Don Tacho Muñoz, celebridad del Manzanillo antiguo


* Su plática amena y memoria privilegiada le granjeaban la simpatía popular

* En su negocio se podían encontrar discos LP y sellos postales de colección

Primera parte

Tacho Muñoz fue el comerciante por excelencia de Manzanillo por muchos años. Su negocio, en el corazón de la ciudad, era el sitio donde la gente acudía lo mismo a comprar un best seller o una novela clásica, lo mismo que un disco difícil de conseguir, igual del rock de vanguardia que de música clásica, o incluso, los sellos postales. Podía uno recibir de sus labios una recomendación autorizada para hacer la mejor compra en los campos literarios o melómanos, ya que era poseedor de una vasta cultura, aunando a ello el don de la amabilidad y solicitud. Más allá de los ochenta años continuó laborando con energía, manteniendo una mente despierta y lúcida, que se traslucía a través de unos ojos que presentaban el brillo de la mirada de una persona joven. La tienda de Don Tacho Muñoz hacía mucho que había desaparecido, pero Don Tacho siguió escribiendo páginas de la historia de nuestro puerto, buscando ser útil y poniendo el ejemplo a los jóvenes a su avanzada edad, hasta que perdió la vida atropellado por un cafre al volante de un camión urbano en la calle Porfirio Díaz (El Cañón).

Eustacio Muñoz Camarena nació el 9 de diciembre de 1927 en nuestra ciudad y puerto. Fue hijo de Don Eustacio Muñoz Navarro y Doña Teresa Camarena, quienes llegaron de Cihuatlán, Jalisco, en 1925, acompañados de sus hijos Esther, Lorenzo, Francisco y Paula. Su padre puso una tienda por la calle Carrillo Puerto, frente a donde se estaba organizando el Mercado Reforma, hoy “Centro Comercial Manzanillo” (Elefante blanco que es un conglomerado de locales, que dista mucho de ser un verdadero centro comercial). Después se cambiaron por un corto tiempo a la calle Gregorio Torres Quintero. En 1928 tomaron en arrendamiento la casa de Don Espiridión Serrano, ya por la avenida principal (la calle México). Ahí vivían en la segunda planta, y en la primera tenían la tienda, que ya comenzaba a aclientarse. A dos años de su llegada a Manzanillo, vino al mundo Tacho, ahí, en esa casa. En ese local, recordaba, vendían mercancías que les llegaban por barco, desde los Estados Unidos, como era el vino de alta calidad, que ahí mismo lo envasaban con un sifón, le ponían el tapón de corcho y etiquetaban. Era un producto muy fino, que en ningún otro lugar del puerto se podía conseguir. También vendían frutas secas, en especial los higos y los dátiles, que por ese entonces casi no eran conocidos en nuestra región. Vendían también telas y abarrotes, e incluso gasolina. La negociación llevaba el nombre de “La Surtidora de las Baratas”.

Don Tacho Muñoz.

Estaba Tacho de brazos cuando se dio la irrupción de los cristeros en Manzanillo, el 24 de marzo de 1928, hecho que sobresaltó a sus padres, lo mismo que a todos los manzanillenses de la época; pero, sin embargo, el matrimonio Muñoz Camarena en ningún momento pensó en alejarse de la ciudad. Las primeras letras las recibió en la escuela de Doña Guadalupe Balcázar, maestra conocida como “La Centava”, que tenía su escuelita por la subida al Sector 2. En 1942 pasó a la escuela Juárez, donde cursó los grados quinto y sexto, egresando de estos, sus únicos estudios, en el año de 1944. Como es bien sabido, un egresado del primer nivel de aquellos tiempos sabía más que lo que en la actualidad sabe un alumno que cursa la secundaria. También es necesario señalar que en aquella primera mitad del siglo pasado, eran pocos los mexicanos que estudiaban algo más que la primaria, y en Manzanillo menos se podía, porque no había ninguna secundaria aún. Eran escasas las familias con el suficiente nivel económico como para mandar a sus hijos a estudiar a la ciudad de Guadalajara. La familia de Tachito, diminutivo cariñoso con el que muchos le saludaron toda la vida, no era de las que se podían dar ese lujo.

