El escudo de la Valquiria I/III


Leyendas de la armada

 

Ocurrió que en el increíble mundo de Asgard, el rey Odín, dios de la sabiduría, conocedor del destino, de la guerra y la muerte, estaba plácidamente sentado en el trono de su palacio plateado contemplando los tiempos pasados, presentes y futuros, cuando de pronto en una de sus visiones divinas atisbó la abnegada lucha que en el año 1847 tendría un marino de origen germánico contra fuerzas desproporcionadamente superiores, en una guerra injusta y costosa.

Odín, con el poder de la magia penetró en el mundo de los espíritus, escudriñó el alma del intrépido combatiente, escrutando sus pensamientos y mirando que el arrojado teutón lucharía con frenesí y determinación arriesgando su vida por defender una causa justa; entonces, al rey de Asgard le fue suficiente soplar sobre la palma de su mano para insuflar en aquel espíritu el temple del coraje y el valor.

Odín, al saber que se trataría de un héroe merecedor de la inmortalidad, convocó a todas su hijas, las hermosas valquirias, guerreras de piel blanca, ojos azules, largas y trenzadas cabelleras rubias, que portaban yelmos con cuernos, empuñando lanzas, espadas, arcos y escudos, diestras en el manejo de las armas y ágiles en montar caballos voladores, dotadas de fuerza divina, capaces de pronosticar la muerte y favorecer a los héroes.

Las deidades acudieron al llamado de su padre, dejaron sus armaduras en el argentado piso, sentándose alrededor del trono dispuestas a obedecer los deseos del rey. Odín les platicó su visión, diciéndoles que una de ellas debería partir de Asgard,  para viajar al mundo de los humanos, y después de épica batalla, conducir al temerario marino hacia el Valhalla, majestuoso salón donde reposan todos los valientes caídos en combate, y recibirlo en la morada  imborrable de la eternidad. La valquiria elegida para esta misión, fue su hija Sigrún, por ser la sublime esclarecedora de todos los misterios. La valquiria abandonó el sagrado recinto, levantando sus armaduras, montó en albino caballo alado, y galopando a través del viento cruzó por el túnel del tiempo, hasta desaparecer en el firmamento.

Sigrún, cuando llegó al planeta tierra, cabalgaba en el alígero corcel trotando entre las nubes y las estrellas que cubrían el Golfo de México, mirando con sus hermosos ojos azules como una escuadra norteamericana, comandada por el comodoro David Conner, al amparo de los poderosos cañones de sus barcos, tenía bloqueados los puertos de Veracruz, Alvarado y Tampico. El mentado escuadrón de casa transportaba en 40 buques a 13 mil soldados, al mando del general Winfied Scott, dispuestos a bombardear, desembarcar y apoderarse de  Veracruz.

La valquiria, confundiéndose con los rayos del sol y el resplandor de la luna, no perdía de vista cómo ante la amenaza extranjera que se cernía en nuestras fronteras terrestres y marítimas, la unidad nacional se resquebrajaba por las luchas intestinas entre facciones ideológicas antagónicas, encontrándonos sumidos en la discordia, atrapados en intrigas y traiciones; era tal el divisionismo que ni siquiera los gobernadores de los estados enviaban ayuda para enfrentar a los invasores.

La carencia de recursos, la falta de avituallamiento y de armamento eficaz, provocaba la desmoralización entre las tropas nacionales, los soldados abandonaban las armas, desertando de las filas del ejército.

A pesar de tener el viento y la marea en su contra, los mexicanos darían la cara con entereza y abnegación; sin embargo, los designios de Odín, el dios de la guerra, y su hija Sigrún, ya habían elegido desde varias vidas atrás, al valeroso marino Sebastián José Holzinger, para que de la oscuridad del contubernio, emergiera como un tritón dispuesto a luchar por el honor de México.