Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez.-
Dice un dicho popular que: “El que nada debe, nada teme”. En este contexto quiero hoy hablar de los discursos de campaña en nuestra democracia mexicana, y muy en especial de los debates.
Por la edad que tengo, 45 años, solamente recuerdo hasta el gobierno de Luis Echeverría Alvarez. Llega a mi mente perfectamente que en aquellos tiempos teníamos un régimen con un partido único y lo demás todo era simulación, porque las elecciones las organizaba el mismo gobierno y había muchas cosas que perfeccionar en lo referente a los comicios, porque era muy fácil falsificar documentos y hacer fraudes electorales.
Pero, sobre todo, el partido en el poder por aquellos tiempos era el único que tenía acceso a los medios masivos de comunicación de manera continua y significativa. De manera que no había confrontación de ideas.
Eso continuó durante los períodos de José López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari; es lo que me tocó ver que sucedió durante estos 24 años. La cosa comenzó a cambiar durante las elecciones en que compitieron por la silla presidencial Ernesto Zedillo Ponce de León, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y Diego Fernández Ceballos, en que se presentó un primer debate en forma, donde destacó el panista por sus señalamientos directos, duros y certeros, algo a lo que no estábamos acostumbrados.
A partir de ahí se volvió una costumbre que durante las campañas por los gobiernos estatales, municipales y federales se hicieran debates, en que se hacían lo mismo planteamientos que señalamientos agresivos de errores, delitos y carencias.
De repente, al parecer entró el miedo a tanta libertad, y se decidió empezar nuevamente a coaccionarla. Se empezó a decir que no debía haber señalamientos ni descobijos de candidatos. Es algo normal en las grandes democracias que haya señalamientos sustentados con pruebas siempre.
Las hay en los debates presidenciales en los Estados Unidos, y nadie se asusta de ello. Ahora que, si alguien ataca sólo por atacar, sin exhibir pruebas, entonces sufre el efecto búmeran, pues todo se vuelve en su contra, de manera que se la pensará dos veces para lanzar infundios.
Ahora también, los electores tenemos derecho a saber si un candidato tiene un pasado turbio, un trasfondo sucio, cadáveres en su clóset y, en fin, cosas reprochables que hagan desaconsejable votar por él. Los señalamientos acusatorios en las campañas deberían considerarse normales, siempre y cuando se basen en pruebas comprobables.
Después de todo, como reza la popular frase: “El que nada debe, nada teme”. Y, “Cuando discuten las comadres, salen las verdades”.