En junio de 1932, un fuerte remesón de tierra sorprendió a los porteños. Fue un evento tan fuerte para las personas que lo vivieron, que Don Tacho Muñoz, a pesar que entonces solo contaba con 3 años y 4 meses, nunca lo olvidó en todos sus detalles. Fue la ocasión en que el mar se salió en Cuyutlán, Manzanillo y la Costalegre, se abrió la boca de la laguna de San Pedrito, permitiendo su comunicación con el mar, y se cayó el edificio de la presidencia municipal. El terremoto fue tan intenso, que ocasionó un maremoto que cruzó el Pacífico y penetró la costa en Hawaii, Samoa y varios lugares de Asia. Afortunadamente, no se presentaron tantas desgracias humanas aquí, porque la mayoría de las casas eran de madera; situación que solo cambiaría muchos años después, merced a otra gran catástrofe sufrida por los manzanillenses: el ciclón del 59. Era tanto el terror de las familias tras aquel gran sismo, que por mucho tiempo pernoctaron en la calle. En el caso de los Muñoz Camarena, dormían en unas casas de campaña por la calle Madero esquina con Allende, muy cerca de la casa de Huéspedes Petrita. Dormir en la calle no era peligroso, pues debemos recordar que en aquel tiempo casi no había autos, y la inseguridad tampoco era un problema. Para el pequeño Tacho era toda una aventura pasar las noches al aire libre, en veladas de pláticas con los vecinos, que así pretendían alejar al temor por las constantes réplicas. Tardaron mucho en regresar a su casa, que sufrió daños graves.

Fue por esta razón que, no mucho después, se cambiaron a un nuevo local, también por la calle México, exactamente en la banqueta de enfrente. Al matrimonio Muñoz Camarena acababa de nacerles una nueva hija, Teresa. Fue muy poco el tiempo que estuvieron ahí, porque Don Eustacio grande se llenó de acreedores, y llegó el momento en que ya no pudo pagarles. Se tuvo que ir a trabajar al Centro del país., buscando hacer dinero suficiente para salir de sus deudas. Tristemente, tuvieron que cerrar el negocio. En aquellos tiempos, las únicas tiendas grandes en Manzanillo eran La Colorada y La Azul, ambas de chinos, porque la de Don Pancho Ochoa apenas estaba en crecimiento. Cuando los Muñoz Camarena cambiaron “La Surtidora de Las Baratas” a la banqueta de enfrente, su anterior casero, Don Espiridión Serrano, tras hacer unas mejoras a su edificio dañado, inteligentemente decidió aprovechar que ya le habían dejado aclientado el lugar y también puso él una tienda, queriéndoles hacer la competencia a sus antiguos inquilinos, pero nunca tuvo mucho éxito.

Tacho Muñoz Camarena, como el buen hijo que era, se propuso ayudar a su mamá, quién ahora estaba sola, y todos los hijos de manera solidaria hicieron lo mismo. Entro a trabajar, a pesar de su corta edad, a Ferrocarriles Nacionales, y ahorró su sueldo casi íntegro, hasta que llegó el día en que hubo dinero en la familia para volver a intentar triunfar en la vocación que siempre habían manifestado, que era ser comerciantes. Tacho dio la idea de que pusieran una librería. También venderían un poco de papelería. Al frente del negocio quedaría Esther Muñoz, a nombre de quien llegarían todos los pedidos de libros, pues Tacho seguiría trabajando un tiempo en Ferrocarriles, hasta que el nuevo negocio estuviera sólido. Esta tienda, que marcaría toda una época en Manzanillo, abrió sus puertas a mediados del año de 1939. Estaba exactamente a un lado de La Botica Japonesa, negocio propiedad del Dr. Tomishan Ijima, conocido en Manzanillo como Ricardo Ijima, quién atendía junto a su esposa e hijas, Alicia y Bertha. Ambas familias, Muñoz e Ijima, hicieron una buena amistad. (Continuará)

Tacho en su librería.