David y El Canelo


A escaso un kilómetro hacia el oeste de Comala se encuentra la comunidad de Los Mezcales, este lugar se caracteriza no sólo por sus dos cerradas curvas de la carretera que pasa por en medio del poblado, sino que además se distingue por las fachadas de algunas casas rústicas que provocan en nuestra imaginación viajar a la época dorada del cine mexicano (1936-1956), en especial a la cinta titulada ‘Allá en el Rancho Grande’ que marcó la pauta para que la industria nacional se enfocara en producir películas rodadas en ambientes rurales; pues bien, justo en la orilla del arroyo ‘Los Mezcales’ habita un campesino que tiene la fortuna de poseer un lindo burrito. Cierto día que transitaba por la vía Comala-La Caja observé al binomio équido a paso lento por la vereda, por lo que aproveché la ocasión para charlar con el jinete de nombre David y posteriormente socializar con su pollino apodado ‘canelo’.

David Santiago Venegas nació en el año de 1954 allá en el rancho San Cristóbal ubicado al sur oeste de la cabecera municipal de Zapotitlán de Vadillo Jalisco, recuerda que durante su niñez “me dediqué al puro trabajo del campo, no me gustó estudiar, yo no sé leer, no me gustó nada la escuela, y ahora sí me hace falta”. La causa por la cual nuestro amigo David se mostró renuente para asistir a las clases fue porque “yo onde me crié, mi abuelito Sabino Venegas Castillo tenía muchos animales, y me gustó andar mucho entre los animales; en aquellos tiempos de ahí de San Cristóbal a Zapotitlán hacíamos 3 horas a caballo, porque no había otros lugares donde ir a comprar de comer, íbamos a Zapotitlán o a San José del Carmen, ahí nos aventábamos 2 horas y media”; sin embargo, comenta David que siempre contó con el apoyo de su abuelo: “él mismo me decía: ‘vete a estudiar, por lo que se ocupe de dinero tú no te preocupes’. Ahí había escuela en el rancho, en aquellos tiempos los papases de familia en mi rancho le pagaban a una señora que tenía estudios, cuando yo tenía como unos 8 años, pero a mí no me gustó nada”. Probablemente aquel niño inquieto haya padecido lo que la psicología contemporánea conoce como TDAH, nos cuenta David “sí iba a la escuela, pero no ponía cuidado en nada, yo pensando en lo del campo, lo que le jerré, pero ni modo, ahora ya qué”. Inclusive el señor Sabino consideró que un cambio de residencia podía motivarlo para estudiar: “según mi abuelito me trajo a la escuela en San José del Carmen, había una maestra que se llamaba Dolores, pero ahí había otros muchachos de mi edad, y nos íbamos a jugar becerros al Tecuán, a lazarlos, tumbarlos y jinetearlos, le poníamos un pretal, éramos como 4 o 5, y había unos charconones de agua, en el Tecuán hay mucha agua, ahí era la escuela de nosotros, en aquellos tiempos había unas huertas, íbamos a comer plátanos, guayabas, mangos, lo que había”.

Don David y su burro Canelo.

Don Sabino Venegas fue un hombre de carácter fuerte y muy exigente, nos relata David que “tenía yo como 13 años, era recio mi abuelito, no andaba con cosas, me dijo: ‘¡tú no quieres estudiar, te vas a enseñar a trabajar!, porque cuando tú seas grande y no sepas trabajar, hasta lo ajeno vas a agarrar’. En ese tiempo se usaban los bueyes para arar, y me decía mi abuelito ‘¡agarra tu yunta de bueyes!’, de primero como yo no sabía uncirlos, me los uncía un tío, era ponerle un yugo a uno y a otro, y aquí van las coyundas en los cuernos, en la frente, en los cuernos, y gracias a Dios, por mi abuelito sé muchas cosas en el campo, donde quiera que voy a trabajar, todo bien, lo que me ponen a hacer, hago, como piscar, cortar hoja, a monearla, los monos que hace uno, son cuatro manojos que van juntos así si llueve no se hace nada. En esos años mi papá y mi abuelito me ponían a ‘cuervear’, a correr los cuervos de donde sembraban, se acercaban los cuervos a rascar, y él me hacía una honda de puro ixtle y yo le ponía una piedra y al jondearla la aventaba y tronaba y los cuervos se iban. Ya cuando fui pudiendo, pues, a cortar unos árboles y las ramas para llevarle a las arrieras que comieran pá que no se comieran la milpa las hormigas, cortaba, por ejemplo, la rama y se las echaba uno al hombro y en cada casa, en cada portillo de arrieras ahí le iba tirando ramas”. Don David aclaró la diferencia que existe entre estos himenópteros: “las hormigas son las bravas, las que hay por ahí en los hormigueros, y las arrieras son otras que se dedican a comer matas de los jardines, por eso se las echábamos pá que se comieran los árboles que llevábamos y no se comieran la milpa”.

