En la Mira


René Montes de Oca.-

MI MADRE ES COMO EL VIEJO ROBLE

Casi con nueve décadas encima, mi madre se me antoja como un viejo roble en el alegre bosque de la esperanza. Un poco encorvada ya, su paso por el tiempo no la exime del desgaste físico natural, pero su porte no lo pierde; siempre con la mirada altiva, con la palabra sincera a flor de labio, con esa bonhomía que la ha caracterizado, con ese liderazgo que le ha prodigado respeto y admiración.

Muy de mañana, con paso lento y andar difícil, sale puntual al cumplimiento de su trabajo, rutina que no deja, ni dejará jamás, porque nació para hacer labor y dejar de hacerla, sería el final de su existencia.

Grande Dios, que me permite tener una madre, y no sólo eso, una gran mujer a mi lado, una sabia consejera, inteligente gestora y celosa protectora.

Gracias, porque esa ilustre viejecita, no solamente nos apoya a sus hijos, sino que su fuerza espiritual ilumina a nietos y bisnietos. Con su ejemplo, cultiva los valores de nuestra familia, con su fortaleza da luz al horizonte de nuestro hogar.

Toda madre es admirable, esa mujer que nos da vida, tiene un valor inconmensurable. Dichosos quienes aún la tenemos sobre la faz de la tierra, aunque en realidad, nadie la pierde. Su fuerza y su calor trascienden los umbrales de la misma muerte.

Madre, cómo te agradezco en este tu día social, el legado de valores que nos dejas, ese bagaje de tus luchas y esfuerzos, esa ética fortalecida, esa conducta inspirada en la generosidad, la lealtad y la solidaridad.

Nos enseñaste a vivir en la medianía juarista, a hablar con autoridad moral del gran Patricio, divorciados de la ambición y la codicia; siempre solidarios con las causas nobles. En ti vimos una apasionada luchadora social, enemiga acérrima de las discriminaciones. Siempre has visto con agrado el trabajo de las mujeres indígenas de Zacualpan, nos enseñaste a comer guamúchiles que a diario les compras, a revivir tradiciones colimotas, como la de sentarnos a la entrada de nuestras casas, en legendarios equipales o sillas, tomando el fresco de los vientos sureños en las tardes calurosas.

Presta siempre a sacar la moneda para apoyar al indigente, atenta a dar consuelo al desorientado que recurre a ti, buscando el rumbo de tu experiencia prudente.

Madre generosa, madre humilde, madre talentosa. Mi gozo es máximo, cuando grandes protagonistas se quitan el sombrero para ponderarte. Con tu humildad, has acallado bocas virulentas, tu estatura va más allá de enconadas y enfermizas apreciaciones. Tu actuar me hace evocar aquella mujer conocida como la Décima Musa, porque fuiste pionera de la participación política de la mujer y por ende, condenada por criterios machistas, retrógradas y obsoletos, que ahora se atragantan con sus palabras dolosas, con sus criterios egoístas y su actuar influenciado por la envidia, amargura y perversidad.

Madre, jamás nos enseñaste a prodigar besos fáciles, ni palabras melosas, fuiste, hasta cierto punto, seca en tu actuar, pero heredamos de ti la facilidad para conocer corazones, para percibir sentimientos, rechazando enérgicamente la hipocresía.

Madre, si volviera a nacer, no dudaría en escogerte como progenitora, no sabes el orgullo que siento de ser tu primogénito, de que viejos amigos de Comala me vean cierto parecido físico contigo. No te imaginas cómo recuerdo a mi abuela “Pina”, tu madre, una humilde mujer que en otro ambiente supo sacar adelante a su familia. Aquella güerita fondera de mi pueblo, que entre cazuelas y fritangas de la cocina, siempre luchó por nosotros; ahora, tú te has encargado de poner en la cúpula de la cultura y la educación el buen nombre de la mujer comalteca, de la madre con casta, de la fémina que merece el más sublime reconocimiento. ¡Felicidades a todas las madrecitas del mundo!