
La Psicología en boca de todos.
Hace ya dos semanas, durante el taller titulado “Sistema político mexicano y ciudadanía participativa”, organizado por el Comité Ejecutivo Estatal de Morena en Colima, a través de la Secretaría de Formación Política, surgió el concepto de “humanismo mexicano”, una visión política y ética, eje central de la Cuarta Transformación en México, y corriente que coloca el bienestar del pueblo en el centro de la acción gubernamental; término que abordaré en la presente columna.
¿Por qué es esto importante?
El concepto de “humanismo mexicano” fue acuñado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador hacia finales de 2022 y retomado por nuestra presidenta Claudia Sheinbaum como uno de los pilares de su gobierno, sintetizado en la máxima “por el bien de todos, primero los pobres”. Sin embargo, más allá de su dimensión político-electoral, el humanismo mexicano introduce una premisa que dialoga directamente con la psicología: la idea de que el bienestar humano no puede comprenderse de manera aislada, sino en relación con las condiciones colectivas que lo hacen posible.
Esta idea encuentra un antecedente teórico sólido en la obra de Abraham Maslow, psicólogo estadounidense considerado uno de los fundadores de la psicología humanista, corriente que surgió a mediados del siglo XX que coloca en el centro de su estudio la dignidad, el potencial de crecimiento y la autorrealización del ser humano. En 1943, Maslow formuló su célebre -Teoría de la Jerarquía de las Necesidades-, en la que propuso que las necesidades humanas se organizan en niveles progresivos: primero las fisiológicas (alimento, descanso), después las de seguridad, seguidas por las de pertenencia y afecto, luego las de reconocimiento y estima, y finalmente, en la cúspide, la autorrealización. Según Maslow, una persona sólo puede aspirar plenamente a ese último nivel —el desarrollo de su potencial más alto— cuando las necesidades básicas de subsistencia y seguridad ya han sido cubiertas.
Esta lógica resulta esclarecedora para pensar en el humanismo mexicano: un proyecto que declara priorizar a quienes menos tienen no solo responde a una lógica de justicia social, sino que, leído a la luz de Maslow, plantea una condición previa indispensable para que cualquier desarrollo humano integral sea posible. No puede hablarse de autorrealización colectiva mientras amplios sectores de la población permanezcan atrapados en la base de la pirámide, luchando por cubrir sus necesidades básicas.
A esta idea se suma la aportación de Erich Fromm, psicoanalista y sociólogo alemán, discípulo crítico de la tradición freudiana y una de las figuras centrales del humanismo psicoanalítico. Fromm sostenía que el ser humano no puede comprenderse únicamente desde sus impulsos biológicos, como proponía Freud, sino que debe entenderse en su relación con la estructura social, económica y cultural en la que está inmerso. En su obra “El miedo a la libertad” (1941), Fromm planteó que la libertad, lejos de ser vivida siempre como una conquista, puede convertirse en una fuente de angustia, llevando a las personas a huir de ella mediante mecanismos como el autoritarismo, la conformidad o la destructividad, especialmente cuando las condiciones sociales no ofrecen certeza ni pertenencia.
Para Fromm, la salud psicológica de un individuo no puede entenderse al margen de la salud de la sociedad que lo rodea: una sociedad que genera aislamiento, desigualdad o inseguridad tiene como consecuencia la no autorrealización de su población. De ahí que sostuviera que el verdadero desarrollo humano requiere no solo condiciones materiales dignas, sino también vínculos comunitarios genuinos y estructuras sociales que favorezcan la comprensión.
Analizados en conjunto, Maslow y Fromm ofrecen dos piezas complementarias para entender por qué el humanismo mexicano, más allá de ser una consigna política, toca fibras profundamente psicológicas: Maslow nos recuerda que ningún proyecto de bienestar colectivo puede prescindir de garantizar primero lo básico, y Fromm nos advierte que ese bienestar tampoco puede reducirse a lo material, pues exige comunidad, vínculo y libertad genuina. Quizá ahí resida el verdadero reto de cualquier proyecto que se asuma humanista: no basta con nombrar al bienestar del pueblo como objetivo, hace falta construir las condiciones —materiales y relacionales— para que ese bienestar sea posible, y sostenerlas en el tiempo, más allá del discurso de un sexenio o de una administración.
Si tienes alguna duda o comentario, con gusto te leo en: ecovarrubiashernandez2001@gmail.com
*Licenciada en Psicología por la Universidad de Colima y Premio Peña Colorada 2025