Manzanillo, antiguo refugio de sicodelia y contracultura


El hotel La Posada se fundó en 1957, y en 1960 fue adquirido por Bart Varelmann, quien lo llevó a su máximo esplendor como refugio de la contracultura, de la generación beat, con presencia constante de visitantes norteamericanos, quienes ahí dicen sentirse como en casa, pues hay algunos que han estado regresando desde hace veinte y treinta años. Algo que agrada mucho a los visitantes es que es uno de los pocos lugares que aceptan a los huéspedes con todo y sus mascotas.

Dibujo que muestra al escritor Robert Stone en Manzanillo.

GUARIDA DE ESCRITORES VANGUARDISTAS

Uno de sus más famosos visitantes fue Ken Casey, autor de “Casey´s Garage Sale”, de 1973, que habla de sus aventuras en Manzanillo. Ken Casey es también el autor del libro “One Flew Over The Cukoo´s Nest”, que en México se tradujo como “Alguien voló sobre el nido del cuco”, y al ser llevado al cine, como “Atrapado sin salida”, escrito en 1962 en Stanford. Otro libro que habla sobre Manzanillo con origen en La Posada es “Prime Green: Remembering the 60´s”, de Robert Stone, donde habla del grupo de existencialistas que habían tomado por refugio este hotel y los condominios Roca del Mar, parte del mismo complejo, los cuales eran, según palabras del autor, una mezcla entre una fiesta de fraternidad universitaria, con una sociedad de escritores libertinos. “Innkeeper”, autobiografía de Bart Varelmann, propietario por muchos años del Hotel, sitio de alojamiento que también es conocido como The Pink (El Rosado, por el distintivo alegre color con el que está pintado); y la más famosa, “The Electric Kool-Aid Acid Test “, de Tom Wolfe -quien viajó a Manzanillo y se hospedó en La Posada junto a Ken Casey, el “profeta psicodélico”-, libro donde se dice que Manzanillo era entonces un lugar aislado del mundo.

En el primer plano la alberca, y al fondo, la característica silueta del Cerro de la Cruz.

UN PARAÍSO LEJANO

Aquí muchos experimentaron libremente con el LSD, lejos de miradas inoportunas, pues el hotel estaba apartado del propio Manzanillo, así como de las autoridades norteamericanas, que en esos momentos se oponían férreamente y perseguían a quienes buscaban experimentar con alucinógenos y fármacos o sustancias blandas, como las que usaban en la contracultura, pese a que en un primer momento, por un breve lapso, alentaron su consumo. El lugar era, pues, un refugio de hippies intelectuales, que no buscaban lujos, sino privacidad y experiencias que les abrieran la mente. Con Ken Casey llegaron en 1966 un grupo de seguidores, conocidos en Estados Unidos como “Los felices bromistas”, perseguidos por el FBI, quienes en La Posada estuvieron tan en el anonimato, que ni las autoridades federales mexicanas tuvieron noticias de su estancia. En Manzanillo Casey escribe uno de sus mejores ensayos metafísicos, “Over the Border”, que escribió entre borracheras, bromas y jornadas de windsurf. Increíblemente llegaron él, algunos familiares y amigos, sin causar mayor sospecha en un autobús escolar marca International Harvester, cubierto con pintura psicodélica hippie, equipado con un equipo de altavoces sofisticado para la época por donde salía música de rock, tipo Hendrix, Doors, Santana, Joplin, Ramones y, sobre todo, el grupo favorito de la pandilla, Grateful Dead. Casey había estado antes en Puerto Vallarta y Mazatlán, donde siempre tenía problemas por fumar mariguana, y sólo en Manzanillo pudo refugiarse y tener la paz para volver a escribir sin ser perseguido. El grupo estaba conformado por Carolyn Adams (Conocida como La Chica de la Montaña), Mike Haggen, Ken Babbs y Neal Cassidy, además de la esposa e hijos de Ken. Aquí en Manzanillo Carolyn Adams dio a luz a una niña, hija de Ken Casey, y como no tenían dinero, nació en el pabellón de caridad del Hospital Civil en San Pedrito. Desde luego que no hay problemas con la esposa de Casey, porque estamos en la época del amor y paz de los sesenta, y del haz el amor y no la guerra que propugnaban los hippies. Sólo estuvieron aquí unos meses, pero muy felices y fructíferos, para luego regresar a los Estados Unidos. Otro escritor famoso es “Mexico on 5 Dollars a Day”, edición de 1964, de John Wilcock, donde se habla ya de la Farmacia América como una negociación muy bien surtida. Wilcock era dibujante, y sus publicaciones eran profusamente ilustradas con sus dibujos.

