Gestión Pública


Alex Casarrubias García.-

Nuestro país tiene como característica la desigualdad en el ingreso. Somos un país de contrastes. Por una parte, México tiene a empresarios que compiten por los primeros lugares en la lista de los más ricos del mundo y al mismo tiempo, diversos grupos están en condiciones de pobreza extrema con similitud a los países como los menos desarrollados.

Puerto Vallarta no es la avenida de ingreso Francisco Medina Ascencio, en donde se exhibe la mejor cara de ese destino turístico. Manzanillo no sólo es el puerto líder de México en la operación de contenedores, sino también una ciudad que cada vez tiene más acentuados contrastes en el ingreso y nivel de vida de sus habitantes.

Me correspondió la fortuna de una infancia en Colima, Colima. Puedo afirmar que de 1970 a 1980, Colima bien pudo haber sido el modelo de una ciudad en la que la desigualdad económica no representaba mayor preocupación. Provengo de una familia de profesores de primaria y por tanto, para mis padres la mejor escuela siempre ha sido la que está más cerca de la casa. En la escuela primaria Adolfo López Mateos, turno matutino, no solamente recibí instrucción elemental de maravillosos maestros como María del Carmen Noriega Campero, Ruth Díaz, Eduardo Cabrera Mújica, Oscar Luis Moreno Verduzco, Eliza Carrillo e Iskra Morales, sino que fue un formidable crisol en el que compartimos todos los niños y no conocíamos eso de la desigualdad económica.

En la secundaria federal Enrique Corona Morfín, turno matutino, igualmente excelentes maestros y compartimos aula ricos y pobres, no siendo esto un factor de importancia, porque sabíamos quien provenía de familia con mayores comodidades y quien carecía de recursos económicos, pero ello no era motivo de preocupación o discriminación. El Colima de mi niñez y juventud era el prototipo que englobaba la aspiración de “libertad, igualdad y fraternidad”.

Ahora, Colima capital sigue siendo una bella ciudad pero lamentablemente con profundas diferencias y un clima de inseguridad nada conveniente.

Pero como todo cambia, así también llegó la modernidad y con ella, se puso al descubierto dos vocablos en los que se puede resumir la desesperanza y una gran brecha: Desigualdad económica.

Es innegable que en Puerto Vallarta, Manzanillo y Colima han llegado aires de modernidad que han puesto al descubierto una severa desigualdad, que lamentablemente genera mayores índices de violencia.

Estos aires de modernidad también han traído un nuevo ambiente en el que los partidos políticos -sin excepción alguna- están entrando en la etapa de cuestionamiento toda vez que ya no generan la suficiente sinergia que otorga la votación de todo el padrón: ¿Cuántas elecciones se ganan con menos de la mitad del electorado? Esto también es efecto de los tiempos de modernidad que ponen en desuso el discurso gastado de los candidatos y que la población menos cree cuando hacen sus “convenientes” alianzas.

En 1995 ingresé a trabajar en Puertos Mexicanos y llegué a API Puerto Vallarta. En ese año, Puerto Vallarta aún guardaba su olor a pueblo y muchos trabajadores del puerto al igual que la mayoría de los que laboraban en la hotelería, tenían ingresos provenientes de sus servicios en el turismo y la agricultura (en 1995, muchos negocios todavía operaban en Puerto Vallarta con la temporada alta, de finales de noviembre a principios de mayo).

Basta hacer un recorrido por los alrededores de Puerto Vallarta o de Manzanillo para notar la diferencia de la realidad económica de sus habitantes. Con “gasolinazos” constantes, bombardeo de los medios de comunicación que invitan al consumismo, aún la población de México espera que estos aires de modernidad generen un ambiente en el que la desigualdad económica cuando menos se mitigue.

En México, este ambiente de desigualdad económica genera profunda inconformidad. Esta debe ofendernos a todos por lo que es tiempo de cuestionarnos seriamente el modelo de organización que hemos tenido para estar en las condiciones en que nos encontramos. La pobreza extrema de muchos mexicanos, es motivo de insulto y vergüenza, que además incide directamente en mayores índices de violencia. Es una buena acción la “cruzada contra el hambre”, pero es mejor la generación de empleos y una mejor distribución de la riqueza de esta gran nación, porque sólo con ello, podemos sentar la base de una nación en la que todos vivamos con tranquilidad.

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