Griselda Alvarez como gobernadora de Colima


Cuquita de Anda.-

Tercera parte

 

La historia familiar de Griselda Alvarez estuvo llena de contradicciones. Del lado de su madre, los Ponce de León, dice que fueron “soñadores, ilusos, cultos y adinerados. Mi abuelo tuvo una vasta hacienda ganadera, Palmito del Verde, cerca de Escuinapa”. Las familias Alvarez y Ponce de León, antes de unirse con el matrimonio de don Manuel con doña Dolores, estuvieron enfrentadas.

El bisabuelo de Griselda, el primer gobernador, murió asesinado por los mochos el 26 de agosto de 1857. México, a través de los siglos, recoge los acontecimientos del derrocamiento y asesinato del general Alvarez Zamora.

Tres generaciones más tarde se unirían los apellidos de los dos generales, el de Alvarez y Ponce de León, como extraño destino de su hermana Imelda y Griselda. Su abuelo, el general Alvarez, era católico, con su dinero había construido parte del templo de La Salud, pero era también por sus convicciones un acendrado jurista, por su adhesión a las Leyes de Reforma.

Por tanto murió excomulgado. “Mi bisabuelo quiso enterrarlo en el templo de su preferencia, La Salud, pero tropezó con el problema de la excomunión, misma que fue allanada por la iglesia mediante el pago de dos mil duros. También le dieron -y mi abuela aceptó- un determinado número de azotes al cadáver del general para ‘desendiablarlo’, ya que se trataba de la primera autoridad del estado. Así era la prepotencia del clero en esa época”.

Griselda relata en sus recuerdos de infancia, “La sombra niña”, que la división ideológica de la familia por esta crucial circunstancia fue ahondándose.

“Los hombres, comecuras recalcitrantes; las mujeres, fervorosas y hasta fanáticamente católicas, con excepción de mi equilibrada tía Isabel. Nosotros, la nueva generación, éramos espectadores ignorantes sin la pasión de aquellos, con los ojos cuadrados ante la discusión de los mayores. Y la verdad, abriéndose paso como en un monte de huizaches, con rasguños y con desolladuras. Mi hermana y yo, por crisis familiar, fuimos llevadas al internado de monjas”.

Sin duda, esos hechos marcaron el carácter y el espíritu de Griselda, que siempre lo recordó. Más aún cuando a lo largo de su adolescencia estuvo en un colegio de monjas y vivió con sus tías, mujeres profundamente religiosas. Cuando cuenta los hechos anteriores, insiste en que no son invento suyo y que quedaron registrados en el diario Siglo XIX, que puede ser consultado en la Hemeroteca Nacional.

Tres recuerdos de infancia están vinculados a su padre, el hombre de quien aprendió cuestiones que marcaron y templaron su ánimo. Los de su infancia eran tiempos de tormenta. Griselda recuerda: “En una ocasión me hizo aprender de memoria el Acta de Independencia para que no anduviera recitando versitos cursis. Busqué en diccionarios las palabras que no entendí. Un día le pregunté qué era el Congreso y por qué no había mujeres, él festejó con una risa mi precocidad y respondió: ‘La política es cosa de hombres’. Le pregunté: ¿Entonces para qué me hiciste aprender de memoria el Acta de Independencia?”.

Griselda tenía la costumbre de hacer preguntas que a veces quedaban sin respuesta, como sucedió en esa ocasión. Los recuerdos de su padre son muchos: “A los 10 años me enseñó a tirar al blanco. Un día me encontró lejos del casco de la hacienda, en los potreros, y me reclamó, me dijo que si no sabía que podía encontrarme una ardilla con rabia o una vaca brava. Le respondí que entonces me diera una pistola para defenderme. Me regaló una Colt calibre 32. Tenía 11 ó 12 años. Me sentía soñada, era la única que tenía una pistola, amartillar y disparar, dar en el blanco. Todos mis primos varones me tenían una envidia terrible.

“Sin embargo, a mí no me dejaban subir a los árboles o florear la reata, eso era cosa de varones, mis primos sí podían hacer todo eso. Pero nadie tenía una pistola. A mi papá le había gustado la idea de que yo le pidiera una pistola, nunca tuvo hijos varones”.

Aquel hombre que había sido gobernador, que tenía el respeto y aprecio de los colimenses, don Manuel Alvarez, ya viudo, estaba convencido de que sus hijas, Griselda e Imelda, varios años menor, tenían que ser mujeres fuertes. Habían sido carrancistas y gobernó Colima durante cuatro años, de 1919 a 1923. La guerra cristera ensangrentaba el país. Griselda no olvida el día que las llevó, a ella y su hermanita, a ver a los ahorcados en la Calzada Galván:

“Bajamos del carro, de la mano de mi papá. Nos acercamos a un ahorcado a casi dos metros. Tenía los ojos entreabiertos, igual que la boca, que mostraba la lengua, el calzón y la camisa blancos manchados de sangre. El viento lo convertía en lento péndulo. A la hora de la cena me pareció percibir el mismo olor. Pensé a los argumentos de mi tía, algunos días después regresamos al mismo sitio. Esta vez era un racimo. Colgaban tres hombres de la inmensa parota. Había escuchado a mi padre decir que estaban muertos porque eran enemigos del gobierno. ¿Quién será el gobierno?, pensé sin poder saber.

“Mi padre decía que México era un país en el que el campo huele a sangre, un país de revueltas. ‘Vivimos en un tiempo de revolución y ustedes tendrán que defenderse por sí solas, tienen que estar dentro de la realidad, nada de tapujos’”.

Ese fue su primer encuentro con la muerte, en las postrimerías de la rebelión cristera. También enseño a Griselda y a Imelda a montar, a veces “a pelo”, sin miedo, a controlar el caballo, a galopear. Durante las vacaciones en la hacienda cañera de su padre, San Juan de Chiapa, Griselda e Imelda cohechaban a Tacho, el caballerango, para que les ensillara los caballos al aproximarse la tormenta. Era fascinante para ellas cabalgar bajo la lluvia.