Cuba, el paraíso solo para turistas


Crónica de una visita: Treinta años de extrema escasez los obligó a convertirse en expertos dosificadores de alimentos


Ríos de tinta han corrido para tratar de explicar a Cuba y el sentir de sus ciudadanos. Este país se ha convertido en el tópico internacional más comentado del momento y no es para menos. Las carencias que ha vivido el pueblo cubano tienen décadas y su paciencia parece llegar al límite,   encendiéndose la mecha de las protestas.

En lo personal tengo una anécdota que se originó hace 28 años, cuando junto con mi esposa Luisita Alcázar, tuvimos la oportunidad de visitar esa isla asentada en las Antillas del Mar Caribe. Por aquellas fechas, Cuba transitaba por un periodo muy especial debido a la tremenda crisis que devino inmediata al colapso de la Unión Soviética. El famoso bloqueo económico que le impuso los Estados Unidos era más o menos sorteado con la ayuda de la URSS, que la abastecía de insumos, pero eso había terminado y, para colmo, las políticas del imperio estadounidense se recrudecieron.

Desde luego que, ambientalmente, Cuba seguía y sigue siendo un paraíso con playas de gran belleza. La primera impresión que tuve al arribo a ese país hermano fue que su vegetación tiene bastante semejanza con la de Colima; sobre todo por los extensos palmares y la floresta tropical.

Durante nuestra estancia un cubano nos acompañó como guía. Nos llevó a lugares interesantes. Nos adentramos, por ejemplo, a la Cuba vieja, como le llaman a su Centro Histórico y un día llegamos hasta la casa de sus abuelitos. Eran personas de avanzada edad pero conservaban perfectamente su sentido de la educación y la cordialidad típica del pueblo cubano. Con cara de pena se disculparon por no ofrecernos un refrigerio, aduciendo que estaba casi agotada su dotación mensual de alimentos. Tenían unas exiguas porciones de café, frijol y arroz que el gobierno les proporcionaba, pero nula oportunidad de conseguir carne y ni pensar en otros cereales o frutas.

Afectados por la falta de combustible, las granjas cubanas se vieron drásticamente mermadas en la producción de cárnicos y productos alimenticios. Así pues, lo que hicimos fue dirigirnos a la famosa Bodeguita del Medio, en donde ordenamos alimentos de cocina caliente, con el típico menú del lugar que incluye chamorro de cerdo, pollo, chicharrones, pernil y jamón, en una charolita que llevamos a la casa de los abuelos que, con esos alimentos, hicieron fiesta familiar.

Nuestro guía era un muchacho entusiasta y agradecido. Al día siguiente aceptó acompañarnos al desayuno en otro restaurante en donde, para llegar, teníamos que subir a un tercer piso. En el edificio, la mujer elevadorista nos advirtió que allí no se aceptaban cubanos.

—No se preocupe, yo respondo por mi amigo, usted no tendrá ninguna responsabilidad, le respondí. Entramos al restaurante y nos sentamos. Nuestro guía estaba nervioso de que fueran a reportarlo. Al poco rato se me acercó un mesero y me dijo:

—Señor, no podemos dar servicio a este cubano.

Esta insistente negativa ya nos estaba resultando más que penosa, irritable. Me dio mucha pena con mi esposa Luisita, pero sobre todo con mi invitado porque esos rechazos eran una humillación para su dignidad, de modo que sin pensar más le contesté:

—Mire, si delata usted a su paisano, me voy a ver en la necesidad de reportar que desde hace rato he estado observando que está haciendo trabajo hormiga y, según usted muy discretamente, pone en una bolsita alimentos del bufet que, quiero creer, llevará para su casa, ¿verdad?

Al mesero, viéndose sorprendido, se le agrandaron los ojos, pero luego se recompuso y sonrió para decirme:

—Caballero, mejor nos quedamos todos callados.

Pasada esta escena y en la corta sobremesa, mi amigo guía me hizo la confesión de que en su barrio los niños tenían meses sin probar carne de ningún tipo. Ante esta circunstancia, con un mínimo de dólares solicité me sirvieran algunas piezas de pollo: pechugas, muslos y piernas para llevar. Mi idea era que esas porciones sirvieran para cubrir el antojo de algunos niños deseosos de volver a probar la carne, pero cuál fue mi gran sorpresa, que esas órdenes de alimentos que yo calculé disfrutarían unos diez niños y niñas, fueron suficientes para satisfacer, con un toque de delicia, a 80 niños del barrio.

¿Cómo ocurrió esto? Los cubanos llevaban años lidiando con la terrible escasez y en los noventa se habían hecho expertos dosificadores de alimentos, multiplicadores de los recursos mediante técnicas diversas, como ocurrió en este caso, en donde desmenuzaron las piezas de pollo y las revolvieron con arroz para hacerlas rendir. Así, muchos niños y jóvenes cubanos salieron de su veganismo impuesto a expensas de sostener el modelo dictado por Castro.

Durante los años que Fidel gobernó, se comenzó a decir que en Cuba se “vivía del cuento” y Castro era el cuentista por antonomasia, el más astuto de todos. Hoy los jóvenes quieren emparejarse a los avances del mundo, no quieren vivir rezagados.

Será la Historia quien se encargará de contar nuevos relatos, con nuevos rostros y nombres, que buscarán vivir con justicia y libertad. Esta historia que les narré, fue de la Cuba que, junto con mi esposa, me tocó en fortuna conocer, donde sólo los extranjeros podían pasear libremente por los mejores lugares de la isla, con el privilegio de comer a placer.

Lo mejor para los cubanos es que ya se termine el sistema cubano actual, donde los jóvenes cuando van a la playa desde la que se puede ver a Miami dicen “vamos al muro”, donde el mar es el obstáculo que los separa de condiciones de vida soñadas que no pueden alcanzar por la política de Estado, es decir, por ideas que ellos no escogieron, solo por el destino de haber nacido en un país que los condena a vivir como en una cárcel.