Segunda parte y última
HIDALGO ENJUICIADO POR “EL SANTO OFICIO”
No sabemos si el cura Hidalgo haya saldado ambas deudas; pero la actuación que posteriormente que tuvo su sucesor en Colima, nos da pie para creer que desde entonces el padre Islas le tomó a Hidalgo cierta ojeriza. Ojeriza que muy probablemente se incrementó cuando, tal vez hasta en plan de chisme, corrió entre los clérigos del Obispado de Michoacán la noticia de que el cura de San Felipe Torres Mochas no sólo había sido acusado por otras conductas sospechosas o reprobables ante el temido Tribunal de la Santa Inquisición (o del Santo Oficio), sino hecho prisionero en algún reducto del tribunal para ser sometido a juicio.
Sobre este caso en particular no conozco ningún documento que me sirva para afirmar que todos los curas del Obispado de Michoacán (y de las parroquias de Colima, por ende), pudieron haberse enterado de que el padre Hidalgo fue sometido a un juicio por tan terrible tribunal, pero sí tengo bases para creer que así sucedió, como las tengo para afirmar también que los errores que antaño cometían los clérigos se convertían en la comidilla de muchísimas gentes. Máxime si eran individuos tan notables y famosos como era don Miguel en dicho obispado.
“El Zorro”, como le decían a Hidalgo desde su juventud, era considerado, en efecto, como un clérigo muy brillante, habilísimo para debatir y argüir en cuestiones filosóficas y teologales, aparte de haber sido maestro y rector del Colegio de San Nicolás durante muchos años. Así que, a ninguno de sus muchos exalumnos y compañeros debió de pasar desapercibido el hecho de que a principios de 1801 hubiese caído en manos de la Santa Inquisición, al menos para averiguaciones.
En apoyo de esto que comento, quiero mencionar que, de conformidad con indagaciones documentales hechas por el profesor Felipe Sevilla del Río, en la Villa de Colima y en las demás cabeceras de parroquia del obispado era costumbre colocar unas tablillas especiales en los zaguanes de los templos. Tablillas que entre otras cosas servían para anotar denuncias públicas en contra de quienes no pagaban los diezmos, de los herejes, los blasfemos, los idólatras y de quienes practicaban la hechicería. Por lo que no sería nada extraño que algo similar ocurriera en ese caso. Como cuando, algunos años después, en ese mismo sitio (y en otros), se colocó el “Edicto de Excomunión” que el obispo Manuel Abad y Queipo lanzó en contra del mencionado Hidalgo y todos los demás cabecillas insurgentes.

Pero muy al margen de que una noticia como la descrita se haya publicado o no en la tablilla que mencioné, sí quiero señalar que según un “informe inquisitorial” que redactó y firmó Francisco Antonio de Unzaga, el 17 de marzo de 1801,Hidalgo estaba preso en alguna celda del Santo Oficio.
Dicho informe, cuya transcripción tengo en mis manos, fue enviado al obispo de Michoacán en turno, y en su parte inicial dice lo siguiente:
“Ilustrísimo señor: En obedecimiento a la superior orden de 25 del pasado, con la que la bondad de vuestra señoría ilustrísima se ha dignado honrar mi pequeñez, debo decir que, para tomar una individual noticia y formar el más prolijo, exacto, puntual y circunstanciado informe de la vida, conducta, costumbres y procedimientos del cura de San Felipe don Miguel Hidalgo [… me valí] de personas de verdad y conciencia, que de cerca hubieran tratado a dicho señor cura, o bien en esta villa (de San Miguel el Grande), o en la de San Felipe, o en el pueblo de Dolores a donde con el motivo de ser cura su hermano, suele venir con frecuencia”. Personas que, según agrega, le indicaron que desde hacía “algún tiempo en esta villa se dice con alguna publicidad que el cura de San Felipe está denunciado en ese santo tribunal”. Y, ampliando la información al respecto, comenta que, cosa de 20 días atrás, a su regreso de “la ciudad de Salvatierra, el bachiller don Pedro Barriga ha dicho a dos sujetos (acaso puede haberlo dicho a más) que un eclesiástico llamado Jiménez le dijo en dicha ciudad […] que se hallaba preso en [un espacio del] Santo Oficio el cura Hidalgo”. Por lo que “ha tomado más cuerpo lo que antes de decía [de él]”. (Herrejón, p. 133).
Más adelante, ya casi para terminar su informe, y después de haber nombrado a varios otros clérigos que lo conocían, el cura de San Miguel el Grande dice que lo más que ha oído decir de Hidalgo es que se porta mal “así porque lo más del año vive fuera de su curato, como porque el tiempo que está en él reside en una laborcita poco distante de la villa de San Felipe, sin venir a su parroquia, sino los días de precepto para oír misa”, y sin atender ni “al confesionario, ni al púlpito”; llegándose la situación al extremo de que sus propios parroquianos le solicitaron al “prefecto de misiones […] de la Santa Cruz de Querétaro”, que un fraile de los suyos venga con ellos como si fuera tierra de misión, por el abandono en que los tenía Hidalgo.
Y ya en la conclusión, el padre Francisco Antonio de Unzaga afirma: “La vida que lleva dicho señor cura, me aseguran en lo general es una continua diversión, o estudiando historia, a lo que se ha dedicado con empeño, o jugando, o en músicas, pues tiene asalariada una completa orquesta cuyos oficiales son sus comensales y los tiene como de su familia”. (Ibídem, p. 133-135).
No quiero adelantar más sobre lo que sucedió en ese famoso juicio al futuro prócer de la Independencia, pero me parece necesario advertir que, si ni él ni sus comisionados pudieron convencer a más gente de Colima para participar en las luchas, fue porque el padre Felipe González de Islas se encargó de mover a otros clérigos y de predicar en contra de Hidalgo y su movimiento. Pero este asunto… Continuará.
NOTA. Todos estos datos corresponden al Capítulo 16 de “Mitos, verdades e infundios de la Guerra de Independencia de México”.