Humberto y filo


Un día de tantos que saboreaba mi cafecito allá en la fonda de Doña Rosa, en la comunidad de La Caja, y mientras Vicky Castillo echaba las tortillas al comal me platicó que una noche al filo de 12 habían escuchado las pisadas de un animal, y que su nuera por asustarla le dijo que era el ‘mono sin cabeza’, pero luego se dio cuenta que el ambleo era del burrito bailador que habiéndose salido de su pesebre andaba caminando por la calle de su casa, y que ese jumento había sido propiedad del señor Baltazar Contreras esposo de doña Rosa Zepeda. Después intervino en la plática doña Rosa diciéndome  que el cuadrúpedo en cuestión se lo habían comprado a un señor llamado Ricardo que vivía en Villa de Álvarez, y que el pollino “tenía mucha adrenalina, porque andaba de un lado para otro”, pero que cierto día uno de sus pequeños nietos se le acercó a darle algo de comer en la boca, y ella al mirar la escena reaccionó rápidamente retirándole la mano al niño, pero de todos modos los incisivos del asno alcanzaron a lastimarlo, entonces le dijo a su esposo Baltazar que vendieran el burrito, haciendo trato con un hijo del señor Humberto Navarro.

En mis frecuentes sendereadas por el Río Grande transito por un agradable callejón empedrado, en una esquina donde prácticamente empieza el camino que conduce al afluente se encuentra un rancho con varios animales, no hay día que al pasar por este lugar dos perros que están amarrados me ladren amenazadoramente pero ya ni les hago caso,  pues bien, la penúltima ocasión que caminaba por aquellos lares, un perro de color amarillo se soltó dejándoseme venir directito al chamorro, pero al llegar al lienzo el can aplicó freno automático deteniendo su carrera. Fue en este rancho donde platiqué con don Humberto, y en un pesebre se encontraba el mentado burro bailador comiendo rastrojo con maíz.

Don Humberto y ‘Filo’ el burrito bailador.

Humberto Navarro Brambila nació el 26 de diciembre de 1974, en la comunidad de La Caja Municipio de Comala, sus padres fueron Leopoldo Navarro Carrillo y Aurora Brambila Romero, nos cuenta Humberto que “toda mi infancia la pasé con mi madrecita, en paz descanse, y gracias a Dios tengo estos terrenos que ella me dejó para trabajarlos aquí, sembramos maíz, caña, tenemos unos burritos, unos borreguitos, un caballo, una potranquita que son de mis hijos para que se entretengan bien, se ocupen de algo limpiamente. Yo llegué hasta el sexto año, y por la casualidad de que no había dinero me tuve que salir para trabajar y sostenernos un poquito mejor, estaba muy dura la crisis. Soy campesino de corazón. Yo aquí trabajaba mucho con los amigos que tenían huertas, con Luis Orozco, Goyo Orozco, Jesús Delgado Virgen, Delfino Benítez, echaba jitomateras y pepino aquí en La Caja”.

Al igual que muchos campesinos don Humberto se vio obligado a buscar nuevas expectativas económicas, recuerda que “de joven trabajaba en la obra, tenía como 18 años, y como hasta los 25 anduve trabajando en la obra, ya después mi jefa me dejó estos terrenos y empecé a trabajar aquí. El campo es un trabajo pesado y mal pagado, y en la obra se gana un poquito más, y no entiendo por qué, el maíz lo sembramos para los animales, todo el tiempo lo pagan a 6,500 la tonelada, y se vende bien carísimo el kilo de tortillas a 22 pesos, como que no está muy bien, para todo el campesino está mal pagado, por ejemplo: la semilla, la bolsa cuesta 1,200, el año pasado mi hijo compró una que le costó casi 5 mil pesos, una bolsa ajusta para 1 hectárea”. Como nos encontrábamos rodeados de cañas y milpas le pregunté por el beneficio de sembrar maíz, contestando que: “no, no me costea venderlo, lo siembro nada más para los animales. Antes echaba pepino, calabacita, el pepino te da cada 3 días estás cortando, ese es rápido, a los 40 días empiezas a cosechar”.

Después trasladamos la conversación al tema del burrito bailador, Humberto ratificó lo dicho por doña Rosa: “tenemos un burrito que se lo compramos a un señor que se llama Baltazar, el burrito está pequeño, ahorita ya tiene 19 años, mi hijo tenía 12 años y quería el burrito y lo compró, en ese tiempo le costó como mil o mil quinientos, él lo enseñó a caminar, lo empezó a bailar, se lo echa, lo sienta, es bien tranquilo el burro, no está muy alto pero es muy entendido el burrito. Él mismo hizo el trato, le dije te vamos a dar el dinero yo y tu mamá, y ve y cómpralo. Aquí antes había muchísimo burro, y se escasearon, ya no se mira mucho burro, hay como uno, dos o tres aquí, y no más. El burro se llama ‘filo’, mi hijo lo enseñó a bailar como si fuera un caballo. No baila igual de alto, pero baila bonito, después le pegaba con una varita en las manos y lo hincaba, y después, lo echaba, eso fue lo más gracioso, y pues me dio gusto, sacó la herencia de mi suegro, mi suegro es arrendador, Ramón Barrera Arias y a él le gusta todo eso de caballos y gallos”.

Don Humberto es un hombre consciente del provecho terapéutico que representa socializar con algunos animales, pues a su juicio: “quitan muchas vibras malas, es buenísimo eso, ahorita es un lujo tener un burro, porque ya no hay animales de estos, mire, ahí lo tenemos nomás comiendo en un pesebre. Fíjese, allá en Estados Unidos, cerca de Washington vi un corral de puros burros, grises, y unas 3 o 4 burras gordas, las tienen nomás por puro lujo. Hace como 2 o 3 años lo préstamos para el Viacrucis aquí en La Caja. Unos amigos de allá de Zacualpan lo querían comprar para el ‘Ojo de agua’ ya ve que ahí hay negocio, para pasear a los chiquillos”. Casi para finalizar nuestra plática don Humberto, refiriéndose a los niños, comentó: “si quisieran el burrito aquí lo tenemos, nomás de que se acabe de curar, no sé qué le picó, ahorita le estamos echando pomada como para los hongos, ya curado, sí, como no, lo prestamos para que se saquen fotos, que vengan aquí”. Ya para salir de su rancho estaba un caballo blanco que le dicen ‘el tamalero’, así como unos borregos, chivos y unos gallos, algunos de los cuales ya los está  trabajando para las próximas fiestas comaltecas, y mientras el campesino me explicaba el proceso de ‘trabajar los gallos’, el par de perros amarrados a un palo no dejaban de ladrar como advirtiéndome que a la próxima que pase por el callejón va en serio la mordida.