Los viajes de vapor en Colima hace 140 años


1881, RELATO DE UN VIAJERO

Qué hermoso era aquel paisaje desde el volcán a donde inicia la región de la costa, en donde inicia la laguna de Cuyutlán. Nada más acercarse a la zona caliente de Colima, se ve reinar a la palma, la palma de coco, esa que llegó de las paradisiacas islas de Oceanía a mitad del Pacífico, y se adaptó como si fuera natural. En las cercanías de la población de Cuyutlán desde la época en que dominaban los españoles, ya se habían hecho grandes sembradíos de cocoteros que se observan hasta hoy.

Por entonces, procedentes de la colonia española de Filipinas llegaron con la Nao de China un gran número de esclavos filipinos, que aquí les llamaron “indios chinos”, y ellos fueron quienes enseñaron a la gente de la localidad a utilizar el tronco de la palma para hacer banquitos y muebles sencillos, las palapas para techar los jacales, a usar la estopa y aprovechar la savia. Mientras esperábamos al vapor que nos llevaría hasta Manzanillo, nos pusimos a observar todo lo que había alrededor en esta zona poco poblada y menos desarrollada. Rápidamente alguien se acercó a ofrecernos una refrescante bebida de la savia de la palmera, llamada tuba, que se aprendió a utilizar también como una importación de la colonia española en Asia.

Le preguntamos al vendedor, quien cargaba al hombro dos bules conteniendo la bebida, que si la tuba emborrachaba, y éste sólo contestó que no, pero que anteriormente se vendía mucho el vino de cocos, que era el aguardiente destilado de la tuba, pero luego cayó en desuso y pasó de moda, porque las autoridades virreinales la prohibieron. La razón era porque nadie en todo Colima quería consumir vinos españoles, pues preferían el vino de cocos. Incluso, por aquel tiempo también ordenaron que se talaran todas las palmeras en la región colimense; pero al parecer, quienes se encargarían de ese trabajo vieron tantísimas palmas desde Tecomán hasta Manzanillo, que prefirieron hacerse de la vista gorda y desentenderse de la orden.

JUNGLA JUNTO A LA LAGUNA

Y en verdad, es en las cercanías de Cuyutlán una verdadera jungla de palmeras, pero no es el único árbol existente, sino que rompen la monotonía del paisaje los chicozapotes y camichines, entre otros representantes de la flora local. Nos enseñan que por aquí hay tres grandes haciendas, la de Armería, la de Cuyutlán y la Paso del Río o San Andrés Periquillos. Por cierto, revolotean muchos pericos silvestres en bandadas aquí y allá.

Desde hace casi diez años, para ser más precisos desde 1871, empezó a funcionar esta embarcación a vapor que suple la falta de caminos buenos, desde esta zona hasta el puerto de Manzanillo. Anteriormente se tenía que sortear penosamente la laguna en tortuoso camino de mulas por la orilla del vaso lacustre, con muchos riesgos de ataques de víboras y caimanes. Pero de plano, en la época de lluvias era impracticable, porque el sendero se volvía un lodazal. Hay que decir que nomás basta con asomarse a la laguna para ver que doquiera se pasean a sus anchas los grandes caimanes, que son capaces de atacar a la gente. Con gran visión, el Cónsul norteamericano Augustus Morrill invirtió parte de su capital para poner en marcha este servicio de una embarcación para llevar carga y pasaje.

VIENE EL PROGRESO

Su idea inicial era crear toda una línea de vapores; pero luego, viendo la alta demanda de llevar carga desde los barcos que arriban a Manzanillo hasta Colima, el mismo ha empezado las gestiones para que se introduzca un ferrocarril de vía angosta que ya fue aprobado, y ya se empieza a ver que algunos trabajos han empezado de manera incipiente, y se observa en Armería el campamento de trabajadores que laborarán en la introducción del ferrocarril, los cuales vienen de todo el país y alguno que otro desde el extranjero, pues se menciona que hay chinos también.

Si todo sale de acuerdo a lo planeado, el año próximo estará corriendo por estos parajes el caballo de metal, la locomotora. Así que me estaré embarcando en uno de los últimos viajes de esta embarcación que se llama el Vapor Colima. Se oye alboroto, y entonces me dirijo al improvisado muellecito en Cuyutlancillo, donde se embarcan y desembarcan cargas y personas. Es un jacalón de madera, con un techo de palapas muy propio de la región, el cual es en realidad una bodega.

Un paraíso de flora y fauna entre Armería y el puerto de Manzanillo.

UN RÚSTICO VAPORCITO

Estamos a ochenta millas del paso del río de la Armería. Ahí vi por primera vez el Vapor Colima en el que viajaré. Como es natural en un medio de transporte a vapor, tiene una caldera gigante, varios cilindros, y el movimiento se transmite a las ruedas de paletas por medio de unas bandas de cuero. Tiene un fondo plano, ya que la laguna no tiene mucho calado. Tiene una pequeña cabinita, y arriba de ella va el timonel, en un pequeño cuartito. A pesar de ser una embarcación pequeña, es muy ruidosa, y su motor curiosamente se utilizó primeramente en un aserradero. Tiene 11 metros de lago y 4.25 de ancho, y según me han dicho, puede navegar a una velocidad de 12 kilómetros por hora. En cada viaje lleva 16 toneladas, que son como 140 cargas de mula, de modo que ahora el transporte de mercancía desde y hacia el puerto se ha hecho mucho más rápido que en los viejos tiempos. Su dueño, a pesar de ser norteamericano, tiene muchos años viviendo en Colima, donde tiene un rancho llamado El Balcón. Me acerqué a quien vendía los boletos, pues aún no lo había comprado y me costó 3 pesos.

