Familia vive bajo un árbol en El Colomo


La familia Mendoza González vive en los terrenos de la plaza de toros de El Colomo, bajo la sombra de un frondoso árbol de “cahuite”, donde cocina lo que tiene y come cuando hay.

Jesica González Pérez, de 28 años de edad, acompañada de sus cuatro hijos, Jorge (7 años), Jade (6), Kevin (5) y un niño de un año, vive también acompañada de su esposo de 35 años, Jorge Mendoza; a pesar de la pobreza juntos enfrentan sus necesidades.

Cuenta que vivían en Tecomán, donde su esposo tiene un terreno junto al mar, pero las marejadas tampoco los dejaban vivir; se mantenían de lo poco que les daba el mar y ante la falta de trabajo se vinieron a este puerto donde a su esposo le ofrecieron empleo en una lancha.

Ante la falta de pesca se quedaron sin trabajo y sin techo, por lo que buscando encontraron a una persona que les ofreció el espacio donde ahora viven; por las noches o cuando llueve pueden ocupar un espacio cerca de la plaza de toros, sin luz, sin servicios, pero se protegen de la lluvia.

El esposo de Jesica no terminó la educación primaria, es de oficio albañil, pescador y ahora busca empleo lavando algún tractocamión para sacar dinero que le sirva para llevarle de comer a sus hijos.

A pesar de esta pobreza, sus hijos van a la escuela y dice que no se podrá regresar a Tecomán, donde tiene una hermana, porque los niños están cursando clases y porque allá están peor, no hay trabajo.

Cuenta que algunas personas les han regalado algo de despensa; este martes todavía tenía un kilo de arroz, un kilo de frijol y un litro de aceite para irla pasando. “Hoy les hice una sopita aguada y mañana les daré arroz”, platica la animosa madre de familia que no se quiebra a pesar de las circunstancias.

Nos dijo que les han regalado ropa a sus hijos y lo agradece; hoy, donde vive no tienen agua, pero ya encontraron quién les dé un poco para cocinar y bañar a sus hijos.

Kevin Alejandro, el menor de cinco años, es quien más granos tiene en la piel; se le observan en los pies, en la cabeza; otros de sus hermanos están menos afectados y cuentan que es porque se han bañado en los charcos, a simple vista, se ve que requieren de atención médica y sufren desnutrición.

Jesica, a sus 28 años, asegura que terminó la primaria, la secundaria y una carrera de secretaria, pero no puede trabajar porque tiene que cuidar a sus cuatro hijos; el menor todavía se alimenta del seno.

Si esposo puede ser empleado como albañil, pero no han encontrado oportunidades.

No ríe, pero tampoco se lamenta de su situación; lucha todos los días junto a su esposo, en tanto que sus hijos, que no conocen de lujos como televisión, celulares, tabletas, autos, cine y otros, se divierten jugando entre sí, como las familias de antaño, cuando la tecnología no abría brechas en la comunicación personal.

Tampoco espera ayuda de alguna autoridad, sólo espera que su esposo tenga trabajo para comer y mandar a sus hijos a la escuela.

Jesica, es junto con su esposo e hijos, la otra cara de la moneda que existe en Manzanillo, que a veces ignoramos porque se pierde la sensibilidad, pero que está ahí, sobreviviendo día a día.