Espionaje, antigua y respetable tradición política mexicana


 

Víctor Gil Castañeda

¿Por qué se quejan del espionaje los líderes, presidentes de partidos políticos, organizaciones, periodistas y comunicadores? El acto de espiar, investigar frecuentemente al otro, al adversario, es un ejercicio cotidiano dentro del Estado mexicano. Su actividad, tenor, sigilo y eficacia está registrada desde los tiempos prehispánicos.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española dice que “espiar” significa acechar, observar disimuladamente a alguien o algo. Implica el acto de intentar conseguir información secreta sobre un país o empresa. Por su parte, “espía” es la persona que con disimulo y secreto observa o escucha lo que pasa, para comunicarlo a quien tiene interés en saberlo (p.979). Todas las naciones del Mundo, a lo largo de la historia, han creado escuelas de espías, organismos internacionales de fama y prestigio que han generado interesantes novelas, películas o series televisivas. Ejemplos: “La espía que me amó”, 007-James Bond y todos sus filmes, “Atentado en La Casa Blanca”, los textos de los personajes Sherlock Holmes y John H. Watson, populares detectives creados por el escritor Arthur Conan Doyle (1859-1930), los relatos de la Guerra Fría, los robos de secretos industriales o tecnológicos.

Allí está la obra teatral “Rompecabezas” de la dramaturga mexicana Sabina Berman, donde se habla del asesinato del exiliado líder político León Trostki, quien vino a hospedarse y esconderse en una casona que Diego Rivera y Frida Kahlo tenían en Coyocán, México. La culpa se la echan a diversos espías que parecían venir de tres posibles naciones Cuba, Rusia y Estados Unidos. Por eso se llama “Rompecabezas”, porque el lector debe armar la trama final o verdadera después de haber leído la obra.

Pero regresemos al México antiguo. El doctor Angel María Garibay hizo la paleografía, versión, introducción, notas y apéndice a un bello libro titulado “Poesía náhuatl. Romances de los Señores de la Nueva España. Manuscrito de Juan Bautista de Pomar. Tezcoco 1582”. En dicho documento se indica en la página 202 que cuando los militares mexicas avanzaban por ciudades y poblaciones lejanas a la suya “iban soldados viejos en la vanguardia como en la retaguardia, llevando en medio, a los que se dice batalla, los soldados nuevos y la gente de servicio, con el bagaje, echando siempre delante corredores de hombres ligeros y valientes para descubrir el campo y ver si los enemigos les ponían celadas y emboscadas, sin los espías que de ordinario iban y venían”.

La investigadora Irizelma Robles Alvarez, en su artículo “Organización política del México antiguo”, explica que el andamiaje de la guerra era muy importante para los tarascos y mexicas: “Tenían personas dedicadas por entero al espionaje, así como un Capitán General en las guerras, que organizaba a los militares por grupos y se encargaba de esbozar las estrategias militares en mapas tácticos” (p.55).

Agrega que había una nobleza a cargo de la administración política, religiosa y militar. Después de los altos mandatarios, estaban, en la comunidad quiché, los “acanimak”, una especie de nobles, secundarios en rango y prestigio, a quienes les correspondían los oficios de segundo nivel, como la administración de los barrios, cuidar las fortificaciones, vigilar y mantener los pueblos sujetos. Al parecer eran militares porque el título de su puesto administrativo iba acompañado del título de la milicia “achij” (p.59). Este artículo está puesto en el libro titulado “El mundo prehispánico”, tomo I.

El conquistador Hernán Cortés, en su quinta carta-relación fechada el 3 de septiembre de 1526, incluida en su libro “Cartas de Relación”, impreso por la Editorial Porrúa, nos cuenta algo referente al espionaje. Después de una cruenta lucha contra los naturales de Mazatlán, aprehendieron algunos indígenas para saber más de ellos: “De este indio me informé si sabían de mi ida y dijo que no; preguntéle que para qué estaban ellos allí por velas, y dijeron que ellos siempre lo acostumbraban así hacer, porque tenían guerra con muchos de los comarcanos, que para asegurar los labradores que andaban en sus labranzas, el señor mandaba siempre poner sus espías por los caminos, por no ser salteados” (p.239).

A lo largo de sus cartas, Hernán Cortés nos cuenta cómo él mismo era mandado espiar, con la intención de ser traicionado si se pudiera, por los otros españoles y conquistadores, entre los que menciona como sus enemigos Diego Velázquez y Pánfilo de Narváez.

Recordemos cómo la Santa Inquisición mandaba espiar a los intelectuales que se oponían a sus reglamentos y edictos. Tema que se aprecia en la obra teatral “La ronda de la hechizada”, del dramaturgo mexicano Hugo Argüelles. No olvidemos cómo el Imperio de Maximiliano y Carlota traía atosigado al presidente Benito Juárez García con sus espías y traidores del bando conservador, quienes lo persiguieron por todo el territorio nacional mientras éste cargaba la República Mexicana en su carroza diplomática.

¿Y qué me dicen de los espías sanguinarios del régimen porfirista que desencadenó la Revolución Mexicana en 1910?, ¿y los espías católicos inmersos en las fuerzas federales durante la Guerra Cristera?, ¿y los espías del gobierno norteamericano (CIA, FBI, Pentágono) escondidos como activos militares mexicanos para encontrar y ejecutar al guerrillero Lucio Cabañas, en los años 60’s?, ¿y los espías militares pagados por la Secretaría de Gobernación que fueron infiltrados en el Movimiento Estudiantil de 1968, para desmembrarlo y asesinar a sus líderes?

En otras palabras, si hubiera Juegos Olímpicos de Espionaje, México obtendría las medallas de oro y plata. Siempre en los primerísimos lugares. En eso somos diestros, hábiles, eficaces, taimados, celosos, disciplinados, trabajadores, colaborativos… siempre y cuando estemos en la nómina de alguna dependencia gubernamental. Pues éste es el aceite que hace andar la maquinaria del “sospechosismo” y la siniestra camaradería de la verdadera traición política.

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