Después del azote inmisericorde del ciclón Jova a Manzanillo en la madrugada del día 13 de octubre del 2011, golpeando principalmente a las zonas de los Barrios 4 y 5 del Valle de la Garzas, Salagua, Santiago, y la zona rural costera limítrofe con Jalisco, se acumuló gran cantidad de lodo en las casas, sepultando muchos desechos orgánicos, incluyendo a animales muertos, por lo que se dejaron sentir fétidos olores, lo que motivó a que se iniciaran campañas de donación de materiales de limpieza, como cloro, y el ejército empezó a rociar esas áreas con cal, a fin de evitar la propagación de una epidemia.
El miedo no anda en burro, dice el viejo adagio, pues nuestro puerto ya ha tenido malas experiencias que le hacen ser precavido. Aunque las lagunas están saneadas en muchos casos, por su conexión con las aguas del mar, y la presencia de insectos ha disminuido por las campañas que se han hecho en su contra, por parte de las autoridades sanitarias, el riesgo prevalece.
En años pasados, el secado de la laguna del Valle de las Garzas causó alerta, ya que una buena parte de la ciudad está enclavada alrededor del vaso lacustre, y lo fétidos olores que se desprendían hacia los barrios y colonias, urgían una respuesta rápida, que afortunadamente se dio, con el dragado que emprendió la Administración Portuaria Integral, bajo la dirección de su titular en ese entonces, Ovidio Noval Nicolau, así como las fuertes lluvias que a lo largo de todo ese mes mandó Dios, que contribuyeron a regresar el cuerpo de agua a niveles que no alcanzaba hacía décadas.
LOS MALOS AIRES
Nuestro puerto, a lo largo de su historia, ha sido víctima de varias epidemias, como el cólera, la fiebre amarilla, la malaria, la lepra, el dengue, la varicela y la conjuntivitis, entre otras. Para Manzanillo, pues, no es nuevo el tema de las enfermedades que se han propagado de manera numerosa entre su población, las que eran conocidas antiguamente como pestes, y más actualmente, como andancias.
Desde tiempos antiguos, merced al clima tropical, caluroso y húmedo, los malos aires provenientes de los pantanos lagunares, la poca higiene y la abundancia de bichos como los zancudos o mosquitos, en sus diversas variedades, la malaria fue un problema cíclico que azotaba a la población año con año, cobrando un número significativo de vidas.
Este flagelo empezó a alejarse de Manzanillo una vez que se hicieron las obras generales del puerto, que incluyeron el saneamiento de sus principales vasos lacustres, que fueron conectados con el mar por medio de túneles y canales ex profeso.
EL CÓLERA
En 1833, el cólera azotó nuestro estado, causando numerosas muertes, teniéndose tan sólo noticias de las sucedidas en la capital del estado, la ciudad de Colima, que fueron una suma de mil 304 casos. Lo que sucedió en el resto del estado no fue documentado, ya que las poblaciones estaban mal comunicadas. Esta epidemia fue conocida históricamente entre la población del estado como La Cólera Grande.
En 1850 esta enfermedad retornó con estragos menores, por lo que el brote fue conocido por los colimenses de la época como La Cólera Chica, ya que sus efectos fueron menores a la vez anterior, y tampoco se conocen con precisión el número de muertes acaecidas por esta razón.

El hospital Cruz Azul, que se ubicaba en La Playita de En Medio, fue un lazareto, ya que por años tuvimos el primer lugar en casos de lepra a nivel nacional.
LA FIEBRE
AMARILLA
En 1883 hizo su aparición una de las peores epidemias que hemos soportado los porteños y colimenses en general, que fue la fiebre amarilla, la que fue introducida a la región a través del puerto, ya que en una nave proveniente de Panamá, la San Blas, venía un enfermo de este mal, el cual al descender a la ciudad, lo propagó rápidamente.
