Cuando el calendario marca la llegada de febrero, la atmósfera en el valle de Colima experimenta una metamorfosis singular. No es solamente el cambio de estación o ese viento fresco que desciende del Volcán de Fuego para limpiar nuestros atardeceres; es una transformación profunda para quienes habitamos esta tierra. Como sociólogo, analizo datos, comportamientos y estructuras sociales, pero existen fenómenos que escapan a la frialdad de la estadística y se instalan en el terreno fértil de las emociones compartidas. Las fiestas en honor a San Felipe de Jesús y los Festejos Charrotaurinos de Villa de Álvarez no son eventos aislados en una agenda turística, sino que constituyen el ritual anual donde nuestra sociedad se reafirma a sí misma. Es el momento preciso donde el pasado dialoga con el presente y donde, por unos días, la zona conurbada borra sus fronteras administrativas para convertirse en un solo escenario de identidad, recordándonos de qué madera —o mejor dicho, de qué otate y soga— estamos hechos.
Para comprender la magnitud de lo que vivimos en estos días, es indispensable mirar hacia la raíz de nuestra historia común. Nuestra celebración nace de un pacto sagrado y social: el Juramento a San Felipe de Jesús. Este acto, que pudiera parecer meramente religioso, es desde la sociología un poderoso mecanismo de cohesión ante la vulnerabilidad. Al renovar este voto año con año, los colimotes no solo estamos pidiendo protección contra los sismos y la furia del volcán; estamos celebrando nuestra resiliencia. Estamos declarando que, a pesar de las sacudidas de la tierra y de la historia, seguimos aquí, de pie, construyendo comunidad. Es fascinante observar cómo esta solemnidad inicial da paso a la algarabía, demostrando que el colimote sabe ser serio en su promesa, pero también inmensamente alegre en su gratitud.
Si hay un elemento que me hace inflar el pecho como colimote en medio de esta celebración, es indudablemente La Petatera. Más allá de ser reconocida mundialmente como “La Artesanía Más Grande del Mundo”, desde la academia la veo como una absoluta obra maestra de ingeniería social. Es un fenómeno que desafía la lógica de la construcción moderna: no hay planos arquitectónicos digitales, no hay firmas de despachos de renombre avalando la obra, ni maquinaria pesada dominando el paisaje. Lo que hay es algo mucho más valioso: transmisión oral de conocimiento y un sentido de pertenencia inquebrantable. Hay familias que, generación tras generación, heredan la responsabilidad y el honor de levantar “su tablado”.
La Petatera se sostiene no solo por sogas, ixtle, petates y otates, sino por la confianza comunitaria. Es la prueba tangible y majestuosa de que la sabiduría local puede ser tan sofisticada, resistente y funcional como cualquier estructura de acero y concreto. En un mundo contemporáneo marcado por el individualismo, La Petatera nos obliga a trabajar juntos, a coordinarnos y a confiar en el vecino para que la estructura no se caiga; es, sin duda, una metáfora perfecta de lo que deberíamos ser siempre como sociedad. La plaza no es solo un recinto para el espectáculo; es
el monumento efímero a nuestra capacidad de organizarnos y de crear belleza con nuestras propias manos y los materiales que nos regala nuestra tierra.
Esta sabiduría y energía comunitaria se desborda luego hacia las calles con las tradicionales cabalgatas. Como observador de las dinámicas urbanas, siempre me ha fascinado cómo, durante febrero, la modernidad de la ciudad cede respetuosamente el paso a la tradición rural. Las calles y avenidas habitualmente dominadas por el tráfico automotriz, la prisa y la tecnología, se convierten en ríos vivos donde el caballo y el jinete reclaman su protagonismo histórico. No se trata de un anacronismo ni de un obstáculo al progreso, sino de una necesaria reivindicación de nuestro origen. Al vestir el traje de charro o la indumentaria vaquera, el colimote no se está “disfrazando” para un carnaval; está habitando su historia, está rindiendo un homenaje sincero a los abuelos y a la cultura ganadera y agrícola que cimentó la economía y forjó el carácter noble de esta región.
La cabalgata funciona, entonces, como un gran igualador social y un punto de encuentro intergeneracional único. En el recorrido vemos al abuelo que cabalga con la dignidad y la calma que dan los años, al padre que guía las riendas con firmeza, y al nieto que, montado quizás por primera vez, absorbe a través de todos sus sentidos lo que significa ser de aquí. El sonido rítmico de los cascos sobre el asfalto, la música de banda que inunda el aire y el saludo cordial —ese “adiós” que en Colima significa hola— entre conocidos y extraños, crean una atmósfera de camaradería que disuelve las barreras cotidianas y las diferencias sociales. Es un momento donde la ciudad se humaniza y recupera su escala peatonal y ecuestre.
La cultura, en este sentido, actúa como el pegamento invisible pero fortísimo que mantiene unida a nuestra sociedad. Los elementos folclóricos que acompañan estos días son vitales para nuestra salud colectiva. Los “Mojigangos”, con su danza torpe, gigante y festiva, nos recuerdan la importancia del humor, la sátira y la capacidad de reírnos de nosotros mismos en la vida pública. La música de chirimía, con su tono agudo y penetrante, nos conecta con sonoridades ancestrales, mestizas e indígenas que se resisten a desaparecer ante los ritmos globales. Y, por supuesto, la gastronomía, presente en cada esquina con el tejuino fresco, la tuba dulce y los sopitos, convierte la fiesta en una experiencia sensorial completa que nos ancla al territorio. Como colimotes, sentimos un orgullo legítimo al ver cómo estas tradiciones no solo sobreviven, sino que gozan de cabal salud, adaptándose a los tiempos sin perder su esencia.
En conclusión, los festejos de febrero en Colima son mucho más que días de asueto, música y diversión. Son el pulso vital de nuestra identidad. Son la demostración palpable de que, a pesar de los acelerados cambios tecnológicos y las dinámicas sociales globales, hay un núcleo cultural intangible que nos define y nos hermana. Al participar en una cabalgata, al sentarnos en las gradas de petate bajo la sombra tejida de palma, estamos participando en un ritual colectivo de afirmación. Estamos diciendo fuerte y claro que ser colimote es un orgullo, que nuestras tradiciones son valiosas y vigentes, y que, mientras exista quien sepa hacer un nudo de ixtle y quien monte un caballo con gallardía por nuestras avenidas, nuestra cultura seguirá cabalgando con fuerza y dignidad hacia el mañana. Disfrutemos, pues, de nuestra fiesta, que es, en última instancia, la gran celebración de nosotros mismos.
