La Psicología en boca de todos

*Elisa Covarrubias Hernández.

Entre el saber y el hacer: el reto de la economía circular

El día de ayer miércoles 30 de septiembre, la Universidad de Colima inauguró el Foro Nacional de Economía Circular, un encuentro que concluye el día de hoy y que reúne a especialistas, universidades y representantes de distintos sectores para discutir los avances y los retos de un modelo de desarrollo que busca dejar atrás la lógica de producir, consumir y desechar. Hablar de economía circular implica pensar en cómo lograr que los materiales y productos permanezcan en uso el mayor tiempo posible, y que el residuo de un proceso se convierta en insumo de otro.

¿Por qué es esto importante?

Desde la psicología ambiental, la economía circular puede definirse como un patrón de conductas proambientales (reducir, reutilizar, reparar, separar y reciclar) que surge de la interacción entre las características psicológicas de las personas (actitudes, valores, creencias, normas morales e identidad) y las condiciones del entorno físico, social y normativo que facilitan o dificultan esas conductas. Dicho de otra forma, la economía circular es tanto un sistema económico como un sistema de comportamientos humanos.

En este sentido se rescata la Teoría del Comportamiento Planificado, formulada en 1991 por el psicólogo social polaco Icek Ajzen, a partir de trabajos previos con Martin Fishbein, psicólogo social estadounidense. Los autores nos hacen preguntarnos:

¿Por qué las personas sabemos lo que deberíamos hacer y, aun así, no lo hacemos?

Esta teoría plantea que toda conducta nace de una intención, y que esa intención se forma con tres elementos. El primero es la actitud, es decir, qué tan valiosa o conveniente nos parece la acción. El segundo es la norma subjetiva, la percepción de lo que las personas que nos rodean esperan de nosotros y de lo que ellas mismas hacen. El tercero, y quizá el más revelador, es el control conductual percibido: qué tan capaces nos sentimos de llevar a cabo esa acción y qué tan accesible la vemos.

Aplicada a la economía circular, una persona puede considerar que reparar un aparato es mejor que tirarlo (actitud favorable), pero si en su entorno nadie lo hace y comprar uno nuevo es lo habitual, la norma social juega en contra. Puede estar convencida de la importancia de separar residuos y vivir en un barrio donde sus vecinos lo hacen, pero si no sabe dónde entregar el material reciclable, o sospecha que todo termina mezclado en el mismo camión de basura, su control percibido se desploma y la intención se desvanece. Ahí aparece la llamada brecha entre intención y acción, ese espacio incómodo donde coexiste la preocupación ambiental y el hábito.

Esa brecha es justamente lo que este foro puede ayudar a cerrar. Una transición circular exige trabajar en tres frentes al mismo tiempo: cambiar actitudes, construir normas sociales y facilitar la acción. Las instituciones reunidas en nuestro estado ocupan un lugar privilegiado en los tres: las universidades investigan y generan el conocimiento que da sustento a las decisiones públicas; forman a los profesionistas y ciudadanos que modificarán las prácticas de empresas y comunidades; y, además, funcionan como pequeños laboratorios sociales donde puede demostrarse que separar, reutilizar y reducir es posible y deseable.

Por eso, el reto de la economía circular en México no es únicamente jurídico ni tecnológico, también es cultural y psicológico. Mientras el foro sesiona estos dos días entre conferencias y paneles, vale la pena recordar que el éxito de este modelo no se medirá solo por las normas que se publiquen, sino por qué tan fácil, visible y natural resulte para cualquier persona hacer lo ideal con aquello que ya no usa.

Si tienes alguna duda o comentario, con gusto te leo en: ecovarrubiashernandez2001@gmail.com

*Licenciada en Psicología por la Universidad de Colima y Premio Peña Colorada 2025.