*El fuego se propagó a ambas aceras a través de unos adornos colgantes
*Cientos de voluntarios lograron apagar las llamas, gracias a un hidrante
Los incendios en Manzanillo hasta antes de los años sesenta eran cosa frecuente, algunos de los cuales se lograban sofocar rápidamente, mientras que otros se extendían en poco tiempo por toda la ciudad, quemándolo todo en un amplio radio, merced a que las casas eran de madera, con excepción de unos pocos edificios, que eran de material.
A partir del desastre que sucedió con el azote del Ciclón del Pacífico de 1959, mismo que derrumbó muchas construcciones de palo, pues por aquella época entre los escasos edificios de material en Manzanillo estaban el Hotel Ruiz, el antiguo edificio de la CROM, el edificio del Río, el edificio Guadalajara, el Hotel Colonial, la escuela Hidalgo y la escuela Juárez, entre otros.
EL INCENDIO DE LA ADUANA EN 1867
Entre los varios incendios importantes que pasaron en nuestro puerto por aquella época podemos citar entre otros el del 9 de enero de 1867, cuando el fuego hizo pasto de sus llamas a dos manzanas del pequeño pueblecito que era por entonces El Manzanillo a las diez de la noche, causando alarma y miedo de que la lumbre siguiera avanzando hasta consumir todo el caserío. Entre los edificios que fueron alcanzados por las lenguas ardientes se encontró la Aduana Marítima.
Por aquellos entonces aumentaba drásticamente el número de buques que arribaban a nuestra bahía día a día, desde otras partes del país y de otras naciones del litoral del Pacífico continental e incluso de algunas partes de Asia, por lo que el gobierno federal vio la necesidad que se instalara un faro que guiara a la navegación en nuestras cercanías, pues varios barcos ya habían chocado contra las rocas y encallado en las rocas tras los cerros.
Entonces, en uno de los barcos de la Armada arribó el que iba a ser el primer Faro del Puerto, que se instalaría en el cerro donde finalmente está ubicado. Se dejó pues sobre la arena aquella estructura marítima empaquetada, lista para instalarse, y ahí estaba cuando el sitio fue alcanzado por el fuego, y se quemó la aduana con todo y el faro empaquetado, que nunca fue abierto. Afortunadamente, gracias a la acción de ciudadanos y autoridades que se movilizaron rápidamente para apagar la conflagración, el fuego logró ser erradicado.
EL INCENDIO DEL MUELLE
En el año de 1917 hubo otro incendio importante, pues devoró casi en su totalidad hasta dejarlo inservible al muelle de madera de la ciudad, dejando sin esta infraestructura tan importante al puerto, y me refiero al que fue provocado por el General Vigueras, pues esperando en cualquier momento que sobre él se diera el desembarco de tropas norteamericanas de los barcos estacionados en la bahía, en tiempos en que había conflicto con el país de las barras y las estrellas, creyó de esta forma detener la toma de Manzanillo por los yanquis. Al final, se causó un gran daño al puerto que le afectó por años, y el incendio fue apagado por los propios norteamericanos desde las bombas y mangueras de a bordo del barco, solamente que demasiado tarde, porque el daño acaecido fue irreparable. Este muelle de madera era conocido como el Muelle de la Vía Hundida, al cual entraba de reversa el ferrocarril de la vía angosta, y a cuyos costados atracaban las embarcaciones de todo tipo que arribaban, y sobre él se hacían las maniobras de estiba de la carga que traían o de la que se surtían. Los norteamericanos creyeron que el incendio era accidental y por eso acudieron rápidamente a auxiliar a los porteños ante esta emergencia. El Gral. Vigueras huyó avergonzado y tiempo después, tras ser localizado, fue fusilado por su torpe decisión. Manzanillo se quedó, pues, sin muelle por muchos años.

En el Manzanillo de antaño la mayoría de construcciones eran de madera.
SE INSTALAN HIDRANTES EN VARIOS PUNTOS, SOBRE LA CALLE PRINCIPAL
Ante los constantes connatos de incendio en Manzanillo en los años treinta se ponen hidrantes en distintos puntos, siendo estos las esquinas de las calles Morelos y Madero, Juárez y Madero, México y General Anaya, México y Miguel Galindo, México y Colhuas, México y Bocanegra y México y Obispo Vargas (10 de mayo). Ya desde entonces se pensaba en formar un cuerpo de bomberos en Manzanillo, los cuales podría hacer uso de esa infraestructura.
LA NAVIDAD DE 1945 EN CASA DE LOS LAU, NUEVOS CONVERSOS
Pero vayamos ahora a la historia que nos ocupa en el ya lejano año de 1945, del que nos separan setenta y seis años, a una de las épocas más felices del año, como es la Navidad. La influencia norteamericana y europea, con los asentamientos de diversos agentes navieros extranjeros e incluso el establecimiento de un barrio entero en el Barrio de El Vigía en el Sector 1, conocido como la Colonia Americana, había hecho que en Manzanillo fueran ya muy comunes para aquel tiempo los árboles de navidad en los hogares. La Calle Principal o México era adornada con colgantes con motivos de la época, a lo que se sumaban las tradiciones más locales o mexicanas, como los nacimientos y las veladoras.
