Homilía: la misericordia de Cristo, es grande.


Antonio Flores Galicia.-

No es fácil dominar a nuestra persona y a nuestro entorno social. La materia es fuerte, la verdad y lo espiritual son fuertes; pero mucho debilita y aparece la fuerza de la persona, quien es la responsable y decide según como es al actuar. Por eso, urge dominar ambiciones y conveniencias, para que nuestra actuación sea la que debe ser. Hoy se nos narra cómo fue la actuación del apóstol Tomás, quien era grande  seguidor de Cristo, recibió cantidad de manifestaciones de su divinidad, la verdad de lo que decía y la fuerza de su actuación. Sin embargo, seguía dudando de su divinidad. Esto indica que muy fácilmente dominan las conveniencias y se descuida la verdad.

Era fuerte, en tiempo de Cristo, el miedo a represalias por parte de los judíos y paralizaba aún a los apóstoles, no obstante la sorprendente noticia de la tumba vacía. Existe mucho que se debe dominar, porque son fuertes la ambición y conveniencia, la ignorancia y caprichos. Por eso los judíos dijeron a los de la guardia del sepulcro, cuando sucedió lo que no querían que quedara claro, que Jesús era el Mesías, y querían seguir obteniendo, con la doctrina que Dios les había dado desde Moisés, con fuerte valor político y económico: “Digan: ´Durante la noche, estando nosotros dormidos, llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo´. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos arreglamos con él y les evitaremos cualquier complicación”. Con esto que se nos dice respecto a la resurrección de Cristo, recordamos: “Poderoso caballero es Don dinero” y para los que reciben: “A quién le dan pan que llore”. Tiramos la verdad. Los de la guardia, tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas.

Los apóstoles, no sabían qué hacer ni qué pensar, se encontraban en una vaga espera. Se nos dice que las puertas estaban cerradas, con lo que vemos el estado de ánimo de los discípulos. Pero esto sirvió para que la fe de ellos creciera, al darse cuenta de que estando las puertas cerradas entró Jesús: El muerto, estaba vivo; el Dios y Hombre verdadero, no ocupaba que le abrieran la puerta: Era el Mesías, el Salvador, el Maestro que les instruyó para que fueran por todo el mundo a predicar su doctrina.

Cristo les demostró que era verdad todo lo que les había dicho de él, para que aceptaran sus actos, su doctrina y sus mandatos. Ya no debían esconderse, debían abrir la puertas y aceptar lo que fuera siendo necesario, lo bueno y lo malo que viniera por la redención del mundo. Jesús les mostró las manos y el costado. No era un fantasma: Era el maestro que conocieron y siguieron, se estaba cumpliendo cuanto les dijo. Allí estaban su cuerpo con las llagas, en nueva y misteriosa condición. No los reprendió, sabía lo difícil que era para un judío actuar diferente a las normas de cientos de años. Cuando les dijo: “La paz esté con ustedes”, comprendieron que no se trataba de un saludo ordinario, sino que se estaba cumpliendo lo que les dijo en la Última Cena: “Mi paz les doy, no la doy como la da el mundo”. Les da el don mesiánico unido a la novedad venida al mundo por el Resucitado. En ese momento, los discípulos pasaron del temor al gozo, hubo una finalidad específica: la misión de los discípulos.

Cuando Cristo les mostró las cicatrices de sus manos y el costado, les mostró que estaban viendo al mismo Jesús Crucificado, dato importante que tenían que ver para confirmar la realidad de la resurrección y la continuidad de su continuidad en esa comunión de los discípulos con Él; estaban con el personaje que convivieron durante tres años; con el que se comprometieron a un ministerio terreno y que ahora podían vivir en un aspecto diverso y real: Jesucristo, era Dios y Hombre, Redentor, Mesías, Salvador. Podrían actuar sin temor, podrían predicar en todos los pueblos, sin temor a nada. Sólo una pregunta: Tú, ¿predicaste alguna vez? Entonces, eres discípulo de Cristo o solamente del pueblo que va a que lo cure y le dé de comer?