El barco zarpó del puerto sin que se notara que iba un portador o vector transmisor del virus, recalando a los pocos días en el puerto de Mazatlán, en el mismo litoral del Pacífico, más al norte, en el estado de Sinaloa, ocasionando el surgimiento de una epidemia en aquel lugar también, durante la cual falleciera contagiada la internacionalmente famosa cantante de ópera Ángela Peralta, mejor conocida como “El Ruiseñor Mexicano”, quien viajaba como pasajera de esa embarcación.
Fue transmitida, al igual que el dengue y la malaria, por el zancudo aedes aegypti, llegando hasta la capital del estado, donde ocasionó más de 2 mil decesos. Según cálculos aproximados, en ese tiempo nuestro puerto contaba con una población de alrededor de mil personas, de las que murieron supuestamente ciento cuarenta y siete, aunque algunos estiman que pudo haber sido una cifra más alta, ya que se decía que morían diariamente treinta pobladores, muchos de los cuales, por temor al contagio con sus cadáveres, eran enterrados de inmediato, en fosas comunes y sin hacer registros.
De los cuatro médicos que fueron mandados por el gobierno federal desde la Ciudad de México, para intentar combatir la enfermedad, uno de ellos murió contagiado, por lo que, viendo estos que no podían hacer nada para detener el rápido avance de la epidemia, aconsejaron a la población que lo más rápido que pudieran se trasladaran a puntos más elevados de la geografía colimense o fuera del estado, lejos de pantanos y climas tropicales.
La mayoría de los porteños hicieron caso, yéndose de Manzanillo, el cual quedó con tan sólo ciento cuarenta y siete pobladores, que, por alguna razón, no se movieron del puerto pese a las recomendaciones de evacuación.
De manera natural, el brote cesó así como había iniciado hasta el año de 1888, cuando empezaron a regresar los antiguos pobladores sobrevivientes, así como nuevos habitantes llegados de otras partes del país, que se quedaron a vivir aquí a pesar que los continuos brotes de la malaria seguían atacando cada año.
REGRESA
EL CÓLERA
En 1991 se dio una epidemia de cólera nuevamente, la cual tuvo su foco de origen en Sudamérica, concretamente en el Perú, que tuvo en aquel país cerca de 3 mil defunciones, y que luego fue pasando de nación en nación hasta Centro América y luego hasta México, golpeando duramente a Manzanillo, y más por nuestra conocida afición a comer ceviche, porque el limón en que se marina el pescado crudo no alcanza a matar el virus del cólera, como sí pasa durante el proceso de hervido, que no contempla este platillo a la manera tradicional.

Durante el ataque de epidemias mortales, el puerto tenía que ser cerrado y casi todas las actividades se paralizaban.
CONJUNTIVITIS
Y DENGUE
En 1997 se dio de manera conjunta una epidemia muy generalizada de conjuntivitis hemorrágica, que atacó sobre todo a niños, adolescentes y jóvenes, y que se prolongó bastante tiempo, así como un brote de varicela de menor intensidad.
A partir de ahí, el dengue o trancazo, en sus variedades clásica y hemorrágica, ha estado golpeando de manera anual a nuestra ciudad y puerto, que mantiene uno de los índices más altos del país en la incidencia de la enfermedad, aunque recientemente se ha logrado bajar su incidencia.
Durante la mayor parte de nuestra historia vivimos también con la lepra, tanto que nuestra entidad, hasta hace muy poco tiempo, ocupaba el nada honroso primer lugar nacional en cuanto a enfermos. Gracias al avance en cuanto a la medicina y las medidas sanitarias aplicadas a la ciudad, hoy hemos logrado escapar de los ataques cíclicos de las andancias, que siguen llegando como gripes que cada año traen nuevos nombres, y que más que locales, son brotes continentales.
Estos casos citados no se refieren a pandemias, como la del Covid o AH1N1, que responden a factores mundiales, sino de enfermedades que se han asentado en nuestra ciudad, estado y región, por factores muy concretos de nuestra realidad, que han favorecido su aparición y propagación.