Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez.-

Desde hace días no han dejado de salir en los medios de comunicación de todo el país artículos, reportajes, crónicas y nueva información, abundando sobre el sorprendente y reprobable caso del grupo de cinco niños de entre 11 y 15 años de edad -siendo dos del sexo femenino, ambas de 13 años-, que asesinaron en conjunto y común acuerdo a otro menor, éste de cinco años, Christopher Raymundo Márquez, en la ciudad de Chihuahua, en el estado norteño del mismo nombre, según la información que al respecto proporcionó la Fiscalía General del Estado, lo que ha causado conmoción, no sólo a nivel nacional, sino hasta internacional.

Parece mentira el nivel de saña y crueldad alcanzado por los victimarios a tan corta edad, pues planearon a conciencia el ataque, amarraron al niño como si fueran expertos secuestradores, le pusieron luego una vara en el cuello con la que lo dejaron medio asfixiado, luego lo arrojaron al suelo, donde lo agarraron a pedradas; de ahí, le clavaron una navaja en la espalda, luego lo arrastraron y lo llevaron a enterrar en el cauce de un arroyo poco frecuentado, y con toda la sangre fría del mundo, taparon el cuerpo inerme con maleza, y lo coronaron con un animal muerto. Esto da una idea de lo enferma que tienen su mente estos niños.

Sólo se presentaron cargos penales contra los dos adolescentes involucrados, mientras que los demás quedaron bajo custodia del Sistema de Desarrollo Integral de la Familia (DIF), para su tutela pública, debido a la notoria omisión de cuidado de sus padres. Este es un hecho muy preocupante, y los analistas de México y el mundo han señalado que es una muestra de la descomposición social que una buena parte del país presenta.

Urge una estrategia nacional contra todas las formas de violencia hacia los menores, porque la violencia está siendo reproducida por niños y adolescentes en los lugares con un alto índice de criminalidad, vinculada a la delincuencia organizada, con las bandas de secuestradores y narcotraficantes.

Muchas veces no queremos ver que los niños están expuestos a una educación, no oficial, a través de los hechos, que les grita que la delincuencia está bien, que los criminales son héroes dignos de imitar, y que las adicciones al alcohol y las drogas son buenas y necesarias.

Por eso es que yo estoy en contra de los narcocorridos, porque hacen apología del delito, y no crean un ambiente sano y positivo. En mi barrio todos los días escucho a lo menores cantando a pulmón abierto las canciones que pone el padre o el vecino que se está emborrachando, con letras donde hablan de alguien al que le cortaron la cabeza, lo ejecutaron, de un narco que es muy valiente y poderoso, de una persona que es muy hábil para escapar de la ley, que tiene muchas mujeres, bebe mucho alcohol y “se pone bien loco consumiendo alguna droga”. Todo aderezado con las clásicas maltratadas más crudas, peladas y vulgares.

A esto yo no le veo nada positivo. Sabemos que el corrido viene desde la Colonia, hablando de hechos que tuvieron relación con épocas de nuestra historia, especialmente la Revolución; pero el nivel de violencia, cinismo y vulgaridad de las letras que hoy se cantan, no creo que tenga comparación, ni que algún día estas canciones puedan llegar a alcanzar el estatus de herencia cultural a rescatar y presumir ante el mundo, como sucede con los corridos de la Revolución.

Por lo pronto, en Chihuahua ya se aprobó que habrá multas para los artistas que toquen narcocorridos en eventos públicos, las cuales llegan hasta los 350 mil pesos, aparte de hasta 36 horas de arresto; ahogado el niño, quieren tapar el pozo, pero más vale tarde que nunca.

Yo no estoy en contra de la música de banda o norteña, porque ésta es sólo un estilo musical, y las notas no son buenas ni malas; lo que no puedo aprobar es el veneno que sueltan estas letras, muchas veces compuestas por encargo por los propios delincuentes, como todo mundo sabe, para que canten sus “hazañas”.

Es por esta razón que cantantes casi desconocidos en televisión o la radio viven como millonarios, a pesar de cantar horrible y ser desentonados; todo es porque tienen un gran patrocinador, que les paga por ensalzarlos. La promoción del alcoholismo como algo alegre y normal, es algo que debe combatirse, porque es una adicción que causa muchas enfermedades al organismo; sin embargo, hay hasta canales de televisión y radiodifusoras que incitan a emborracharse para andar en el ambiente donde se oye esta música de los corridos violentos y machistas, donde a las mujeres se les da trato de objetos sexuales.

Vergüenza me da incluso hablar de lo que mencionan algunas letras de estas canciones respecta a las mujeres, y, sin embargo, éstas se tocan delante de niños. ¿Qué pasaría si alguien se pone a ver pornografía en un parque concurrido? ¿O a consumir cocaína en grandes cantidades en un sitio público? No pasaría ni cinco minutos antes de estar siendo llevado a una celda de una prisión.

Sin embargo, si una persona se pone a escuchar una canción donde describe cómo va a realizar una práctica sexual con pelos y señales, y se va a poner a consumir una cantidad enorme de droga, y luego va a ir a matar a un policía que lo anda persiguiendo, y todo esto delante de los menores de edad, la gente que no concuerda con estos temas para nada, nadie le hace nada, nadie le dice nada.

Y si un ligero comentario esboza uno, luego le ponen esa canción que cantan a dúo Calibre 50 y el Komander: “Qué tiene de malo que me gusten los corridos”, llena de lenguaje obsceno y grosero. Pues, yo creo que sí tiene mucho de malo.