La mentada que no era de menta


-¿Cómo están mis amigos? Tengan ustedes muy buenas noches.

Así se expresó el Canónigo José Soto Peregrina, a los que por las noches lo acompañábamos. Estábamos sentados en unos equipales, en la puerta de su casa, donde en amena plática nos hizo saber que su padre, Cecilio Soto Gutiérrez, era originario de Villa de Álvarez. Supimos que fue presidente municipal y que su mamá, Teresa Peregrina, también era originaria de allá.

Nos enteramos que fue cristera. Que en muchas ocasiones llevó suministros para las armas de Los Cristeros. Las escondía bajo las grandes enaguas, de donde colgaban las cartucheras y carrilleras. Explican que cuando escuchaban: “¡Quién vive!” o “¡quién camina!”, se detenían y aparecían los soldados, pidiéndoles apearse de las bestias. Después de revisar los costalillos, las interrogaban, saliendo airosas al explicar que vivían cerca del rancho El Borbollón.

Comentó que a él lo habían ordenado sacerdote en el año de 1950. Gracias a las gestiones del M.I. Señor Obispo Ignacio de Alva y Hernández. Lo invitaron a ejercer el sacerdocio los curas; Francisco Rueda y Zamora y Sebastián Uribe. El primero fue su padrino, pidiéndole al Señor Obispo que en Tecalitlán fuera el lugar en que apoyara el recién ordenado, Padre Soto. Entre otras labores de la parroquia, era el visitar las rancherías de la Sierra del Tigre. Tuvo un sinnúmero de anécdotas, en los nueve años que ejerció en el municipio de Tecalitlán.

Les diré que el Padre San Miguel de la Mora, nació en esa sierra y vivió en el poblado de Tecalitlán, donde hay una placa en la fachada de la vivienda. Estando en el curato, unas personas de un rancho me invitaron a celebrar una misa. El camino era de herradura, el tránsito duraba siete horas montado en una mula. Fue tanta la insistencia que pedí la anuencia al Párroco Rueda y me vi camino al Rancho de los González. Acudí a la celebración de La Purísima, que se celebra el 8 de diciembre.

Muy de mañana, el llamado a misa se hizo, haciendo tocar, a manera de campana, un cazo de cobre. De las rancherías cercanas asistieron a la celebración. Hubo cuetes, tambores y numerosos lazos, con figuras de papel de china, que daban cuenta de la festividad.

En la “era” del rancho se organizó un baile. El alcohol hizo efecto en los asistentes. Grandes bailadores invitaban a las muchachas a deslizarse al compás de los acordes. En eso se oyeron gritos, palabras altisonantes, se hizo la bola y lo inesperado sucedió: Unos disparos que dispersaron a la gente. Todos vimos a un hombre que se tambaleaba con la pistola en la mano. En el piso yacían dos cuerpos bañados en sangre.

Supe que alguien gritaba:

-¡Llamen al cura!… Facundo y Tiburcio están muertos. Agoniza Serapio… ¡Llámenlo, que él los asista!

Me encontraba retirado del lugar, cuando un joven llegó corriendo. No podía hablar bien.

-¡Venga padrecito!… hay dos muertos y uno moribundo, venga.

Tomé mis utensilios que traía en un costalito, corriendo al lugar. Serapio me confesó:

-Perdóneme padre, me los eché porque a mi Conchita la molestaron. A güevo la querían sacar a bailar. Tiburcio estaba borracho, por eso me lo eché. Facundo tomó la pistola para vengarlo… mire, me dio en el pecho, pero yo sí le pegué bien. Cuide a mi Conchita, ella no dio motivo, entréguela a sus papás.

Cerró los ojos. Los auxilié a todos y acompañé a Concepción a la ranchería donde sus papás vivían. Después de informarles lo sucedido, tomé mi mula, regresando a Tecalitlán. Qué sentimientos tan diversos sentía. En el crucero del camino del Rancho de los González, me salió al paso una bestia, montada por un individuo. Serían como las 8:00 de la noche. Me dije: “Tendré compañía”. A distancia regular, unos jinetes atrás de nosotros venían.

Por largo rato, a la par del primero, cabalgué. Sombrero ancho y zarape grande traía. Recuerdo que no me contestó el saludo. Pensé que vendría de la fiesta, borracho, por eso no insistí con mi plática y me limité a sentirme acompañado. No se me olvidaba aquel incidente. Me vine rezando por esos difuntos. Como el camino era cansado, las mulas se detuvieron en un arroyo, a tomar agua. Al apearme, observé que en los estribos de la silla, el hombre tenía amarrados los tobillos. Con disimulo me acerqué, pero la mula, al sentir mi proximidad, caminó por entre el agua.

-Amigo, qué frío hace -le dije.

Me ignoró nuevamente. La noche era obscura. Mi lámpara tenía las baterías bajas y no podía distinguir gran cosa. Escuché que se aproximaban las personas que venían atrás. En eso, el animal que llevaba al señor aquel, emprendió el caminar.

-¡Buenas noches! -insistí.

-Buenas noches, padrecito -oí que me contestaban.

-¡Qué frío hace! Tengo que llegar a Tecalitlán antes de las 5:00. Yo celebro la primera misa… Ahí me alcanzan -les comenté vagamente.

-Las mulas conocen el camino -dijo uno de ellos-.  A buen andar, en media hora estará entrando al pueblo. Procuraremos alcanzarlo, tenemos que llevar a Serapio con su familia.

-¡Va bien tomado! -les reclamé-. Ni siquiera me contestó el saludo. Como mudo en todo el camino me acompañó, pero ni modo.

Uno de los jinetes rió, pero el hombre mayor lo reprendió:

-¡Silencio por favor!… el padre no sabe.

-¿Qué no sé, hijo mío? -reclamé.

-¡Nada, nada! -dijo molesto aquel hombre y gritó- ¡Arránquese, que no va a llegar a las cinco!

Monté mi mula y la espueleé para darle alcance al que iba delante. Serían las 3:45 de la mañana cuando entramos a las calles del pueblo. Ahí nos alcanzaron. Amarraron la mula a un poste de la luz. Intrigado, me detuve a ver qué pasaba con mi compañero de viaje. Le quitaron el zarape y el sombrero. Al ver aquel hombre, me di cuenta que era el que había santoleado. En la cabeza de la silla tenía un palo amarrado. En el cuello llevaba una horqueta de la misma rama que lo sostenía y por la espalda una cruz lo sujetaba.

Me asombré tanto que les dije:

-¡Qué bárbaros!, me dejaron acompañar por un muerto. ¡Si no fuera cura, les daba una mentada y no de menta!… que Dios los bendiga.

Al retirarme asombrado, en mis adentros, ganas no me faltaron de decirles algo, pero me aguanté. En la misa, casi dormido y cansado, pedí perdón al Señor por lo que pensé decirles a esos desgraciados y rogué por los muertitos.

-Padre, se la echó buena, mañana se avienta otra -oí que alguien decía.

-Buenas noches mis amigos -les contesté y me fui a dormir.

Fue así como nos despedimos de los vecinos de la calle Constitución. Mientras me alejaba del templo, no me podía quitar aquella imagen del hombre sujeto a una cruz de madera y montado en el lomo de una bestia. Una escena macabra que me acompañó por varios días.