Casi mil muertos en el estado, muchos en Manzanillo
Este año se cumplirán 106 años de la irrupción del virus de la epidemia de gripe “influenza española”, la cual dejó en el estado de Colima más de 900 muertos, siendo una gran parte acaecidos en el puerto de Manzanillo, ya que se trató de una pandemia (epidemia mundial), que se aprovechó de la Primera Guerra Mundial para propagarse por el globo, y en el caso de nuestro país, encontró tierra fértil en el movimiento armado conocido como Revolución Mexicana.
Para el 21 de diciembre de 1918 se reportan en Colima fallecimientos en todo el estado por la influenza española. Se carecía de médicos y medicinas para atender la pandemia, ocasionada por la Primera Guerra Mundial. Empezaba como un simple catarro, luego daba calentura de 3 a 5 días y, si durante ese lapso se tenía hemorragia nasal, difícilmente se sanaba. En Manzanillo, se reportaba que los enfermos se dieron a tomar tequila con limón, y se encomendaban al santo de su devoción. Diario en las calles hacían fogatas para producir humo, pues se tenía la creencia que así se ahuyentaba a la enfermedad. Por lo pronto, se alejaba a los mosquitos, que también eran causantes de otras enfermedades que por ese tiempo asolaban a nuestro puerto, siendo también causa de muchas muertes.
El Periódico Oficial reportaba los estragos de la influenza española en pueblos y rancherías de la región, pues se carecía de los recursos sanitarios para combatirla, además que no se contaba con los medicamentos necesarios para curarla o paliar sus efectos. En ese tiempo, Colima era una entidad muy aislada y pobre en el país, ya que, por ejemplo, cuando se estableció el primer salario mínimo en el estado un año antes, éste se fijó solamente en un peso diario. Apenas hasta 1920 Manzanillo contó con luz eléctrica durante algunas horas del día.
La pandemia de influenza que en 1918 arrasó en todo el mundo, se considera uno de los brotes de enfermedad más mortales registrados en la historia. Se estima que alrededor de 500 millones de personas, o un tercio de la población mundial, se infectaron con este virus, y el número de muertes en todo el mundo se estimó en al menos 50 millones.
Hubo tasas de muerte altas entre personas que anteriormente habían sido sanas, incluidas aquellas de entre 20 y 40 años de edad, lo que fue poco común, porque la influenza generalmente afecta a los muy pequeños y a los muy ancianos, más que a los adultos jóvenes.
La pandemia de influenza de 1918 ocurrió durante la Primera Guerra Mundial; los espacios reducidos y cerrados y los movimientos masivos de tropas ayudaron a impulsar la propagación de la enfermedad, y en México se apoyó de la situación imperante por el movimiento revolucionario.
A la pandemia de influenza de 1918 a veces se la llama “la gripe española”, no porque se hubiera originado en España, sino porque ese país había permanecido neutral durante la guerra y reportaba sin restricciones las noticias sobre la actividad de influenza. La pandemia de influenza finalmente amainó en el verano de 1919, después de dejar familias y comunidades diezmadas que tuvieron que superar la situación. Los científicos ahora saben que esta pandemia fue causada por el virus H1N1, que continuó circulando como un virus estacional en todo el mundo durante los 38 años siguientes.
En 1918 los científicos todavía no habían descubierto los virus, por lo tanto no había pruebas de laboratorio para diagnosticar, detectar o caracterizar los virus de la influenza. Los métodos para prevenir y tratar la influenza tenían limitaciones. No había vacunas para protegerse contra la infección por el virus de la influenza, medicamentos antivirales para tratar la enfermedad, ni antibióticos para tratar las infecciones bacterianas secundarias como la neumonía. Los esfuerzos para prevenir la propagación de la enfermedad estaban limitados a intervenciones no farmacéuticas, como la promoción de una buena higiene personal, la implementación del aislamiento, la cuarentena y el cierre de lugares públicos como las escuelas y los teatros. En algunas ciudades se impusieron ordenanzas que exigían se multara o encarcelaba a las personas que no se cubrieran al toser.
A diferencia de otras epidemias de gripe que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables, y animales, entre ellos perros y gatos. Es considerada la pandemia más devastadora de la historia humana, ya que en solo un año mató entre 40 y 100 millones de personas.Esta cifra de muertos, que incluía una alta mortalidad infantil, se considera uno de los ejemplos de crisis de mortalidad.