La Posada en 1959, tras el azote del ciclón del Pacífico que acabó con Manzanillo.

UN SITIO CON HISTORIA

Donde hoy están La Posada y Condominios Roca del Mar hubo un montículo pétreo bastante elevado, de aproximadamente quince metros de altura, y ahí había una bodega de tres por tres metros que fue construida en 1901 por el Coronel Edgard K. Smoot, para almacenar ahí los explosivos que requería para las obras del puerto. Después de algunos años, conforme fueron avanzando las obras, su utilización fue siendo menos importante, y en 1916, al terminarse la construcción del Paseo Independencia del Rompeolas, Otis Smoot lo entregó, y luego pasó a ser de la Armada de México. El camino hacia este punto de la costa se tenía que hacer entre manglares, y luego de pasar la isla de San Pedrito y aproximarse a los frutales de Diego Carreón, se podían ver las rocas y este almacén, conocido como el polvorín. Por ahí se fue formando un caserío bastante pequeño, que se conoció también con ese nombre, El Polvorín, y con el paso del tiempo, al ir aumentando los pobladores, los porteños hablaban de ese grupito de casas como Las Colonias (El Polvorín, El Pacífico y después Las Brisas). El 12 de agosto de 1924 a las 11 de la mañana cayó sobre Manzanillo una fuerte tormenta, con lluvia intensa y rayos constantes, por lo que un arriero que venía del rumbo de Santiago, llevando tres bestias cargadas de leña para vender, al ver que estaba el clima muy cerrado, al pasar por el polvorín optó por guarecerse al interior, aprovechando que el vigilante no se encontraba ahí en esos momentos, pues sólo acudía a cuidar por las noches. En el sitio lleno de pólvora y dinamita buscó un rincón para recostarse y descansar por un momento, mientras quedaban los burros bien amarrados. De repente, un rayo cayó en seco sobre el polvorín, causando que los explosivos detonaran, siendo tal la energía liberada, que al instante salieron volando en pedazos los cuerpos del burrero y sus nobles bestias con rumbo hacia donde hoy se encuentra la carretera, la avenida Lázaro Cárdenas. El tronido fue tan fuerte que todo Manzanillo se conmocionó con el suceso, y los que pudieron, acudieron hasta allá, para ver lo que había pasado. Fue en ese lugar donde se encontraba el polvorín que treinta y tres años después nació La Posada en su primera etapa, pues su fisonomía y dimensiones actuales datan de después del azote del ciclón del 59, en que fue reconstruida por su nuevo propietario, Varelmann. Ya desde mediados de los años cincuenta se decía que ahí terminaba la playa de San Pedrito, y cuando la gente quería caminar, la meta era ir hasta La Posada, que por el entonces quedaba enclavada en un punto de la costa aún por desarrollar, pues en su alrededor no había casas, ni hoteles, ni restaurantes, ni bares, como ahora. Queda un montículo de rocas –el único en una amplia franja costera- como recuerdo del cerrito del polvorín, y sobre él, a un costado de La Posada, construyó también Varelmann Roca del Mar. Bart Varelmann fue, sino el primero, uno de los primeros extranjeros en invertir en Manzanillo, un puerto entonces alejado del mapa de opciones que les ofrecía nuestro país al visitante, donde Acapulco brillaba casi en solitario. Esto surge de la amistad que le unía a Don Luis García Castillo, que databa de la época en que éste vivió en California, más propiamente en San Francisco, la ciudad de Varelmann. En aquella urbe californiana vivió en su niñez García Castillo, hasta que vino a establecerse en Manzanillo, destacando como uno de los primeros promotores turísticos que aquí hubo. Cuando Don Luis fue nombrado director de la oficina de turismo en nuestro puerto, una de las primeras cosas que hizo fue promover a Manzanillo entre sus amigos norteamericanos, no sólo para que lo visitaran, sino para que invirtieran en su desarrollo. Empezó a organizar caravanas de más de cien carros casas, para que vinieran a conocernos. En los terrenos de la Marina, hoy Unidad Deportiva 5 de Mayo, el ayuntamiento les organizaba noches mexicanas y lunadas. Con apoyo de las autoridades logró que algunos compraran casas aquí. Entre los que se avecindaron en Manzanillo en esos tiempos estuvieron personas como Jules Alexander, Bert Schwartz y Victor Leonhard, entre otros. Fue en esta coyuntura que Varelmann tomó posesión de La Posada, al enamorarse de Manzanillo.

