Hace 40 años estudiantes porteños de nivel superior tenían que dejar ciudad y familia


Solamente había una preparatoria y ninguna escuela profesional

Primera de dos partes

Hasta principios de los años 80, Manzanillo no contaba con escuelas de educación profesional, y aún en la ciudad de Colima tenían poco cupo para recibir a estudiantes de todos los municipios de la entidad, por lo que muchos jóvenes deseosos de terminar una carrera tenían que viajar hasta la ciudad de Guadalajara, lo más común, e incluso, en algunos casos, hasta a la capital de la república o a alguna otra ciudad importante del país. Aunque sí había educación media, preparatoria o bachillerato, muchos optaban por irse a la ciudad donde pretendían proseguir su carrera profesional, ya que las universidades le daban preferencia en cuanto a la admisión a sus planteles a quienes hubieran cursado la prepa en la misma ciudad, pues había proteccionismo a favor de los citadinos.

Guadalajara era, pues, por los años sesentas y setentas, un centro de acopio de alumnos de toda la región occidente del país, y por lo tanto también fue la época en que florecieron las famosas pensiones, que eran amplios edificios donde se rentaban cuartos a estudiantes, e incluso en algunos casos se les daba comida y otros servicios, como lavado de ropa y planchado, por parte de las propietarias de estos lugares, a las que los jóvenes les tomaban mucho cariño, al estar lejos de su familia, convirtiéndose en figuras paternas. Gracias a esto, muchos porteños se casaron con personas de otras partes del país, a las que conocieran en aquellas escuelas o pensiones.

LA ÚNICA SECUNDARIA DEL PUERTO, LA 3, TOPE FINAL DE ESTUDIOS EN LA REGIÓN

En los años en que nuestro puerto era todavía chico, poco poblado y poco importante, era muy difícil para los jóvenes acceder a la educación superior, pues en Manzanillo por mucho tiempo no se tuvieron escuelas secundarias. Luego, había una sola, que era la secundaria número 3, que se encontraba en lo que hoy es la escuela primaria Rafael Ramírez, en la esquina de Pedro Núñez y Francisco I. Madero, en el centro de la ciudad. Querer estudiar más allá de este tope, de este límite, era muy difícil, e implicaba necesariamente, trasladarse, como punto más cercano, a la ciudad de Guadalajara. Esto fue una realidad muy marcante entre 1950 a 1975. Por entonces, sólo los hijos de familias pudientes, que muy pocas de esas había en nuestro Manzanillo, podían salir a estudiar fuera de aquí.

La mayoría de las veces los estudiantes porteños en Guadalajara tenían que trasladarse en tren, que pese a lo lento era el transporte más barato.

SER PROFESIONISTA, DESEO DE TODO PORTEÑO, PERO MUY DIFÍCIL CONSEGUIRLO

Las limitaciones económicas hacían que el grueso de los jóvenes tuvieran que dedicarse a ser estibadores, pescadores, lancheros, marineros y comerciantes. Todos los que cursaban la secundaria, abrigaban la secreta esperanza de estudiar algo más, de llegar a ser profesionistas; pero los mismos familiares, conscientes de nuestra situación, les advertían que no se ilusionaran, ya que no tenían la capacidad de sostener los estudios de una carrera. Para poder hacer ese sueño realidad, no solamente había que proponérselo, sino tomar acciones concretas encaminadas a su consecución. Lo primero era desde un año antes de egresar de la secundaria, por lo menos, empezar a juntar dinero para ir a tratar de inscribirse, siempre con la posibilidad de poder ser rechazados. El día señalado para acudir a la Perla Tapatía a tratar de ingresar a la escuela media superior, había dos líneas de autobuses disponibles: La que se consideraba que era la de los ricos, Tres Estrellas de Oro, y la de los pobres, Transportes Sur de Jalisco.

FILAS DE 500 ASPIRANTES PARA ENTRAR AL BACHILLERATO

Tenían gran incertidumbre y no sabían si se iban a quedar, aunque lo anhelaban, y previamente, con vistas a ello, le habían echado muchas ganas al estudio para llegar con buenas calificaciones que los avalaran. Todos se hacían los aparecidos con algún familiar residente en aquella ciudad, diciendo que iban de visita por unos días. Descansaban lo mejor que podían de lo molido que se sentían del viaje, aunque difícilmente podían dormir de lo emocionados y expectantes que se encontraban ante su posible ingreso a la preparatoria. Al otro día se iban a las oficinas centrales de la Universidad de Guadalajara, ubicadas en avenida Vallarta, y llevaban sus documentos en una carpeta, muy bien sujetos, como si fueran un tesoro, ya que ellos podrían ser su pasaporte hacia una carrera profesional, como era su sueño. Ahí llegaban también todos sus compañeros provenientes de Manzanillo, y cada uno se iba formando en el lugar que les tocaba, de acuerdo al momento de su arribo. A veces ingresaban a la fila cuando había como quinientos jóvenes delante. A cada rato pasaba un empleado de la universidad, que iba revisando los papeles de las personas que estaban formadas. De pronto llegaban con el porteño, como con todos, y se los pedían, y no los quería soltar, porque temían que se les perdieran. (Continuará)