Con alrededor de un tercio de la población mundial de aquel tiempo infectada, esta tasa de mortalidad significa que entre un 3% y 6% de la población mundial murió. La gripe pudo haber matado a 25 millones de personas en las primeras 25 semanas. Estimaciones más antiguas indicaban que murieron entre 40 y 50 millones de personas, mientras que estimaciones actuales mencionan entre 50 y 100 millones. Es difícil sin embargo compararla con otras importantes pandemias de gripe del pasado de las que ahora es imposible extraer alguna información, como la de 1580.Se estima que en China murieron 30 millones de personas, aproximadamente el 35% de la población de aquella época, alcanzando una mortalidad del 40% de la población en algunas zonas.En el Reino Unido murieron 250.000, en España 200.000 (el 1% de la población), en Venezuela 25.000, en Argentina oficialmente 14.997, aunque se estima el doble, en Francia 400.000 y en Italia una cifra similar. En la India británica fallecieron de 10 a 17 millones. Las estimaciones sobre el África subsahariana hablan de 1,5 a 2 millones de víctimas. En Alaska en el pueblo inuit de Fairbanks de los 80 habitantes, 78 murieron en sólo una semana y en Sudáfrica, murieron comunidades enteras. En Australia murieron unas 80.000 personas y en Fiyi murió el 30% de la población en sólo dos semanas, mientras que en Samoa Occidental el 40%. En Chile murieron 40.113 personas.

Por temor a contagios, la gente se deshacía lo más rápido posible de los cuerpos, llevándolos al cementerio en rústicas carretas.
Si la gente que caminaba por la calle se caía, jamás se volvía a levantar.Los infectados morían unas pocas horas después de haberse contagiado. Incluso que la “peste” infectaba a los perros, gatos y pollos, ni que decir de los cerdos.Los enfermos sangraban por la boca, nariz y en algunos casos por los ojos y oídos.Sabían que la muerte era segura cuando la cara se les ponía de color gris pálido.
Los síntomas de la gripe española eran parecidos a cualquier gripe típica: fiebre alta de 38,8 a 40°C, dolor corporal, tos, cansancio, etc., pero la diferenciaba de otras gripes porque iba acompañada de diarrea, vómitos, fuertes hemorragias sanguinolentas por la boca, nariz y en algunos casos en los ojos y oídos, vomito con sangre y dificultad para respirar. Algunos médicos observaron hemorragias de sangre nasales muy violentas y marcas rojas en la parte blanca de los ojos, así como pigmentación en la piel sobre los pómulos que cubrían toda la cara horas antes de morir los pacientes, así mismo los patólogos encontraron que las víctimas tenían los pulmones inflamados y evidencias de hemorragias pulmonares, todos esos síntomas en conjunto la hacían una gripe asesina.No hay que olvidar el hecho de que un altísimo porcentaje de los enfermos moría el mismo día unas horas después de haberse contagiado de tan terrible mal.
El país en plena actividad revolucionaria tuvo que hacerle frente a tal horror, y esta es una de esas historias que no se nos cuenta y que no existe en los libros de historia.
Durante el Porfiriato llegaron a México las seis enfermedades de “cuarentena”: El cólera, la peste bubónica, la fiebre amarilla, la viruela, el tifo y la fiebre recurrente. La política sanitaria porfirista se distinguió especialmente en la lucha contra las epidemias provenientes del exterior. Ya en la etapa revolucionaria, aparecen el tifo, la viruela y el paludismo. De alguna forma, las cosas se complicaron con el estallido de la revolución de 1910.
A partir del llamamiento de Francisco I. Madero para levantarse en armas y derrocar al dictador, la población empezó a salir de su letargo y a desplazarse. El estallido de la Decena Trágica en febrero de 1913 originó la formación de ejércitos numerosos. No sólo el federal sino también los carrancistas, villistas, obregonistas, gonzalistas, entre otros, generando un espectáculo sui géneris. Grandes contingentes de hombres armados se desplazaron de una parte a otra del país. En su peregrinar por el norte, centro y sur del país no siempre hubo cuarteles y lugares adecuados para su alojamiento. De ahí que el hacinamiento y la falta de higiene fuera de lo más común.
El tifo, la viruela y las fiebres se diseminaron en los cuarteles, los núcleos urbanos y rurales. La historia ha sido prolija en reseñar las batallas en Torreón, Durango, Zacatecas, Chihuahua, Celaya y la concentración de grandes contingentes armados en la ciudad de México, el puerto de Veracruz, el de Tampico, entre otros. Tanto la población civil como la militar fue víctima de tales enfermedades y se acostumbró a ellas. Pasó a formar parte de su vida diaria el soportarlas y ver cómo se alejaban. Sin embargo, Colima y el Puerto de Manzanillo parecía que estaban un poco al margen de todo.
Al parecer, en varias entidades ubicadas en la franja occidental de la República la influenza no se presentó con virulencia. La vox populi dijo que la Sierra Madre Occidental había servido de muralla para impedir que la terrible enfermedad arribara a la costa del Pacífico.
En todo el estado de Colima se le atribuyen a la influenza española de forma especial la muerte de 900 personas, según el periódico el Universal del 2 de enero de 1919; en la realidad, parece que hubieran sido muchas más. Hoy se cumplen 101 años de la irrupción de esa enfermedad a finales de 1918.