Historia de La Cuarentena, un antiguo leprosario junto al mar


Al ser la lepra un azote permanente para el estado de Colima, y en especial para Manzanillo —tanto que esta región llegó a tener la más alta incidencia del país a lo largo de casi todo el pasado siglo—, las autoridades decidieron crear un hospital en una parte alejada del puerto, para recluir a todos los que padecían esta enfermedad en la región, ocasionada por el bacilo de Hansen. 

Ahí los enfermos durante la década de los treinta del siglo pasado eran tratados con baños constantes de mar en la playa de Miramar, porque se creía que esta terapia combatía o, por lo menos, detenía los efectos del padecimiento. 

Si el enfermo mostraba mejoría, se le ponía en aislamiento, y si continuaba estable, se le daba de alta. Los que empeoraban hasta morir carcomidos por la lepra, eran incinerados, para lo cual se tenían hornos crematorios dentro del mismo hospital. 

EL LEJANO MIRAMAR

En las ruinas que hasta hace muy poco todavía permanecían en pie en Miramar, un poco delante de “La Curva de El Indio” (Conocida así por estar a la altura de la terraza propiedad de “El Indio” Pelayo), dentro del llamado Rancho de La Cuarentena, todavía se conservaban algunos de estos hornos y algunas planchas donde los enfermos se recostaban. 

Al estallar la Segunda Guerra Mundial y ser México un país aliado de los Estados Unidos, algunos los heridos japoneses capturados en el teatro de guerra del Pacífico fueron traídos a La Cuarentena, los cuales los vecinos de Miramar y Santiago, al ver que eran orientales, decían que eran chinos. 

Pasados los convulsos años cuarenta, el hospital dejó de funcionar; sin embargo, continuaron de pie algunas partes de su edificación, en ruinas. Todo mundo señala al llegar a la playa de Miramar la “Curva de El Indio”, pero quizá muchos no sepan ya el porqué de ese nombre. La famosa terraza sobre la playa frente a esa curva era propiedad de “El Indio” Pelayo, una persona de piel colorada y muy fuerte de sus brazos, al que casi nadie le ganaba a las vencidas. Era amigo de mis padres, y ahí íbamos mucho, cuando éramos niños. 

Otra razón era porque en mi niñez visitábamos con frecuencia a unos parientes que teníamos en Miramar —mi tío Maxy Amaya—, y era frecuente que les escuchara relatar historias sobre este sitio, que entonces estaba conservado en regular estado. 

Por cierto, el ejido de Miramar se creó por resolución presidencial el 9 de enero de 1838, dotado con 724.8 hectáreas para cuarenta y cuatro campesinos, expropiándosele tierras a la Hacienda de Miramar, propiedad de Don Avelino del Río, y de la Hacienda de Juluapan, propiedad de Don Carlos Fernández; ejido que después ha tenido diversas ampliaciones, y que hoy es una próspera población, con tierras de cultivo y playas turísticas. 

Por aquellos años de mi niñez, en los años setenta, cuando Manzanillo solamente tenía una carretera de dos carriles entre el centro y las playas, ir hasta Miramar era toda una aventura, porque era un lugar muy lejano. 

EL HOSPITAL CRUZ AZUL

Desde 1800, los registros de los templos católicos de la entidad ya ponían a la lepra como una de las principales enfermedades y causas de defunción entre la población del estado. Durante sus primeros años de vida como puerto, Manzanillo como lugar insalubre, escenario de muchas epidemias, también registraba muchos casos de lepra; y hasta hace poco, todavía Colima era el estado del país con más casos de lepra. 

Antes del referido centro de reclusión, en Manzanillo funcionó a partir de 1929 el lazareto Hospital Cruz Azul, en un edificio de madera de dos pisos, ubicado en la Playita de En Medio, en un predio propiedad de Laureano Cervantes Vázquez, quien fuera Gobernador del Estado, el cual funcionaba como sanatorio, crematorio y lugar de atención para enfermos de lepra. 

Fue en este lugar al que el 23 de junio de 1932 y días subsiguientes fueron trasladados los heridos por el terremoto y maremoto de un día anterior, provenientes de toda la región, para su atención médica. Un año después, en 1933, Don Laureano Cervantes le vendió el edificio del Hospital Cruz Azul a uno de sus colaboradores, mi abuelo, Wenceslao Cisneros Villegas, quien ahí vivió con su familia, teniendo una tienda en la parte inferior. 

DESAPARECIÓ Y NADIE LO NOTÓ

Al quedar Manzanillo sin un lugar de atención especial para enfermos de lepra, que, como ya se ha visto, eran numerosos, es que empieza a funcionar La Cuarentena en Miramar, que dio servicio a este particular médico por muchos años. Al quedar abandonada La Cuarentena, pasó a manos de particulares, que por alguna razón respetaron las ruinas; quizá porque el terreno era bastante grande, y no lo ocupaban todo, y quizá también, porque de algún modo eran conscientes de su importancia histórica. 

Hace poco, sin embargo, sin previo aviso, estos vestigios del pasado fueron totalmente demolidos, y ya no queda nada. No salió en las noticias, nadie tomó fotos, nadie publicó algo al respecto. Bueno, hay que decir que incluso muy poco de la historia de este lugar se registró, al parecer por falta de curiosidad e interés, que siempre son necesarias para indagar e investigar a profundidad. 

A finales del año 2017, junto con un compañero de trabajo del entonces, Daniel Loza Maravilla, pasamos junto a ese lugar en su automóvil, y como le había contado algo de la historia de ese lugar, le pedí que detuviera el carro para ver las ruinas y tomar algunas fotografías. 

Entramos por la puerta del rancho, como ahora le llamaban, y le pedimos a la persona que estaba en la entrada permiso para tomar fotos. Vimos que había un pozo de donde al parecer se sacaba agua dulce para beber, y que había una especie de angostas camas de piedra al interior de los cuartos abandonados y semiderruidos. 

No sabía en ese momento, que esa sería la última ocasión que los vería en pie, ya que yo rara vez voy para aquella parte del municipio. Por cierto, la persona en cuestión nos comentó que había planes de derrumbar lo que quedaba de la Cuarentena, para en su lugar hacer algo para el turismo. 

El primero de mayo del 2018 fui a la playa de La Boquita a disfrutar con mi familia de ese balneario, y al pasar por este punto me percaté que ya todo estaba demolido, tal como me habían dicho unos meses antes que se haría. Así es como se van perdiendo muchas cosas del pasado de nuestro municipio, pasándonos desapercibidas.