad personal: (ganar el cielo), sino en función de un proyecto que estamos invitados a emprender, como Abrahán, sólo fiado de Dios. No es solamente algo íntimo, privado o particular, sino que es también comunitario y de vertiente social: nos pone de lleno ante los problemas de las personas concretas y de toda la comunidad humana.
La fe es un don que Dios no regatea, como no regatea la salvación. Su corazón no es tacaño, sino generoso. No está hipotecado por ningún pueblo ni tiene privilegiados. Por eso el despliegue de su salvación debe alcanzar a todos, es universal.
Este aspecto es el que destaca preferentemente el relato evangélico que hemos proclamado. La acción salvadora de Jesús es para los paisanos y para los extranjeros. El evangelista Mateo, que dirige su evangelio a judíos cristianos, parece decirles con este relato: ¿Cómo vamos a excluir a los paganos de la salvación si el mismo Jesús los acogió?
La fe de esta mujer cananea, es un ejemplo de la adhesión y de la confianza que agradan a Dios y que arrancan la intervención saludable de Jesús. Fe y oración convergen de manera sobresaliente en esta mujer. En ocasiones la encontramos en personas, que no pertenecen a la comunidad creyente, una religiosidad profunda y una fe tan admirable que sirven de ejemplo a los “cristianos de toda la vida”.