El día que platiqué largo y tendido con el amigo David, él estaba montado en su pollino ‘canelo’ y nos encontrábamos a la sombra de un árbol junto al arroyito de ‘Los Mezcales’, me dijo que se había establecido en este lugar porque  “en aquellos tiempos yo me venía a trabajar pá acá a cortar tamarindos con unos Valencia de Comala, cada día me iba pá mi rancho, y aquí en Los Mezcales tendremos unos 18 o 19 años, aquí vivía un señor hace mucho tiempo, pero murió se llamaba José Guerrero. Yo trabajaba en el rancho ‘Majahual’ y el ranchero me dijo que le pidiera al señor este lote, y fui y me dijo: ‘ira David,  un hijo mío ahí vivía pero no quiso, se fue, tumbó la casa’, había puro terreno cuando yo llegué, y me dijo: ‘ahí vive el tiempo que tú quieras, yo viví 35 años y nadie me dijo nada”. A un lado de la casa de don David se encuentra un pequeño corralito donde resguarda a su asno, así que cambiamos la conversación para dialogar acerca del ‘canelo’, nos cuenta su dueño que: “este burrito un sobrino mío lo compró allá en el rancho de san Cristóbal, este burro era de un rancho que se llama ‘El Granero’, de San Isidro para arriba, el burro creo que era de un tío de él y se lo vendió a mi sobrino, y él compró una yegüita y le dejó 3 crías el burro; y ahí lo tenía, y un día me dijo la mamá de mi sobrino ‘dice fulano que ojalá hubiera quien se llevara el burro, se lo vendía, mira, pobre burro, ahí dura hasta una semana amarrado, en un solo lugar, no lo cambian, no le dan agua, ni nada’, y ya un día me dijo mi sobrino: ‘¡se lo vendo, tío!’, le dije, no pos deja juntar un dinerito, y ya un día vino y me dijo: ‘¿va a querer el burro?’, le digo ¿cuánto quieres por él?, ‘cuatro mil pesos’. Yo le dije a mi sobrino: ¿cómo se llama tu burro’, dice: ‘canelo’ y así se le quedó. Hace como un año, pero ya tiene sus años el burrito, nomás que estaba muy flaquito, le dije a un vale de ahí del fraccionamiento, es mi amigo: ¡oye, voy a comprar un burrito!, ¿no me haces el favor de que me acompañes para ir por él?, y en esa camionetita que está ahí, nos lo trajimos, como no está grande ahí lo echamos”.

Uno de los aspectos relevantes que distinguen a los binomios caninos y a los équidos es habituarlos a la convivencia con otras personas para que tengan una relación directa e inmediata con el animalito, rutinas que contribuyen no sólo a estimular el desarrollo de la inteligencia de los animales, sino que también repercuten en el equilibrio emocional de los humanos optimizando nuestras vibraciones energéticas, nos narra David que “han venido dos veces unas muchachas vestidas de charro con sombrero, nomás vienen a sacarse fotos allá arriba en la casa grande, y a veces bajan aquí, como a veces tengo el burrito aquí, se le arriman, sacan fotos, como cuando hay una quinceañera. Tenía una burra, esa burra se la llevaban a la cabalgata, esa burra se llamaba ‘Ofelia’, así le pusieron los muchachos que se la llevaron una vez, no era mía, era de un tío que murió y dejó la burra, y ni los hijos ni los nietos quisieron cuidarla, ahí estaba la burra, vivía en la Cuauhtémoc, y un día me dijo mi tía: ‘llévate la burra, se va a morir de hambre’, y me la traje, le daba maicito y se engordó, estaba bonita la burra, y la prestaba cuando por ejemplo, el nacimiento del niño, el domingo de ramos, y cuando había cabalgatas también la prestaba. Un día vinieron unos muchachos, era tres, que mi tía les había prestado la burra y se la llevaron, y ya cuando la trajeron aquí traía un listón con letras, y me dijeron ‘¡oiga, ya le trajimos la burra!, le vamos a decir una cosa, ¿no se enoja?’, no, por qué me voy a enojar, dijeron: ‘¿sabe leer?’, no, no sé leer, ‘ah, mire, esas letras que trae dice: yo me llamo Ofelia’, ellos la bautizaron, y de ahí pá acá la burra se llamó ‘Ofelia’”.