Comentario homilético


Mateo 18, 15-20

San Pablo nos ha dejado una fuerte motivación para amar al prójimo. Ha comentado la vieja frase de amar al prójimo como a uno mismo. Pero Jesús va aún más lejos. Quien ama de verdad es verdaderamente libre, le sobran todas las leyes, no hace nunca daño a nadie, a su lado da gusto vivir. Todo lo bueno del ser humano se condensa en el amor. Esta aspiración tan arraigada en el fondo de cada uno es la única que logra estabilidad y sosiego personal. Por eso, en cristiano, es un mandamiento viejo y continuamente nuevo, actual, resume toda la ley antigua y es el testamento de la nueva revelación evangélica. Las primeras generaciones de cristianos entendieron que con Jesús había llegado la hora de amar y que este modo de vivir bastaba para que la fraternidad no se destruyera.

Pero la historia nos muestra a diario otra cara de la realidad. Por eso necesitamos recordar que amar de verdad no es fácil para nadie, sea cual fuere el grado de madurez alcanzado. Hay que entrenarse mucho para conseguirlo y también, saber que es un arte.

Nuestro Dios, el Padre de Jesús, es un artista del amor. Por eso Jesús nos ha demostrado estar bien entrenado. Las ciencias humanas han venido a corroborar lo que hace ya más de dos mil años dijo Jesús: No pude haber equilibrio ni estabilidad personal, ni paz en ninguno de los ámbitos- familiar, vecinal, social-, si no amamos a los demás. Esto lo tenemos que tener muy en cuenta, metidos como estamos en esta sociedad competitiva y fraccionada.

Todo lo que somos y hacemos tiene repercusión social para bien o para mal. Cuando la fraternidad se debilita o quiebra, hay que buscar cuanto antes la solución mediante la reconciliación o el apartamiento si el pecador rechaza la corrección de toda la Comunidad. Pero antes hay que agotar todas las posibilidades con delicadeza y amor. El que ama no hace daño, también cuando corrige fraternalmente. Jesús propone un proceso: a solas; en segundo lugar, en presencia de otro u otros dos; finalmente con toda la comunidad como testigo.

No practicar la corrección y dejar al hermano en el error, es un falso respeto y una falta de verdadero amor, que siempre busca el bien y la dignidad del otro. Seguramente podemos atestiguar por experiencia que los mayores gozos que hemos experimentado han sido los de la reconciliación en un clima de amor de preocupación fraterna.