Los estragos de la depredación de quelonios en Manzanillo



Durante mi niñez y adolescencia, una de las comidas favoritas de mi familia y propia, era la caguama. Por entonces nadie hablaba sobre la sobreexplotación de estos animales marinos, y no existía conciencia alguna sobre la necesidad de conservarlas. La tortuga marina era cocinada con papas, zanahorias, puré de tomate, aceitunas y diversas especies, ya sea acompañada con tortillas o tostadas.  

Mi tío Enrique Carrillo, esposa de mi tía Eva, era famoso por la preparación de este guiso. Era algo tan apreciado, que incluso en algunos festejos familiares importantes durante el día, se llegaba a servir como platillo principal. Igual que se preparaba en casa, se vendía en puestos callejeros, como el de El Tlacuache, que todavía existe por la calle Pedro Núñez, por muchos años al costado de la Electrónica Leslie, negocio ya desaparecido; aunque, desde luego, este puesto tan afamado ya no vende caguama, y en su lugar vende mariscos con la misma concurrida clientela que ha tenido desde hace muchas décadas.  

Recuerdo cuando era niño caminar por la Playita de En Medio acompañado de mi papá, cerca del astillero de Don Miguel Jaramillo (así se le decía, aunque en el astillero ya trabajaban otras personas, mientras él ahora despachaba su negocio de artículos de pesca en la acera de enfrente, sobre la Niños Héroes: La Casa del Pescador), y nos topamos con un enorme caparazón de tortuga abandonado. Al parecer habían desollado al animal marino para comercializar su carne, y me impresioné mucho, por su bella aunque dantesca forma, con carne todavía pegada al cuenco aquel, duro como piedra, así como por el gran tamaño, que me hizo imaginar cómo de grande estaba aquel animal cuando aún estaba vivo.  

También recuerdo a un conocido señor, conocido popularmente como El Boya, quién paseaba por todo el Centro Histórico a bordo de una bicicleta de turismo grandota, que atrás traía una parrilla metálica para llevar carga, y sobre ella un cazo tipo chicharronero, dentro del cual traía carne de quelonio en grandes trozos para vender. La gente ya sabía que se venía acercando cuando lanzaba al aire su tradicional grito: “¡Fresca, la fresca!”, y salían de inmediato a comprarle.  

Así, de esta forma, a pedalazo limpio, recorría gran parte de la ciudad, por lo menos en lo que se refiere al centro, pues lo mismo se le veía en San Pedrito, que en La Pedregosa, que en El Tajo, la Unidad Padre Hidalgo y colonias alrededor de estos lugares. Esta persona vivió hasta una edad muy avanzada y siempre mantuvo una excelente salud a pesar de su senectud. Era muy amigo desde la niñez de un tío mío, ya fallecido, hermano de mi mamá, Manuel Cisneros Peña, ejidatario de Salagua, quien también vivió hasta una edad muy avanzada.  

Casi todo mundo en Manzanillo lo conocía, o por lo menos lo identificaba por su peculiar vendimia, que por entonces se consumía en casi todos los hogares de forma frecuente. El consumo de su carne no fue la causa principal de que disminuyera tanto el número de ejemplares, sino la explotación de su piel, porque se usaba para hacer zapatos, cintos, bolsas y muchos otros artículos. La piel de estos animales es apta para hacer trabajos muy bonitos en cuanto a estos artículos, y de ahí la alta demanda por su captura.  

Muchas veces únicamente les cortaban las aletas, y las dejaban desangrándose a medio morir y medio vivir. En este proceso doloroso, la caguama derramaba lágrimas, cosa rara en un animal. Era algo muy triste y cruel. Pero a los encargados de realizar estos productos comerciales, esto no les importaba en absoluto. Se le cazaba tanto para diversos fines, que empezó a escasear y se prohibió su captura y consumo, con penas tan severas, que se logró el cometido, y la especie entró en franca recuperación en relativamente poco tiempo.  

La caguama es la tortuga boba o cabezona, que lleva el nombre científi co de Carett a Carett a, única en su género dentro de los quelonios, ubicada dentro de la súper familia de las tortugas marinas, la cual vive en el mar, en aguas costeras poco profundas y en muy raras ocasiones arriba a las costas aparte de la ocasión del desove, que lo hacen excavando un nido en la arena de la playa, y una vez depositados los huevos dentro, el quelonio lo tapa con la ayuda de sus patas-aletas y luego lentamente comienzo su lento regreso a la seguridad del mar, momento en que es vulnerable al ataque de muchos depredadores.  

Afortunadamente, se ha tomado conciencia sobre la necesidad de preservar estos hermosos ejemplares de la naturaleza, y hay muchas personas y organizaciones, que protegen tanto a los ejemplares adultos, así como a los nidos y sus huevos, así como a los pequeños cuando salen de ellos y van al mar para crecer y desarrollarse. A mí me gustaba mucho la carne de caguama, y a toda mi familia también; así que mi mamá optó por hacer la misma receta, pero con carne de res, y descubrimos que prácticamente sabía igual; por lo que, a partir de esa fecha, hacíamos una especie de caguama con carne de res.