Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez.-

Los medios nacionales e incluso internacionales dieron cobertura amplia, el viernes pasado, a la noticia del deceso del popular luchador mexicano Pedro Aguayo, mejor conocido como “El Hijo del Perro Aguayo”, oriundo de Guadalajara y vástago de una leyenda del pancracio, “El Perro” Aguayo, originario de Zacatecas, pero que durante algún período de su vida vivió en Manzanillo, dedicándose a su entonces corta edad a la venta de pan por las calles.

En los tiempos de gloria de “El Perro” Aguayo, a pesar que su nombre trascendió a todos los ámbitos de nuestro país, su fama no alcanzó los niveles de luchadores de generaciones anteriores, como El Santo, Blue Demon, Huracán Ramírez, Rayo de Jalisco o Mil Máscaras, porque resulta que entre los años 60’s y 80’s, la Secretaría de Gobernación prohibió que la televisión, principal medio de difusión de la práctica del deporte hasta entonces, transmitiera las funciones de Lucha Libre, como se hacía desde la Arena Coliseo y la México de la capital del país, y en otras plazas.

Durante más de 30 años, la única ciudad del país en donde se transmitían las funciones de Lucha Libre era en Guadalajara, a través del Canal 4 (y algunas veces el 6), desde la Coliseo de la Plaza Tapatía. Entre los argumentos para esta prohibición se decía que el gobierno había llegado a esta medida por los numerosos reportes de niños que se habían lesionado de gravedad, por querer imitar en sus casas con sus hermanitos o amigos del barrio las maniobras aéreas y llaves de los grandes luchadores.

En ese tiempo, la afición al deporte bajó sensiblemente, mudándose el gusto hacia el box, también una disciplina muy popular desde siempre en México, y eso acabó, por añadidura, con el género del cine de luchadores, que es uno de los que más nos identifica ante el mundo por lo original de sus temáticas.

Hará cosa de 15 años que se levantó la veda televisiva a la Lucha Libre y su popularidad se disparó nuevamente, pues se encontraba latente en al alma del mexicano. Pero lo sucedido el pasado fin de semana fatal en Tijuana nos habla de lo importante que es que en los eventos haya la seguridad debida para todos los involucrados, incluyendo al público mismo, y que sepamos que hay un respaldo serio a su organización.

En el caso de la función en la ciudad fronteriza donde murió Aguayo, a pesar que participaban luchadores importantes de empresas como la AAA y el Consejo Mundial de Lucha Libre, estas organizaciones no daban su respaldo oficial en ningún momento al evento, sino que todo era organizado por un empresario local, sin el permiso de las empresas para los que los luchadores participantes trabajan normalmente.

Casi podría decirse que era un lucha clandestina; en todo caso, digamos que tolerada, aunque con muchas irregularidades. Se habla que se contaba con médicos, camillas y ambulancias necesarias, pero que en el momento del trágico desenlace no se encontraban presentes, pues estaban atendiendo a otros dos luchadores que en combates previos habían salido lesionados de gravedad, lo cual es un punto a considerar.

Al haber tantos lesionados, más allá de lo normal en una evento de esta clase, en que participan luchadores profesionales, nos habla que el ring estaba en malas condiciones, como ya en la noche del sábado un médico lo dijera en televisión nacional, mostrando la forma en que la orilla del ring estaba filosa y abollada o deforme al momento de la lucha de “El Hijo del Perro”.

En Manzanillo tenemos muchos eventos masivos, principalmente bailes, donde el alcohol corre y a veces no hay la vigilancia necesaria, y ésta debe ser una llamada de atención, para ver que todo evento debe estar bien regulado, autorizado, vigilado y atendido en todo lo que se requiera, pues no sería nada agradable que Manzanillo se hiciera famoso por algún problema de esta índole.

Desde hace algún tiempo se han empezado a hacer famosos los encuentros deportivos de box y lucha que organizan los estibadores del puerto, y sólo nos queda pedir que todo esté bien regulado y certificado en su realización. Extremar precauciones nunca está de más.