Mateo 16, 21-27
Afortunadamente, libertad y sufrimiento son planos que confluyen en nuestra vida de creyentes. Con qué realismo y con qué fuerza expresiva lo manifiesta el profeta Jeremías. “Me sedujiste, Señor” equivale a lo que entendemos por gracia de Dios; “y … me dejé seducir,” equivale a la libertad humana, de dejar hacer a Dios, puesto que su acción es siempre beneficiosa.
El sufrimiento es consecuencia del compromiso. No hace falta que los creyentes busquemos la cruz; la gente ya se encarga de echárnosla encima; a veces son incluso los propios amigos. El profeta nos revela su experiencia mística: “La Palabra era en mis entrañas fuego ardiente”; pero nos cuenta también su experiencia dolorosa por continuar con la misión profética que Dios le ha encomendado, es decir, por no dar la espalda a su vocación.
La vida de Jesús no fue diferente a la del profeta Jeremías ni a la nuestra. Las dificultades le salean al paso por todos los ángulos. Hasta su íntimo amigo Pedro le quiso apartar de su misión. Pero a Jesús nadie le hace cambiar de rumbo: “Apártate de mí…” Tal vez por eso insiste tanto Jesús en el valor de andar por la vida despiertos y vigilantes.
En resumen, Dios seduce, llena nuestra vida de sentido; la vocación cristiana es atractiva, ilusionante, pero no está exenta de riesgos y sacrificios. Que nos entre muy dentro: No hay verdadero seguimiento cristiano sin cruz. Pero ese es el camino de las bienaventuranzas: “dichosos los perseguidos, porque de ellos es el Reino… -venga a nosotros tu Reino Señor-.