Historia de Miguel Primera parte de dos


Siempre con el ánimo de no perder la oportunidad de estar juntos. Si se trataba de saber algo de la materia que estudiábamos, toda la noche lo aprendía, para que no se le hiciera difícil comprenderlo.

Que tarde pasamos Carlos Valdez Ramírez y yo, nublada y con un viento fresco y fuerte, me dijo: Paco, necesito un relato bonito y sentimental, como lo que te paso cuando estabas internado en el hospital del IMSS en Guadalajara.
—Ah, la historia de Miguel, esa que es real y te la he contado varias veces.
—Sí, pero con enjundia, que haga despertar el sentimiento. Ya sé que eres el uyuyuy de los locos escritores.
—Bien ahí te va, solo préstame tu libreta y pluma.
Al siguiente día, le pedí a Lupita que me hiciera el favor de pasarme a la cama de Don Miguel. Le comenté que quería ver lo que había detrás de la ventana. Ver lo que me platicaba. Extrañada, dijo:
—¿Lo que hay detrás de la ventana?
—¡Sí! –contesté rápido–, deseo mirar lo que él veía. Lo que me platicaba cuando se acercaba al cristal. Lo hermoso de su apreciación, hacia el otro lado de ese marco donde se apoyaba.
—Pero ¡cómo dice usted lo que veía!… ¿Qué, no sabía que era ciego?
—¡No, no lo sabía! –repuse asombrado y confuso–. Diario me describía lo que había detrás de la ventana.
—Mire, Don José, acérquese y usted mismo desengáñese –indicó ella casi extrañada–. Detrás del cristal sólo hay un edificio. No puede ser que le haya platicado lo que no veía, ni existía… ¿Sabe usted que él quedó ciego, por dar felicidad? Amó tanto, que sacrificó su vida por una joven.
Como la enfermera vio que yo seguía incrédulo y pasmado, agregó:
—Mire usted… venga a su cama. Póngame mucha atención. Con el permiso de su recuerdo, le platicaré lo que sé de su vida. Como él me la dijo, es una historia interesantísima.
Velozmente me senté en la cama y puse la mayor atención posible. Ella inició su relato.
—Era un tiempo de primavera cuando él, joven de veinte años, conoció a una hermosa señorita. No creo que pasara de diez y ocho años. Su nombre es Sara, así como le describió ayer a esa hermosa niña, que conversó con el joven. Solamente que de ojos verde olivo. Cautivaba a cualquiera que la viera, por lo enigmático y dulce de su mirar. Así era ella, sólo que el azul brillante y el blanco, eran sus favoritos.
“En la universidad, en los primeros días del semestre de la carrera de Medicina –me comentó Don Miguel–, en el pasillo que nos llevan a las aulas de los primerizos, la vi con timidez. Otras jovencitas, parecía que se conocían, charlaban animosamente, pero ella se escurría, caminando junto a la pared del pasillo. No contaba con nadie de amistad. Algunos varones, al verla tan bonita, le lanzaban un piropo que no correspondía. Me acerqué y observé su exquisita elegancia juvenil. Su encanto se reflejaba en aquella simple sonrisa, mostrando sus hermosos rasgos faciales, su encantadora, suave y angelical voz. Le comenté, a manera de pregunta”:
—¿Es la primera vez que vienes a la universidad? ¿O eres de otro estado?
—Sí, soy de un lugar donde no hay Escuela de Medicina –dijo ella con su melodiosa voz–. Mis padres, a regañadientes me permitieron venir. Ellos dicen que es peligroso, para alguien que no conoce la vida de las ciudades grandes… creo que tienen razón. Tengo temor de no adaptarme.
—¡Cómo crees! Esto pasa en los primeros días. Ya te irás acoplando a la forma de ser de los demás compañeros…ven, vamos a clase… ¿Qué aula te tocó?
—No sé muy bien, es la “C 2” —agregó confusa— y no sé dónde se encuentra.
—Pero mira que te topaste con alguien que, precisamente, va a esa clase –indiqué afectuosamente–. A mí me tocó la misma aula. Vente, apúrate que llegaremos tarde.
Amiga Lupita —recuerdo que tristemente me comentó Don Miguel—. Ese fue el más afortunado día de mi vida… y el más desgraciado. Me enamoré perdidamente. Ya verás y descubrirás el porqué, cuando termine de platicarte lo que me sucedió –indicó la enfermera un tanto pensativa y agregó:
—Los días transcurrieron de maravilla. Poco a poco fui logrando su cariño. La costumbre se hizo necesidad a medida que el tiempo pasaba. No podía dejar de pensar en ella. Si me pedía: “Nos vemos por la mañana”, y no me decía a qué hora, procuraba estar muy de mañana.
Siempre con el ánimo de no perder la oportunidad de estar juntos. Si se trataba de saber algo de la materia que estudiábamos, toda la noche lo aprendía, para que no se le hiciera difícil comprenderlo. Le explicaba y me lucía para interesarla más en mi persona. Nunca la ahogué con mi presencia. Alguien me aconsejó de esta manera: “Si la gallina es tuya, para qué la correteas”. Me sentía muy seguro de lo que para mí fuera un noviazgo. Aclaro, nunca declaré mi amor. Para mí era entendible con sus muestras de cariño. Sus besos me transportaban a un estado de nirvana.
