Alito en Colima. La coalición. Los liderazgos y las cuentas pendientes. La visita de Alejandro Moreno dejó definiciones políticas que merecen leerse más allá de los discursos, los aplausos y las fotografías. La visita de Alejandro Moreno a Colima tuvo un significado que trasciende la presencia de un dirigente nacional ante su militancia. Puso sobre la mesa las reglas de una posible coalición opositora, el lugar que ocupa cada liderazgo y las responsabilidades políticas que acompañan las decisiones personales.
La primera definición fue sobre la coalición. El PRI mantiene su disposición de construir una alianza con el PAN, abierta a otras expresiones políticas y sociales. La negociación tiene dos componentes que no deben confundirse: construir un proyecto común y determinar quién habrá de encabezarlo. El mensaje también tiene destinatarios dentro del PAN. La coalición no supone que una fuerza política pueda imponer unilateralmente sus condiciones. La competitividad, los acuerdos y la capacidad de sumar serán elementos de una negociación en la que ambos partidos tienen intereses legítimos.
La segunda definición tuvo nombre: Mely Romero. Alejandro Moreno le otorgó un respaldo político explícito. La presentó como una figura con capacidad para convocar y unificar, y sostuvo que las mediciones electorales la colocan en una posición favorable. La más operativa, dijo. No fue una designación formal, pero tampoco una expresión protocolaria. Fue una señal política dirigida a los aliados, a los aspirantes y al propio priismo.
La tercera definición fue para Virgilio Mendoza. Su salida de la dirigencia del Partido Verde y su convocatoria a construir un frente opositor lo colocaron en una posición particular. Es un actor que busca participar en la articulación de una coalición y que tampoco ha descartado sus propias aspiraciones. Alejandro Moreno no cerró la puerta a su incorporación, pero precisó que la alianza que promueve el PRI tiene como base los acuerdos con Acción Nacional y que la llegada de nuevos participantes no modificará sus procedimientos. Es también un mensaje para algunos actores políticos priistas a los que su tiempo ya se les acabó.
La lectura política es relevante: Virgilio puede incorporarse a la negociación, pero no se le ha reconocido una posición privilegiada para decidirla. La cuarta definición tuvo que ver con el propio PRI y sus liderazgos. El reconocimiento de Moreno a Enrique Rojas y al trabajo territorial del partido significó un respaldo a la conducción estatal. La presencia de Mely Romero y de otros dirigentes mostró, además, la estructura de representación con la que el priismo llega a esta etapa de negociaciones.
Pero la unidad partidista no debe medirse únicamente por la asistencia a un encuentro. También habrá de observarse en la conducta de sus liderazgos históricos, en la aceptación de los procedimientos internos y en la disposición a privilegiar acuerdos institucionales sobre intereses personales. Mario Anguiano Moreno, Fernando Moreno Peña, Arnoldo Ochoa, otros exgobernadores y dirigentes con influencia en la vida interna del PRI forman parte de un entorno político cuyos posicionamientos y decisiones seguirán siendo relevantes. La gira no resolvió públicamente sus intereses particulares ni sus espacios de influencia.
