La tétrica historia de la tabla Ouija del Barrio de San José

La parroquia de San José es el centro de este barrio popular porteño del centro histórico.

*Desde aquello, en esta zona de La Pedregosa no han jugado ese objeto

Los hechos verídicos que narraré, de los que muchos porteños se dieron cuenta en su momento, ocurrieron una noche alrededor del año de 1984 en el Barrio de San José, en una parte de La Pedregosa que lo incluye y queda alrededor de la parroquia del mismo nombre: San José.

Forma parte de una colonia popular, donde para nadie es un secreto que, a la par que hay mucha gente trabajadora, también hay muchos otros sumidos en las adicciones; de modo que es un barrio peligroso, lugar de pandillas y frecuentes delitos. Por ahí y por esta razón funcionó hace algunos años el Centro de Rehabilitación y Readaptación de Enfermos de Alcoholismo y Drogadicción (CRREAD). Su espina dorsal es la calle Joel Montes Camarena, que sigue por en medio de la Zona Roja o de Tolerancia, para ir a acabar por la salida a Campos.

LA CURIOSIDAD MATÓ AL GATO

Fue en este vecindario donde en una medianoche sucedieron hechos tenebrosos que, al recordarlos, todavía causan estremecimientos y nos recuerdan que no hay que meterse a jugar con fuego, pues hay poderes malignos muy grandes; aunque, desde luego, siempre es más poderoso el poder de la luz y la bondad. Pero en muchas ocasiones los jóvenes, desaprensivos, atrevidos y curiosos, caen como insectos atraídos por la luz falsa de algo maligno, hasta que se meten en problemas.

Fue el caso de un grupo de amigos, quienes un día se interesaron en participar en el juego de la tabla ouija, que es un recuadro de madera con letras y números, sobre los que se desliza una tabla pequeña de manera misteriosa, tan sólo con poner sobre ella la mano, como si tuviera vida propia, formando con las letras del tablero palabras que responden al grupo de jugadores con exactitud increíble.

Para los que no conocen o no quieren conocer su parte espiritual-maligna, este juego es atractivo, ya que es uno de los más baratos del mercado; aunque también son muchas las personas que han tenido malas experiencias. Después de mucho jugar durante las noches de varias semanas seguidas, en una de esas jornadas nocturnas una muchacha que participaba empezó a comportarse de manera extraña y luego alcanzó a decir que se sentía mal, por lo que asustados los chicos dejaron de jugar y la llevaron a su cama en su cuarto.

También su familia se acercó a ver que tenía. La muchacha empezó a convulsionarse y a voltear los ojos, haciendo muecas horribles, maldiciendo y diciendo palabras obscenas y blasfemas. Sus ojos se enrojecieron y temblaba de pies a cabeza, sin que nadie pudiera detenerla, por más fuerte que fuera. La voz le cambió y se le hizo ronca, fuerte y rasposa, como la de un hombre mayor. El susto era tal entre los presentes, que a una vecina se le ocurrió ir por el sacerdote de la parroquia de San José, ubicada a tan sólo media cuadra de donde se encontraba la casa.

El cura, debido al horario, ya se encontraba dormido; por lo que tuvieron que despertarlo con gritos en alta voz, y tras explicarle lo que sucedía, salió armado con un crucifijo y un frasco con agua bendita. Una vez entrados al lugar el cura y la vecina, se encontraron con un espectáculo fascinante a la vez que aterrador; la muchacha se encontraba flotando a varios metros sobre la cama, con sus colchas colgando por los lados, en ocasiones elevándose casi hasta el techo, y en otras bajando hasta casi tocar el colchón con la arqueada espalda.

Repuesto de la fuerte impresión, el padre informó que la muchacha estaba poseída por un mal espíritu, y ella le respondió con una serie de insultos de la peor calaña. El sacerdote le acercó un crucifijo y ella lo arrojó. Luego le intentó echar agua bendita y tampoco pudo hacerlo, causando más violencia en la muchacha.

La tabla ouija es una puerta abierta a espíritus malignos que afectan la vida de las personas que la consultan.

PROBLEMAS ESPIRITUALES SERIOS

Al no poderla controlar nadie, y puesto que cada vez llegaban más curiosos de distintas partes de la ciudad, pues la noticia de la “endemoniada” había corrido como reguero de pólvora, el sacerdote informó a los familiares y vecinos más cercanos en amistad con la joven, que lo que tenían que hacer era dejar de jugar a la ouija y dejar tranquila a la muchacha hasta la mañana. En lo particular doy mi opinión, de que no creo en fantasmas ni en supersticiones; pero sí creo en la existencia del diablo y los demonios, y que, si se deja una puerta abierta en nuestra vida para ellos, nos estamos metiendo en problemas espirituales serios, y esto no es cosa de juego.

Entre los muchos curiosos que acudieron a presenciar el fenómeno estuvo mi hermano Rolando, desde la calle 2 del Seguro Social, donde vivíamos; a mí no me dejaron ir a ver porque era un niño en aquel entonces, y aquello era algo muy impresionante para que lo presenciara un chico como yo.