Siete años atrás, el 31 de mayo de 1938, con gran felicidad el afamado comerciante de origen chino, Don Arturo Lau, regresó muy feliz de las tierras del Celeste Imperio, con su esposa con la que acaba de contraer nupcias, llamada Li Chen Fu Yin, joven que en Manzanillo fue conocida como María Luisa Cham de Lau. Ella había nacido el 16 de junio de 1917, por lo que entonces tenía 21 años. Llegó, pues, a Manzanillo, a empezar una nueva vida lejos de su patria el 31 de mayo de 1938. Venía embarazada y a los dos meses les nació su hija Emma. Practicaban el confucianismo todavía, pero por entonces había un sacerdote en Manzanillo, que curiosamente había sido misionero y acababa de regresar de China, que hablaba perfectamente el idioma cantonés, propio de los Lau. Don Arturo ya hablaba de manera regular el castellano, pero María Luisa no lo hablaba casi nada, por lo que le tuvieron que poner un maestro particular.
El misionero los evangelizó en su idioma, y así vieron que el confucianismo y el catolicismo eran muy parecidos, por lo que al poco tiempo se bautizaron. Así, pues, al llegar aquella Navidad, Don Arturo y Doña Luisa, que vivían en la parte alta de su negocio, la Casa Colorada, tienda recientemente desaparecida, se sumaban como todos los manzanillenses a la alegría de las festividades decembrinas navideñas y de fin de año.
EL GRAN INCENDIO DE NAVIDAD EN LA CALLE MÉXICO
Era el 24 de diciembre y en los hogares de los manzanillenses ya se preparaban ricas viandas para la cena especial navideña, entre las que no faltaba el pavo mexicano con su relleno e incluso también algunos platillos mexicanos. En la calle México, frente a la ya mencionada Casa Colorada, el propietario de la Farmacia Ideal, el Dr. Emilio Gómez Sánchez, había arreglado como todos su casa en la parte alta para la ocasión, poniendo un árbol de Navidad profusamente adornado con esferas y diversos colgantes, y a un lado tenía una veladora. Entre su ventanal que daba hacia la Calle Principal, y el ventanal de enfrente de los Lau, colgaban una serie de adornos que coronaban la calle con motivos de la fecha. La fiesta estaba a todo lo que daba al llegar la medianoche, porque, como es bien sabido por todos, el calor imperante en Manzanillo, aún al fin de año, hace que los porteños suelan dormirse noche.
De pronto, sin que nadie se apercibiese al momento de ella, la veladora encendida en la recámara del Dr. Gómez se cayó y las llamas se comunicaron al arbolito, que rápidamente fue consumido, y luego el fuego se propagó por el piso y las paredes de la construcción de Manzanillo, pasándose a los edificios contiguos, también con locales comerciales en la planta baja y casas habitación en la alta, como fue el caso de la Casa Manzanillo y la Tienda Azul, que por entonces era la negociación más importante de Manzanillo. Rápidamente el fuego avanzaba y los ciudadanos, ya dándose cuenta de lo que pasaban gritaban asustados y corrían de un lado al otro sin saber qué hacer.
Al poco rato, ya casi toda esta manzana estaba en llamas y el fuego empezó a avanzar a través de los adornos colgantes hacia el balcón de la acera de enfrente, donde vivían los Lau en la parte superior de la Casa Colorada. En la recámara de los Lau estaban en ese momento la señora María Luisa y su hija Emma, quienes se aterrorizaron al ver como raudamente todo el frente de su casa se quemaba. Acordándose de la enseñanza religiosa que había recibido, se encomendó a Dios esperando un milagro y, de repente, de improviso, sin que nadie hiciera nada, así como había empezado el fuego en la parte alta de la Casa Colorada, todo se sofocó y volvió a la normalidad. La señora María Luisa Lau cayó de rodillas bañada en lágrimas, reconociendo que aquello era un milagro a Dios y alabándole por su bondad y protección. Desde ese día se hizo muy religiosa, tanto que inculcó sus creencias a sus hijos fuertemente en su nueva fe.

Este es el Manzanillo al que llegó desde China María Luisa Cham de Lau en 1938.
LOS PORTEÑOS CORREN AL HIDRANTE
El fuego seguía propagándose a otras fincas de la Calle Principal, que hasta unos pocos años antes se llamaba Calle de La Laguna, por lo que se requería de una rápida respuesta, pues aquello amenazaba con ponerse peor de lo que estaba, pues como ya dijimos, casi todo el puerto era entonces de madera.
Los voluntarios, que se contaron por cientos, entonces se movilizaron a tomar agua del hidrante –especie de hongo metálico- que se encontraba cercano a la conflagración, en la esquina de las calles Principal o México y Colhuas y tras una intensa lucha contra las llamas, lograron por fin contener y apagar el incendio, ya por la madrugada del día 25.
Sin embargo, los daños fueron evidentes, y en muchos hogares la celebración navideña terminó de plano. Al otro día, la luz del sol reveló las averías, y empezaron las reparaciones, que en algunos casos llevaron meses para completarse.
Por esta razón, por mucho tiempo nadie en Manzanillo olvidó la Navidad del año de 1945.