El encuentro estatal de mediadores de salas de lecturas y su interpretación simbólica


En un país donde la lectura parece ser un lujo esquivo, México enfrenta un desafío cultural profundo. Solo el 69.6% de la población alfabeta mayor de 18 años declara haber leído algún material en el último año, una caída alarmante de 14.6 puntos porcentuales respecto al 84.2% registrado en 2015. Este declive no es solo estadístico; es un síntoma de desigualdades sociales que perpetúan ciclos de exclusión.

En promedio, los lectores consumen apenas 3.2 libros al año, un número que refleja una apatía creciente ante la competencia de las pantallas y la falta de acceso equitativo. Como opinador, creo que esta crisis no se resuelve con lamentos, sino con acciones comunitarias que transformen la lectura en un acto colectivo de resistencia y empoderamiento. Aquí radica la importancia del Programa Nacional de Salas de Lectura (PNSL) y eventos como el reciente Encuentro Estatal de Salas de Lectura en Colima, que no solo visibilizan el problema, sino que tejen soluciones desde la base social.

El PNSL, impulsado por el Fondo de Cultura Económica y la Secretaría de Cultura federal, representa un faro en esta oscuridad. Creado en 1995, este programa ha evolucionado hasta conformar una red de más de 3,843 salas de lectura distribuidas en las 32 entidades federativas. Su esencia es simple pero revolucionaria: voluntarios —llamados mediadores— crean espacios accesibles donde la comunidad se reúne para leer, discutir y crear, sin jerarquías ni costos.

No se trata de bibliotecas elitistas, sino de rincones en canchas deportivas, albergues, hospitales, cárceles, salones comunitarios o incluso parques públicos, donde un acervo inicial de 100 libros se multiplica por la pasión colectiva. En Colima, por ejemplo, de 120 salas registradas, solo 40 son activas por el momento, pero su impacto trasciende números: fortalecen el tejido social en contextos vulnerables, desde prisiones hasta albergues de migrantes. Este modelo demuestra que la lectura no es un fin individual, sino un medio para la inclusión.

La lectura comunitaria, en el núcleo del PNSL, emerge como antídoto contra la fragmentación social. Estos espacios fomentan el aprendizaje significativo, el pensamiento crítico y la resiliencia emocional, al integrar oralidad, escritura creativa y narración en contextos diversos. En México, donde la pandemia y la violencia han erosionado lazos comunitarios, esta práctica reconstruye identidades colectivas. Imaginen: en una sala de lectura rural, un mediador con 25 años de trayectoria guía a adultos mayores y niños en la lectura en voz alta de Pedro Páramo de Juan Rulfo, desentrañando capas sociopolíticas que resuenan con sus realidades locales.

Como enfatizó el poeta Salvador Díaz Pineda en el Encuentro Estatal de Colima el 27 de septiembre de 2025: “Al leer, lees muchas vidas, vives muchas vidas”. Pero advirtió: la lectura estéril, sin acción, es “un engranaje oxidado”. Esta visión crítica alinea con la idea de que la lectura compartida fomenta la empatía y la equidad de género, como en los conversatorios del encuentro, donde mediadoras como Rosa Ma. Martínez, MA Isabel Martínez y Gabriela Velázquez compartieron cómo las salas han empoderado a mujeres y jóvenes en comunidades marginadas y de alto riesgo.

El Encuentro Estatal de Salas de Lectura en Colima, celebrado de manera exitosa en el Poliforum Cultural MEXIAC, ejemplifica esta dinámica transformadora. Organizado por el FCE y la Subsecretaría de Cultura estatal, reunió a mediadores de todo el estado para intercambiar estrategias en entornos urbanos, rurales, hospitalarios y penitenciarios. La conferencia inaugural de Gabriel Martínez, coordinador estatal del PNSL, resaltó la lectura en voz alta como herramienta global para el desarrollo cognitivo y la convivencia, adaptada a realidades mexicanas.

Momentos como la intervención de Díaz Pineda —quien invitó a “desmenuzar los textos” con preguntas incisivas— o el conversatorio sobre mujeres facilitadoras, liderado por Jesús Jiménez y las mediadoras mencionadas, inspiraron un llamado a la acción: institucionalizar el fomento lector en educación y municipios. En Colima, la Ley Estatal de Fomento a la Lectura obliga a implementar programas, pero solo tres municipios (Colima, Manzanillo y Villa de Álvarez) cuentan con reglamentos específicos. El cierre propuso depurar la red de mediadores, financiada con recursos propios —un paso audaz hacia la autosuficiencia.

Sin embargo, los retos persisten. La falta de recursos institucionales y la brecha digital agravan la deserción lectora, especialmente entre hombres y adultos mayores. La Ley General de Fomento para la Lectura y el Libro insta a coordinaciones federales-estatales, pero su implementación es irregular. En mi opinión, urge una mayor inversión en mediadores —hoy voluntarios precarios— y alianzas con escuelas para integrar la lectura comunitaria en currículos. Eventos como el de Colima prueban que la lectura no es un pasatiempo, sino un derecho humano que forja ciudadanías críticas. Como Díaz Pineda aconsejó para escribir: “Mientras más escribes, te llega la inspiración”. Lo mismo aplica a leer: la constancia comunitaria despierta pasiones dormidas.

En conclusión, el PNSL y la lectura comunitaria no son panaceas, pero son semillas de cambio. En un México lector en declive, estos espacios —como el Encuentro de Colima— nos recuerdan que la verdadera promoción lectora nace del diálogo colectivo, no de decretos lejanos. Es hora de que gobiernos, educadores y comunidades inviertan en ellos, porque una nación que lee en conjunto no solo sobrevive: transforma.