En uno de los días, en que no había materia qué estudiar, me comentó: “Iré a pasar unos dos días con mis amigos y amigas de mi colonia. El campo es algo que me gusta y lo disfrutaré a lo máximo. Ya te contaré”. De lejos observé cómo en una pick-up, se acomodaban varios de los que frecuentaba como vecinos. Después, un jeep con los jóvenes llegó y con mucha algarabía, uno de ellos llamó a mi novia. La tomó de la cintura y la subió al vehículo. Miré cómo la acercaba hacia él. Su coquetería le daba o prometía más que eso.
De una manera alocada, haciendo gala de buen piloto y de su magnífico automotor, derrapó, y raudo salió por la calle que conducía a las afueras de la ciudad. Por un momento sentí celos, pero confiaba en que, con su jovialidad bien encausada y educada, a mi conciencia tranquilizó. Pensé que ella no tomaría riesgos, ni participaría en esas locuras… ¿Sabe mi amiga? ¡Qué equivocado estaba!
Un tanto apesadumbrado por lo que vi, me retiré a mi casa. Se me vino a la mente algo que la musa de mis sueños me refería: “Hoy caminé por mi casa, cuánto recuerdo, qué gran vacío. Hoy caminé por mi casa, toqué mi viejo reloj y lo puse a caminar. La compañía de mi música preferida, sirvió de alivio a mi honda soledad, y… después de evocarte en mi recuerdo, con gran compás de tiempo, bebí el néctar de lo que flota de tu recuerdo. Me embriagué de ti, de tus vivencias, y… al volver a la realidad, seguí caminando por mi casa, acompañado por mi soledad y con tu recuerdo, que me hace sentir que ya no estoy tan solo… cuando camino por mi casa”.
Las horas pasaban lentamente y no podía dejar de pensar en ella… ¿Qué estaría haciendo? ¿Qué le diría al joven aquél? ¿Con quiénes pasaría la noche? ¿Se vendría pronto?… mil cosas fluían velozmente por mi cabeza. Así pasé toda esa noche: en vela y dando vueltas a mi mente, de cómo se encontraría. Era mi vida, estaba enamorado, y para ella sólo existía. Por la mañana fui al jardín. El sol empezaba a hacer que se disipara la neblina. Tenía una sensación no grata. No me acomodaba al tiempo. Los momentos se me hacían eternos. Unos compañeros de otra facultad, asistieron a estudiar allí en el jardín. Varios de los conocidos se acercaron a mí. Con disimulo platicaron entre ellos. Uno le comentó a otro:
—¡Oye! ¿Sabes lo que les pasó ayer, a los compañeros que acudieron a una posada a pasar la noche… cerca del barranco que está fuera de la ciudad, allá por el rumbo del río?
—¡No, no, no estoy enterado de nada! –indicó el otro.
—Escuché algo, a manera de chisme. Dicen que se accidentaron… ¡O no sé qué! –repuso en forma dramática–. Pues fíjate que uno que manejaba el jeep, haciéndose temerario, hacía que su vehículo trepara por las partes peligrosas, a gran velocidad. De pronto se le derrapó y cayeron a varios metros en una cuneta. Por poco y caen hasta el fondo del barranco. Tardaron toda la noche en sacarlos. Los bomberos y socorristas lograron hacerlos llegar a tiempo, a la clínica. Una de las muchachas, creo que se llama Sara, está inconsciente. Dicen que recibió un fuerte golpe en la frente. Temen por su vida.
Con paso lento se retiraron. Queriendo, o no, con disimulo me informaron el suceso. Era bien conocido que se trataba de mi novia. Así me enteré y se fueron al rincón del jardín. Sabían que yo la quería, que para mí era el principal motivo de vivir. En un momento me estremecí. No sabía cómo reaccionar. Mi cabeza estaba loca. La incertidumbre de que fuera mi niña amada, me paralizó. Como catapulta, mis piernas me hicieron dar tremendo brinco. De momento troté hacia donde se encontraba la clínica. La distancia se me hacía enorme. La angustia me ahogaba. Casi estuve a punto de llorar, cuando a unos metros de entrar, paré y respiré profundo. Estaba deshecho por mis adentros.
El sentimiento me animaba a todo. Decidí entrar y le pregunté a una enfermera, dónde se encontraba la señorita Sara:
—¿La señorita del accidente de anoche? –contestó nerviosa.
—¡Sí! –respondí angustiado.
—¿Es usted su pariente?… porque está sola. Nadie ha llegado de su familia.
—¡No, no soy pariente de ella! Soy su novio.
—Bien, camine hacia ese pasillo. Allí es la entrada a la sala de mujeres. En la cama 45 se encuentra. Por favor, no la angustie, está delicada.
Caminé lentamente hacia donde me indicaron y allí estaba, sin que nadie la acompañara. Se observaban, en la parte de la cara que no estaba vendada, unas raspaduras en su piel. Había una hinchazón en su pómulo izquierdo.