Dos grandes combatientes


Segunda parte

El Grupo Morelos, pues, ganó la contienda, pero ése era un resultado que podían aceptar Humberto y sus compinches, porque se convertiría en un ejemplo a seguir para los estudiantes de otras escuelas y facultades. Así que, en vez de aceptar la derrota de su planilla y dar muestras de pluralidad, lo único que se les ocurrió en su mentalidad pedestre, fue echarles lodo a los estudiantes ganadores, declarando ante los medios que controlaban (y que en ese momento eran muchos) que varios de aquellos estudiantes eran alumnos irregulares, empezando por Felipe Flores Castillo, quien había sido el que encabezara la combativa planilla.

En ese grupo, si no recuerdo mal, estaban también los hoy ya famosos historiadores Blanca Estela Gutiérrez Grajeda y Héctor Porfirio Ochoa; Vidal Sandoval Álvarez, ciego de nacimiento, pero estudiante genial y gran músico, que luego estudiaría en México y fundaría en Colima la Asociación Estatal de Ciegos; Javier Sánchez García, un estudiante de  veterinaria que amaba la Revolución Cubana y participó en la lucha sindical del SNTE representando la corriente no-oficial que se conocía como “Nuevo Sindicalismo”, y Federico López Virgen, originario de Tepames, que tiempo después sería mi compañero de trabajo en la Biblioteca Central “Profra. Rafaela Suárez” y se convertiría en un excelente fotógrafo.

No sé a cuantos de esos estudiantes (a otros que los apoyaron) los nombraron los porros “alumnos irregulares”, pero viéndose los agraviados en esa situación y no queriendo que se ensuciara su buena fama, varios de ellos decidieron defender su triunfo y continuar su lucha, acudiendo, ya en ese caso, ante la directiva del Colegio de Notarios, que dirigían entonces tres brillantes y muy honestos jurisconsultos: Jaime Alfredo Castañeda Bazavilvazo, Ismael Yáñez Centeno y Miguel Ángel Flores Puente.

La intención de los estudiantes era la de mostrar a los notarios sus documentos de inscripción, boletas de calificaciones y otros, para demostrar que sí eran alumnos regulares.

Los notarios certificaron la legalidad de dichos documentos, pero, al verse los porros desnudados en tan corrientes maniobras, no supieron actuar con inteligencia y, en vez de tratar de cubrir o matizar sus burdos procederes, ordenaron a sus amanuenses (verdaderos gatilleros del periódico Ecos de la Costa) que se dedicaran a desacreditar a los notarios.

Niño Sergio Jiménez, Raúl Pérez Osorio, Manuel González Mendoza e Igor y Abelardo Ahumada.

LA PRIMERA HUELGA DE HAMBRE

Al ver eso, Felipe Flores Castillo, quien había leído acerca de las acciones libertarias que protagonizaron Mahatma Gandi, en la India, y Bobby Sands, en Irlanda, decidió emprender una lucha pacífica, e inspirado por los métodos de resistencia civil que aquellos dos grandes hombres habían utilizado en sus tierras, un día, pasando las fiestas guadalupanas de 1983, se decidió a ponerse en huelga de hambre para defender sus derechos y exhibir, de paso, como represores, a Humberto Silva, Arnoldo Ochoa y sus demás compinches en el asalto a la universidad.

En aquellos días mi familia paterna y yo vivíamos en la calle Reforma 123, a sólo dos cuadras de la Catedral y del Palacio de Gobierno y aquella tarde me tocaba ir a las oficinas de redacción de Diario de Colima para entregar mi colaboración semanal, por lo que incidentalmente me tocó ser uno de los primeros paisanos en ver a Felipe Flores acabándose de instalar, él solito, junto a la verja externa de la Catedral, en tan inusitada acción.

Él y yo ya nos conocíamos desde la Universidad, pero luego lo conocí mejor conforme fui sabiendo de la lucha que acabo de describir. Así que, cuando lo vi allí, antes de seguir mi camino para entregar en el Diario mi colaboración, como quien dice lo regañé por haber decidido esa inesperada acción y aventarse “a lo gorras”, pero le prometí que volvería en cuanto me desocupara.

Llegando al Diario (cuyas instalaciones estaban entonces en pleno centro de Colima, calle Gabino Barreda 119) le dije a Héctor Sánchez, su director general y dueño, lo que acababa de ver afuera de la Catedral, y como todavía no habían armado la primera plana, envió rápidamente un reportero para que le tomara una foto a Felipe, saliendo al día siguiente la nota de la primera huelga de hambre de que se tuviera registro en nuestra entidad.

La noticia causó revuelo y cayó como balde de agua helada a una gran parte de la ciudadanía colimota, y como era diciembre e iba mucha gente al centro, no había cerrado aún la noche del segundo día cuando ya varios cientos de personas nos habíamos reunido allí, como para dar, inconscientemente tal vez, nuestro apoyo al muchacho que había tomado la singular decisión.

Para ese momento varios de los demás estudiantes del Grupo Morelos ya estaban también acompañando a Felipe y, aun cuando no se sumaron al ayuno tal cual, su presencia provocaba simpatía entre los asistentes honestos y los que simplemente iban de curiosos.

En la fila de atrás, a la izq., José Cárdenas Cruz, Heberth Sánchez Polanco, Jaime Alfredo Castañeda, Ismael Yáñez y con las caras visibles, a la derecha, Francisco González Rosales, Leopoldo Bueno Jr., Sergio Jiménez Bojado y Adán Mendoza Montes.

Salvando a Ismael Yáñez, yo no conocía ni había tenido trato con los otros dos notarios mencionados, pero tomando en cuenta de lo que los porros eran capaces de hacer, los tres me cayeron bien porque habían tenido el valor de declarar la validez oficial de los documentos que los estudiantes les presentaron.

La sociedad colimense era todavía entonces demasiado medrosa y timorata, y aunque la huelga de Felipe despertó la simpatía de algunos paisanos, y hubo quienes tomaran el micrófono para apoyar a los estudiantes del Grupo Morelos, en unas improvisadas manifestaciones tipo mitin que se llegaron a realizar por las tardes, el apoyo no fue suficiente y al iniciar enero del 84, Felipe se levantó de la huelga y el “Grupo Morelos” terminó dispersándose porque, como eran las vacaciones de invierno, cuando intentaron inscribirse en el siguiente semestre, los directivos de las escuelas en donde estaban les pusieron todas las trabas posibles y, hasta donde yo tuve conocimiento, Felipe, por lo pronto, tuvo que ir a inscribirse en una universidad de Sinaloa y Vidal Sandoval en una de la ciudad de México.

Pero, como quiera que todo eso haya sucedido, aquella fue una exhibición pública de sus procedimientos fascistoides que utilizaban los miembros del “Grupo Universidad”, y comenzó su descrédito. Pero si usted está interesado en saber lo que sucedió después tendrá que leer mi próxima colaboración.