Me dicen que he tenido suerte de estar por aquí en los primeros días de junio, ya que sólo entre este mes y noviembre aproximadamente, da servicio el barquito, pues el resto del año, el nivel de agua de la laguna baja tanto, que es imposible la navegación. En esa temporada de secas, la laguna huele horrible, aunque dicen que cerca de Manzanillo casi todo el año huele mal. Todos tienen miedo a un peligro invisible, que son los miasmas o fiebres que despiden las aguas malsanas, por lo que se hace imperativo sanear las aguas de la laguna, comunicándolas con el mar, para lo que ha habido y hay varios proyectos. También un ingeniero local muy capacitado, de apellido Banda, ideó un proyecto para unir la laguna con el río Armería, a través del estero Palo Verde, cosa que tampoco ha podido hacerse. Esto era con el fin de que la navegación fuera todo el año, pero ante la perspectiva del ferrocarril, todo proyecto que tenga que ver con navegación se canceló.

PARAJES CASI VÍRGENES

Subo a la cubierta del vapor, mientras observo que se empieza a subir la carga, previamente pesada, cobrándose 50 centavos por cada 100 kilos. Por fin, tras todos acomodarse como mejor pueden en banquitas de madera, bajo un techito de lona para guarecer del sol, nos disponemos a la marcha, que es anunciada con el pitido del silbato de a bordo. Y por fin despegamos, empezando a surcar estas aguas saladas y poco profundas. En medio veíamos islotes verdes, con pájaros extraños, algunos que generalmente son marinos, pero que con la cercanía que hay aquí entre el océano y la laguna de Cuyutlán, pasan a revolotear hasta las gaviotas y hasta los pelícanos.

En una de las lejanas riberas, pude ver una enorme iguana, muy verde, saliendo del agua a gran velocidad, y yendo a subirse a un manglar cercano, porque toda la ribera está cubierta de manglares, donde dicen que se esconde el temido jején; pero lo bueno es que sale ya que se pone el sol. Era un iguana tan grande que parecía un dinosaurio pequeño o un mitológico dragón, pero que a más de un pasajero se le antojó para echarla a la cazuela, pues en Colima se comen a las iguanas en caldo. Por allá, me dicen, es donde sacan la sal, que presumen que es la mejor del mundo. De marzo a mayo es cuando la extraen. Durante Semana Santa, la gente del occidente del país viene al balneario de Cuyutlán, a lo que llaman “Los Baños de Mar”. Hace muchos años hubo un maremoto que acabó con las salinas de San Pantaleón. El vapor hace sonar su silbido, espantando a las aves, y la chimenea echa una enorme nube de humo, mientras el motor ruge a toda su fuerza de catorce caballos.

UNO DE LOS ÚLTIMOS VIAJES EN VAPOR

Desde el 17 de junio de 1877, todas estas tierras adyacentes a la laguna hasta Cuyutlán, Armería y el Río Grande, le pertenecen al nuevo municipio de Manzanillo, incluyendo las tres haciendas y las rancherías de Coatán, Cualatilla, Cuyutlancillo, Humedades y Periquillos. Hace apenas unos días que el Gobernador Francisco Santa Cruz y el cónsul Morrill, representante de la Compañía Constructora Mexicana, firmaron un contrato para por fin asegurar la construcción del tramo ferroviario de vía angosta entre Manzanillo y Colima. Así es que, sin duda, este es uno de los últimos viajes en vapor.

La gente socializa a bordo, mientras yo me aparto y me dedico a observar en lontananza. Es muy probable que en unos años más, esta laguna sea unido con el mar en un punto cercano a Manzanillo, y entonces la laguna quede bien saneada, tenga un calado más profundo, y por medio de un canal apropiado, decenas de barcos de todas las banderas puedan entrar a anclar junto a los muelles que, en estas verdes riberas hoy cubiertas de manglares, se harán. Hace algunos años se intentó, gastándose en ello 30 mil pesos, pero por falta de fondos, ya no se pudo cortar el cerro que comunicaría al mar con la laguna en las cercanías de Manzanillo. Hoy casi todo es virgen y desierto a lo largo del trayecto.

LLEGANDO A EL MANZANILLO

Por fin, el Vapor se acerca al muellecito de Manzanillo, que llaman de Morrill. También muchas lanchas se acercan a él, algunas de ellas acarreando maderas. Otra llevan personas que llevan mercancías, principalmente del cercano pueblecito de Campos, y eso es porque junto al pequeño muelle hay un pequeño zoco, tianguis o mercadito informal, con tendidos informes y arremolinados, donde se vende de todo: limones, pescado, cocos, mangos, marañones, ciruelas y otros productos locales. No falta quien también vende alimentos preparados.

Desde ahí, a distancia de escasas dos cuadras, se alcanza ver al mar. Ese corto tramo está lleno de casas de madera, algunas con hamacas en la puerta. La vista hasta el fondo de la ciudad frente al mar queda medio obstaculizada por un pequeño montículo que se prevé que desparecerá al nivelar las vialidades. Todas las calles están cubiertas de arena y frente al mar hay una bodega, algunas fondas, cantinas y agencias de compañías navieras, principalmente alemanas. De un salto bajo del Vapor Colima y me despido de él, sabiendo que dentro de poco ya no funcionará más. En su lugar correrá el tren, que traerá el progreso.