Los desastres que han golpeado a Colima


Cuquita de Anda.-

Primera parte

Por los sustos sufridos en días pasados y hasta el presente, a consecuencia de una lluvia interminable de ceniza, recordé lo que escribí en un libro editado por los cronistas de pueblos y ciudades, texto que les compartiré en las páginas de este prestigiado periódico:
“La Güera” había terminado de lavar, era ya tarde-noche, el hijo pequeño se había marchado con su novia al Templo de Guadalajarita, para los trámites de su boda. Se encontraba sola, tomó sus cubetas dispuesta para subir a la azotea a tender cuando sintió que la empujaron con fuerza hacia adelante, se asustó por el ruido subterráneo que escuchó y sin pensarlo dos veces se abocó a la puerta.
Un empleado le había dejado el carro tapando la entrada y se raspó pero llegó a la puerta de la calle, volvió la vista al piso de arriba y se mecía hacia adelante, como si abanicaran. Lo recuerda “La Güerita” perfecto, no parecía concreto, sino papel al viento. No sintió miedo, era terror.
Se había lastimado una pierna en el intento de salir, pero no sentía dolor. El miedo a lo desconocido hacía que sus dientes sonaran como castañuelas. En eso estaba cuando llegó su hijo Dante y su novia Marcia. El campanario de la iglesia había caído e inexplicablemente habían perdido los zapatos. Venían llenos de tierra y su hijo le gritaba que si estaba bien. Lo abrazó, lo llenó de besos y le dijo que sí. Por su trabajo, se fue junto con Marcia a reportear.
A los pocos minutos llegó Marina. También le dijo que estaba bien, que no se preocupara y así empezaron a llegar uno a uno los hijos, los amigos. No durmió en toda la noche, el pensar en los demás, aunque la mayor se comunicó y supo que se lastimó una pierna, nunca fue a verla, sólo llamó, por el hecho de que estaba prestando ayuda a sus vecinos, pero el saber que estaban bien la consoló.
Al día siguiente llamó a las integrantes de la Asociación de Apoyo para la Autoestima de Mujeres (Apamac) y les comentó que si temporalmente cambiaban su rumbo, para apoyar a los más necesitados por aquel temblor del 23 de enero de 2003.
En eso estaban cuando llegó un telefonazo avisándole que por la calle Allende se encontraba un señor paralitico, encerrado, que pedía ayuda pero no había forma de entrar. Sin pensarlo dos veces, se hizo acompañar de Fidel, que en ese tiempo era su ayudante Fidel.
Con mucho trabajo y mucho esfuerzo, llegaron al lugar indicado y Fidel pudo abrir la puerta, sacar a la persona que aparte de su invalidez estaba lastimado y en el momento en que él salió se derrumbó la casa. Llamó a Eduardo González Sauto para pedirle le ayudara a acomodar al señor que habían sacado y le prestaran ayuda. Llegó una ambulancia de Jalisco y se lo llevó, pero ya tenía su lugar apartado, para atención médica.
Tras los días se pudo dar cuenta del luto y dolor intenso en muchos de sus queridos hermanos de tierra, en donde quedaron sepultadas ilusiones y seres queridos bajo la losa fría del cemento de su propia vivienda.
Una cosa muy curiosa, pasó con el terremoto. La ex gobernadora Griselda Alvarez Ponce de León hizo lo posible para que en Colima naciera la asociación Gilberto y ésta pudo ver la luz gracias a aquel terrible acontecimiento del 2003.
Después de ver los cuantiosos daños que ocasionó este terremoto, la ex gobernadora coordinó su integración con mujeres líderes en todos los sentidos y puso a la cabeza a Tere Santana y la señora Hilda Ceballos como presidenta honoraria.
Ahora, inmediatamente después de presentarse un siniestro, Gilberto se hace presente para amortiguar en algo los daños.
Continuará…