En efecto, a la mañana siguiente, la muchacha ya estuvo normal, y se dejó de jugar a la ouija en el barrio San José; pero la afición y la curiosidad por el poder misterioso y esotérico que de ella se desprende, ya había prendido en la imaginación de los vecinos de aquel barrio, sobre todo en los más jóvenes, y los coqueteos con la tabla infernal volverían al barrio de San José tres años después, con peores resultados que la primera vez.

TRES AÑOS DESPUÉS

Tres años duró guardada en el rincón de una casa la tabla Ouija en el barrio de San José. El miedo fue cediendo, y en su lugar volvió a crecer la curiosidad por volver a experimentar con ese instrumento diabólico. Un grupo de jóvenes del mismo barrio, la mayoría hermanos menores de los primeros que habían jugado con aquel tablero, se emocionaban contando todos los sucesos que les habían pasado hacía tres años. Corría ya el año de 1987, aproximadamente, cuando decidieron que eran muy valientes y que iban a volver a probar a la tabla.

Entre aquel grupo de amigos, estaba mi amigo Aurelio, quien fue mi compañero durante los seis años en la escuela primaria Padre Hidalgo en la Unidad Padre Hidalgo, de 1976 a 1982, así como durante los tres de la secundaria en la 2 de Campos, del 82 al 85. Mi amistad con él se hizo más estrecha durante estos tres últimos años, aunque nunca fue mi mejor amigo.

Después de la secundaria lo seguía viendo, porque yo iba casi a diario hasta el barrio de San José, a las tiendas de El Periquito y la de El Petróleo a comprar leche y pan bolillo durante las mañanas, y él estaba generalmente parado en una esquina. Después entró a trabajar como ayudante en la tienda de abarrotes de Licho Plascencia, antes Pepito, en la esquina de mi cuadra, la 2 del Seguro Social. Pues bien, mi amigo Aurelio es parte central de este relato.

Él fue uno de los más entusiastas porque se volviera a jugar la ouija. Por fin un día se decidieron y la sacaron de aquel rincón de telarañas donde había quedado guardada. Empezaron a hacerle preguntas cada vez más difíciles durante las noches, y todas las contestaba a la perfección: dónde se encontraban cosas perdidas, si una novia o novio era infiel, etc.

Un día, la tabla de repente lanzó una terrible amenaza contra Aurelio, mi amigo, cuando se le preguntó sobre su futuro. La ouija dijo que moriría muy pronto, y que su cadáver jamás aparecería. Los jóvenes se quedaron estupefactos y dejaron de jugar, retirándose a sus casas pensativos. Al otro día ya se les había pasado el susto, y volvieron a jugar. La amenaza contra “Güello”, como también le decíamos, se repitió.

San José es una sección del barrio de la Pedregosa, en su parte inicial conectada al centro, que va hacia la salida a campos por la calle Joel Montes Camarena, antes diagonal Corregidora.

APRENDIENDO LA LECCIÓN DEMASIADO TARDE

Nuevamente optaron por dejar de consultarla. En realidad era porque sentían temor, aunque decían que era porque ya se habían enfadado. Entonces decidieron que sería mejor buscar otras diversiones y se fueron al mar. Ese día había mal tiempo, y de repente las olas derribaron a Aurelio y se lo llevaron. Trataron de rescatarlo, pero al parecer el mar se lo había tragado.

Las propias autoridades lo buscaron en las playas de Ventanas, y al paso de los días no encontraron el cuerpo por ningún lado. Intrigados, sus compañeros del barrio recordaron la amenaza de la ouija y decidieron volver a consultarla para saber en dónde estaba el cadáver y si lograrían encontrarlo. La tabla les contestó que, tal como ya les había dicho, jamás encontrarían los restos. La frase que les dijo fue extraña y misteriosa: “Lo tengo sentado en el fondo del mar”. Lo cierto es que jamás se encontró a Aurelio. Quizá los animales marinos lo devoraron.

El día que consultaban a la ouija para saber si encontrarían al vecino, uno de los más interesados y quien hacía las preguntas, era un pescador muy amigo de “Güello, a quien la tabla le dijo: “Ya se fue Aurelio, ya me lo llevé; pero ahora sigues tú. Pronto le harás compañía en el fondo del mar”. Este pescador ribereño del barrio de San José en La Pedregosa, jamás volvió a pescar, nunca regresó al mar ni a la laguna.

Cambió totalmente de oficio por temor a la maldición de la ouija, y ni siquiera se acerca a la orilla. Tan sólo ver las aguas azules a la distancia le causa pavor. Esto sigue sintiéndolo después de más de 38 años de que fue lanzada esa maldición contra su vida. Por cierto, en esta ocasión la tabla ouija sí fue destruida, y jamás se ha vuelto a jugar en el Barrio de San José.