Un terremoto a punto de olvidarse
El 21 de enero pasado se convocó a los colimenses a que respondiéramos a un simulacro de terremoto en memoria del que ocurrió el 21 de enero del 2003.
Este movimiento telúrico de gran intensidad, aunque se sintió también muy fuerte en Manzanillo, la mayor parte de daños sucedieron en Colima capital y Villa de Álvarez.
El simulacro no tuvo gran repercusión ciudadana, como las autoridades esperaban, porque las alarmas de nuestros teléfonos móviles a muchos no nos sonaron.
Creí que solamente a mí me había fallado el dispositivo; pero, al preguntarle a familiares, estos me contestaron que igual les pasó a ellos.
Al mediodía del 21 de enero la que escribe estaba entre varias personas a las que tampoco se les escuchó sonar sus teléfonos.
Así que, al no sonar, a muchos les pasó desapercibido el simulacro.
Sin embargo, lo que hoy quiero recordar es que, en Manzanillo, un 30 de enero, pero de 1973, ocurrió otro terremoto de gran magnitud a las 3 de la tarde, de 7.6 grados en la escala de Richter.
El epicentro fue cerca del municipio de Tecomán, a 24 km de profundidad, dejando una estela de 56 muertos y 300 heridos. Incluso, al parecer no fue un terremoto, sino dos, casi de la misma intensidad.
Por supuesto que a Manzanillo también le afectó.
Recuerdo que mis papás me contaban que la tierra se movía de manera tan violenta, que tuvieron miedo y, a su modo de entender la situación, a la que escribe la metieron en una cajita bien acolchonadita, sin tapa, desde luego, y pusieron esta debajo de la cama.
Contaba casi con cinco meses de edad; pero, debido a que nací prematuramente, cabía perfectamente bien en una cajita.
Gracias a Dios, sobrevivimos a ese terremoto.
A los pocos minutos, familiares míos hicieron un recorrido por la ciudad para ver los daños, y contaban que la carretera, que hoy viene siendo el tramo de Fondeport al crucero de Las Brisas, presentaba severos daños, con algunas grietas muy abiertas y marcadas.
Sin embargo, nunca hablaron de alguna salida del mar, o que algo aconteciera en el océano.
Es triste ver como la historia en Manzanillo se ha tirado a la basura, y este acontecimiento que marcó a muchos porteños y colimenses en general, hoy ya ni siquiera se recuerda.
Y, cuando digo hoy, es literal ¿O es qué acaso el personal del Archivo Histórico Municipal de Manzanillo está llevando a cabo alguna exposición, respecto a ese terremoto?
Lo más seguro es que no, porque como director está la misma persona que estaba el año pasado; un director bien sindicalizado, al que no le importa nada, porque es parte de la nobleza de esta ciudad; ay, perdón, se me olvida que en México no tenemos nobleza, aunque los sindicalizados del Ayuntamiento sí vivan a cuerpo de reyes.
Estos terremotos no fueron cualquier cosa, como para que se borren de nuestra memoria histórica; porque uno de nuestros edificios más emblemáticos, como fue el de la escuela original Benito Juárez, cuya ubicación estaba a espaldas del entonces Jardín Álvaro Obregón, sobre la Avenida México, tuvo severos daños, por los cuales tuvo que ser demolida y reubicada a la Prolongación México, por la salida a Campos.
En esta escuela, en su ubicación original, estudió mi papá y muchos encumbrados porteños.
Algunas instalaciones del IMSS que apenas contaban con doce años de haberse construido se cayeron, quedando algunas secretarias atrapadas, aunque gracias a Dios ninguna pereció.
Mi suegra, la señora Celia Cisneros, fue una de esas secretarias que alcanzó a salir de las oficinas del IMSS durante el movimiento telúrico.
Es imperdonable que se pase por alto este acontecimiento histórico.
En ese tiempo, a pesar de que no había una cultura sísmica, los porteños del entonces no reaccionaban tan diferente a como hoy lo hacen; pues, según cuentan nuestros padres, todo mundo salió de los inmuebles y se reunieron en un punto que instintivamente supieron encontrar como refugio seguro, lo cual se llama instinto de supervivencia, el cual todos los seres humanos traemos, porque es Dios el que nos lo puso.
Sin embargo, lo que llama mucho mi atención es que, de la posibilidad tsunamis después de fuertes terremotos telúricos no se ha aprendido absolutamente nada, porque cada que se hace un simulacro se nos enseña a salir con rapidez de los inmuebles y un montón de instrucciones, pero, el no correr hacia el mar, eso nunca se nos dice.
Será porque los protocolos que utilizamos en la costa son los mismos de Ciudad de México, donde no hay un Océano Pacífico cerca.
La respuesta es que es muy probable que así sea.
Es importante cuidar el legado histórico porteño, porque no se vale que acontecimientos como el que hoy se debieran recordar, se tiren con total irresponsabilidad a la basura, cuando pudieran enseñarnos mucho sobre como reaccionar ante un evento de esta clase, especialmente porque Manzanillo es un municipio altamente sísmico y, como plus, pegado al mar.
Estamos, como quien dice, en la línea del mapa, en la orillita.
Si muchos hoy tomamos este día como un memorial del terremoto del 73, es porque nuestros padres tuvieron el cuidado de contarnos esa historia.
La que escribe además sobrevivió, aunque sin uso de razón todavía por motivos de mi corta edad, ya que me faltaban tres días para cumplir apenas cinco meses de edad.
Pero, con todo, conceptúo ese terremotazo como el primero de los grandes movimientos de tierra de los que Dios me ha permitido sobrevivir hasta el día de hoy, los que curiosamente ocurren en una aproximación de cada diez años.
Cuando camine por nuestro hermoso y extenso jardín principal Álvaro Obregón, y admire su monumental Pez Vela, o baje a recorrer el paseo de las Constelaciones, obras del conocido artista escultórico Sebastián, recuerde que en ese lugar había algunas bodegas y una escuela que se dañaron por ese terremoto, y que luego, tras tener que ser demolidas, permitieron la ampliación del jardín, hasta llegar a la Carrillo Puerto y hasta la orilla del mar, hacia el Playón, razón por la en cierto tiempo alcanzó el mote del jardinzote.
Aunque cabe señalar que, en el año 2000, este mismo jardín tuvo otra expansión; pero esta ya es otra historia.
Qué tenga un bonito día!
