Griselda Alvarez como gobernadora de Colima


Cuquita de Anda

Segunda parte

Santa Julia fue su mundo durante algun tiempo

Vaya que sí ha habido un salto gigantesco de entonces a la fecha. Que distintas eran las cosas antes. En la actualidad hay hospitales que tienen más mujeres que hombres.

La facultad de Medicina de nuestra casa magna, la UNAM, tiene más mujeres que hombres. Las mujeres pueden elegir libremente la carrera que quieren estudiar, ellas escogen sin consultar a nadie.

Después siguió su vocación e hizo otra carrera. Decía Tengo un currículum un poco largo: al terminar la carrera en la Normal, hice un pequeño posgrado para niños con trastornos de lenguaje, porque me siguió gustando el lenguaje. A la fecha y sé desmutizar, que es una técnica especial, porque no debe haber niños que no hablen. El sordomudo no debe existir, casi siempre hay un residuo auditivo del que nos afianzamos los maestros especialistas para reforzar al niño aparentemente mudo.

Durante su campaña para gobernadora adopto el lema: “para progresar, educar”. De ese tamaño es la importancia que para ella tenía la educación. Por ello, ese lema se convirtió durante seis años en política de gobierno.

Le siguió gustando el lenguaje, por lo que me graduó en la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Facultad de Filosofía y Letras. Después entonces se quedó con la literatura, con la poesía, para siempre. Y si, recibió su cédula profesional como licenciada en Letras, Lengua y Literatura Española el 24 de septiembre de 1976, un poco más de tres años antes de ser gobernadora.

En 1977, la reforma electoral abrió el sistema político con los diputado plurinominales o de mayoría, lo que permitió la participación de partidos que, como el comunista, habían tenido, hasta entonces, espacios en las contiendas electorales, en los cargos de elección popular en el Congreso ni en cargos públicos a nivel municipal y estatal. Reconoció y fortaleció el pluralismo.

Paradójicamente, el Secretario de Gobernación que impulsó, en la década de los setenta, la más grande reforma electoral había hasta entonces, un político con visión de Estados amplia y progresistas, no era partidario de que Griselda Álvarez fuera la candidata para la gubernatura de Colima por el PRI. Y no por animadversión, era su amiga. Jesús Reyes Heroles estaba convencido de que la sociedad no estaba lista para tener una gobernadora. Griselda tuvo que avanzar cuesta arriba, como titularía años después sus memorias. Logró, sin embargo, el apoyo del Presidente de la República, José López Portillo, cuya voluntad política definía y decidía todas las candidaturas a los gobiernos estatales en aquellos tiempos. Fue candidata y resultó electa gobernadora de Colima.

Griselda Álvarez estuvo siempre convencida de que el “dedazo” tenía sus mediciones, porque en su caso nunca hubiera sido posible llegar a la candidatura y a la gubernatura de Colima sin un trabajo político de años que le había permitido llegar a ser senadora, sin una presencia política importante en Colima, sin las amplias redes políticas, sociales y culturales que había tejido, sin una voluntad política férrea, sin el convencimiento de que estaba capacitada como nadie para gobernar su estado. ¿Dedazo o trabajo político? El sistema político mexicano, todavía en esos años monopolizado por el PRI, exigía del apoyo del Presidente para ser candidato al gobierno de un estado; ésa era una realidad política de la que nadie escapaba, ni siquiera Griselda Álvarez. Ella lo sabía y entendía perfectamente, y actuaba dentro de las reglas establecidas. Lo que destacó de su candidatura y posteriormente de su gubernatura fue que abrió espacios hasta entonces cerrados.

Había ocupado cargos en la función pública en el Seguro Social de manera destacada, había colaborado de diversas formas con el PRI, era priista, pero ¿Cómo comenzó el proceso que la llevaría a la gubernatura?

Un día –yo no lo esperaba-, Porfirio Muñoz Ledo, entonces presidente del PRI, me llamó y sin más preámbulos me dijo: “Te has desempeñado bien en los puestos administrativos, hace años que trabajas para el Partido. Estás ya madura para ser senadora. Consultaremos al pueblo, ¿aceptas?”. Sorprendida, le dije que sí. Y también le dije que yo no tenía dinero para una campaña. “No importa, el partido te ayuda, Colima te acepta, ¿no lo crees?”, me respondió. Y por supuesto que lo creía, aunque mi trabajo en el partido no había tenido ese objetico. Pero si, yo podía ser senadora. Me lanzaron, me lancé, gané la senaduría. Y conforme me iba adentrando en la política observaba que podía ir más lejos.

Ya en el Senado, alguna cuestiones me hicieron reflexionar si no estaría también “madura” para ser gobernadora. La verdad no me lo había propuesto, aunque tal vez la idea me había rondado en el inconsciente. Mi padre había sido gobernador, mi abuelo también. De alguna manera había una cultura familiar de gobernadores, claro, no de “gobernadoras”, eso era algo antes impensable, pero entonces, en 1979… Recordaba las palabras de mi padre cuando yo tenía cerca de ocho años: “La política es cosa de hombres”. El país había cambiado muchísimo. Mi amistad con Hilda Anderson y con Martha Andrade del Rosal me daba seguridad. A Hilda la llamaba mi manager.

Curiosamente, algunas cuestiones me empujaron hacia la gubernatura. En ese tiempo se elegían dos senadores por estado de la República. Por Colima estaba el senador y coronel Antonio Salazar quien con sus embestidas subterráneas me hizo rápidamente más conocida en el medio político. Observé que mi compañero de fórmula, con amigos columnistas como Luis Spota y Daniel Muñiz, me comenzó a atacar casi a diario; aprovechaban cualquier motivo para ocuparse negativamente de mi persona. Y pensé, “Si me atacan es que puedo”. Los ataques me crecieron y entonces comencé a analizar qué tenía, qué me faltaba. Conocí perfectamente mi estado, y estudié el Código Penal, el Civil, me puse a pensar qué cosas había que transformar en Colima.

Muy pronto vi la posibilidad de ser gobernadora.

En México las mujeres lograron la ciudadanía hasta 1952, lo que les permitió votar y ser votadas para cargos de elección popular. Que en 1979 Griselda Álvarez se convirtió en la primera mujer en la historia de México en ser gobernadora de un estado no era un asunto menor, inauguraba la alternancia de género en el Ejecutivo estatal de Colima. Alcanzaba el puesto más alto al que había llegado una mujer hasta entonces, y hasta la fecha, en el ejercicio del poder político.