El daño que causa el ruido a los perros, un problema que ignoramos


En medio de tormentas, festividades y el bullicio urbano, los perros enfrentan una realidad que solemos ignorar: el ruido excesivo los daña.

Para nosotros puede ser rutina escuchar truenos, cohetes, el altavoz del carro del gas o el pregón del vendedor de nieve, pero para ellos es una experiencia aterradora que altera su bienestar y les roba la tranquilidad.

En Ecuador, un estudio de la Universidad del Azuay analizó el diseño interior de refugios caninos en Cuenca y concluyó que el bienestar animal exige atender no solo a la alimentación o la salud médica, sino también al entorno físico.

La investigación subraya la necesidad de espacios pensados para reducir estímulos negativos como el ruido, pues este incide directamente en la estabilidad emocional de los perros.

La enseñanza dice el estudio se debe dar tanto en refugios como en hogares, debemos preocuparnos por crear ambientes que protejan a los animales de ruidos que no comprenden y que los afectan de manera desproporcionada.

La ciencia ha demostrado que el oído de los perros es entre cuatro y cinco veces más sensible que el humano.

Perciben frecuencias que para nosotros son imperceptibles y con una intensidad mucho mayor.

Por ello, un estallido de cohete que para una persona resulta molesto, para un perro se traduce en una detonación ensordecedora.

No es extraño que reaccionen con temblores, jadeos, ladridos, intentos de huida o conductas destructivas.

El miedo es real y tiene fundamento biológico, el sistema nervioso de los caninos interpreta esos sonidos como amenazas inmediatas, activando respuestas de defensa o escape.

En México existe legislación que protege a los animales, reconociendo a los perros como seres sintientes que merecen respeto y cuidado.

Si la ley ya lo establece, la sociedad y las autoridades debemos asumir la responsabilidad de hacerla efectiva.

Parte de esa responsabilidad implica promover refugios domésticos más seguros, impulsar programas de concientización y generar políticas públicas que incluyan la reducción de ruidos que afectan a los animales.

No se trata solo de buena voluntad: es una obligación ética y jurídica.

Las empresas que recorren las calles con altavoces estridentes —como las gaseras o los vendedores ambulantes— deberían ser conscientes del daño que ocasionan. Cada vez que pasan, los perros aúllan, ladran y se angustian.

No es únicamente un problema de incomodidad vecinal: es un problema de bienestar animal.

Las autoridades municipales y estatales tendrían que regular ese tipo de prácticas, estableciendo límites de decibeles o promoviendo alternativas menos agresivas para la comunicación comercial.

Humanizar esta discusión es indispensable.

Quien ha visto a su perro esconderse, temblar o intentar huir sabe que no hablamos de una exageración.

Son miembros de nuestra familia y dependen enteramente de nosotros para sentirse seguros.

Cuidarlos frente al ruido significa reconocer que su mundo es distinto al nuestro y que su sensibilidad merece respeto.

El ruido no solo perturba a los perros: también refleja qué tan responsables somos como sociedad.

Si aprendemos a ver este problema con seriedad, podremos construir comunidades más empáticas, en las que el bienestar animal deje de ser un tema secundario y se convierta en una expresión de humanidad y justicia.

No basta con alimentarlos o vacunarlos. También debemos darles un entorno donde no vivan atemorizados por cada trueno o altavoz. Esa es la verdadera medida de nuestro compromiso.

abogadoangel84@gmail.com