En la Mira


René Montes de Oca.-

LAS REFORMAS DE EPN,

¿VOTOS EN CONTRA?

Un proceso electoral representa un infalible instrumento de medición en donde se registra la exacta dimensión del daño ocasionado al tejido social, por los errores de la clase política.

Nuestro sistema de gobierno ya no es, en la práctica, ni republicano ni federalizado, se apartó por completo de los principios filosóficos de un sano equilibrio en donde se resguardarían la equidad y la justicia social en una ambiente de democracia pura. Nuestro país ahora es dirigido por la voluntad de una alarmante minoría que anda alrededor del 30 por ciento de ciudadanos, el resto de mexicanos no participa en los procesos de elección, rechaza las urnas, en un acto de burda rebeldía, por la razón de que en México no se da la democracia, no se respetan los principios ni valores que germinarían la práctica de un ejercicio sano, igualitario y honesto, con suficientes arrestos para logar un gobierno emanado de la voluntad del pueblo.

La medida más fácil, la que más acomoda a los inconformes, es la de abstenerse de participar en la contienda electoral. La ponen en práctica pensando que refleja rebeldía, pero están rotundamente equivocados, porque lo que se deja entrever es la carencia de civilidad, una negligencia irresponsablemente comodina y la apatía característica de los cobardes apátridas que viven en el error al no tener un ápice de mexicanidad y autocondenarse a vivir fuera de la problemática que nos compete a todos, ajenos a los derechos y los beneficios, a los reveses y aciertos de este gran proyecto, en donde debemos involucrarnos todos los que orgullosamente nos hacemos llamar mexicanos.

México vive, pero en el Teletón o en los clásicos de futbol, nuestro espíritu patrio lo desperdiciamos en enajenantes eventos que nos ha promovido la iniciativa privada, coadyuvamos al brillo de organismos internacionales del deporte lucrativo, estamos enterados de la gran corrupción que se da en la Federación Internacional de Futbol Asociación (Fifa), pero pocos conocemos los nombres de la totalidad de candidatos a diputados locales que contenderán el próximo siete de junio; en más, es reducida la cantidad de ciudadanos que saben en dónde se instalará la casilla electoral en la que deberán depositar su voto.

Y yendo más alto, podríamos ofrecer un premio a quien nos proporcionara los nombres de los ex gobernadores a quienes se les ha promovido un juicio y a cuántos se les siguió el proceso judicial por malos manejos durante su administración. Pero la verdad es que tampoco despierta la curiosidad de los mexicanos saber lo que se hace para escarmentar a los que se roban su dinero. Como quien dice, la falta de cultura afecta no sólo las elecciones, sino que la depresión social ha logrado llevar a la ciudadanía a la apatía más irresponsable de que se tenga idea.

Al mexicano “jodido”, nada le interesa. Le da lo mismo que se roben los votos, que suba la canasta básica, que el precio del transporte urbano ande por las nubes, que no haya transparencia ni honestidad. Y menos se fija en el chapulineo político, las ofensas entre los actores, los chanchullos electorales, el desbarajuste en las campañas electorales y ni siquiera repara en los actores políticos enmascarados.

A principios de su administración, Enrique Peña Nieto trabajó intensamente para lograr la aprobación de sus iniciativas de Reformas Constitucionales. La gente ni cuenta se dio de lo que estos importantes cambios significarían para las clases más desprotegidas; hubo protestas aisladas, algunas voces débiles se inconformaron, pero la élite política las aprobó en un acto de rotundo abuso de una clase gobernante, que se unifica siempre para respaldar medidas arbitrarias e impopulares.

Se percibe en este clima de intranquilidad nacional que las famosas reformas han desencadenado un silencio muy significativo, el silencio de los desesperados, las voces que callan ante el hartazgo, la protesta que puede desencadenar una serie de acciones fuertes dentro de un tejido social deteriorado y frágil.

La Reforma Fiscal ya empezó a crear una ola de inconformidad de la clase trabajadora más desprotegida, no inició por los poderosos, lo hizo y con efectividad asombrosa, sacándole los pocos centavitos bien ganados a los contribuyentes cautivos, los modestos hombres y mujeres que viven de las degastadas quincenas burocráticas.

La educativa, que más bien fue laboral; vino a sembrar la incertidumbre en el gremio magisterial, que aguanta todo, pero se ve abatido, desorientado y molesto. Lo que ocasionó se diera marcha atrás en una de sus principales acciones tendiente a elevar la calidad docente. Ahora se ha llegado al extremo de que algunas corrientes políticas piden la cabeza del propio Chuayffet, arguyendo su falta de rigidez, que más bien dijéramos sensibilidad política.

Ahora, muchos se preguntan si los aciertos y errores del presidente tendrán repercusión en las urnas electorales. ¿El voto estará cautivo?, ¿la minoría que elige hace una rutina de la elección?, ¿el escrutinio del próximo domingo será una copia fiel de pasadas elecciones?, ¿habrá cambios saludables para la democracia?, ¿sirvieron de algo las millonadas invertidas en la contienda? O ni siquiera valió la pena la molestia de tanto perifoneo, la pésima imagen de la zona urbana plagada de propaganda protagónica y nociva, así como el espectáculo denigrante de los actores duchos en ofensas mutuas, tan bajos y perversos como sus campañas mismas.