Ken Cassey y Robert Stone en los setentas, pasando desapercibidos como dos gringos más.

LOS SETENTAS, EL FIN DE UNA ERA ALOCADA

Con la apertura del canal de navegación del Puerto Interior, La Posada quedó aún más aislada en los años setentas, a pesar de tener una vista inmejorable del primer cuadro de la ciudad. La parte de la playa de Las Brisas en que se encuentra, es la punta de una península creada por el hombre, al abrirse el puerto interior en la antigua laguna. Hoy ya La Posada no está al final de la playa de San Pedrito, sino al inicio de la de Las Brisas. La Posada tiene veintidós cuartos, y Varelmann quiso darle una vaga apariencia de hacienda mexicana, sin perder su estilo playero. En un lado de la alberca, al tener 10 pies de profundidad, Susan Dearing, administradora, maestra de buceo y escritora de una guía del viajero sobre Manzanillo en inglés, enseña a bucear a los hospedados en La Posada que así lo deseen. Como siempre, es un lugar de alojamiento muy pequeño, pero con encanto e historia, donde incluso quienes se hospedan en los condominios aledaños, Roca del Mar, gustan reunirse con sus huéspedes para confraternizar relajadamente, en el centro de La Posada, que es “La Sala”, como le bautizó Varelmann (quien se autodenomina “El Posadero”/The Innkeeper), porque ahí se siente, dicen muchos, la armonía hogareña. Porque hay que decir que no es un lugar sofisticado, lujoso o elitista, sino que es como un refugio. Como dijeran los hippies y rebeldes que ahí se quedan: “el lugar tiene onda”. El lugar resalta además porque tiene el único montículo en una larga playa que es plana por todo Las Brisas, Playa Azul y Salagua, y esos peñascos le hacen único y diferente. Era 1960 cuando este gringo decidió invertir los ahorros de su vida en una posada junto al mar, cuando llegó a Manzanillo, y se encontró con que un año antes un ciclón de categoría 5 había arrasado con casi todos los hoteles del entonces pequeño puerto, así como las casas de los pobladores. Quería asentarse aquí para bucear en busca de tesoros, y entre ellos quizá encontrar los del Golden Gate. Se encontró con el Hotel La Posada en una zona aun virgen de la bahía de Manzanillo, totalmente destruida por el ciclón, el cual adquirió muy barato, junto con los condominios aledaños que desde entonces se dedicó a administrar. Él estaba especialmente orgulloso de “La Sala”, su living room comunal con una onda lounge que está inspirada en el filme “Cayo Largo” (Key Largo), protagonizado por Humphrey Bogart. Ahí se hospedaron, lejos de los reflectores, las páginas de las revistas y las miradas de los curiosos, personajes como Bing Crosby, Lee Marvin y Sam Houston, y ahí también se reunieron a convivir y a beber en su acogedora Sala, el millonario boliviano Antenor Patiño, y los actores hollywoodenses Dudley Moore y Bo Dereck, junto al elenco de la cinta “10, la mujer perfecta”. Pero, hay que decir que Bart era un romántico y hasta aventurero, pero no un gran hotelero, y se necesitaban cambios para competir con las nuevas opciones turísticas que empezaron a existir en Manzanillo desde finales de los setentas, buscando atraer al turismo norteamericano, canadiense y europeo, que en un principio eran clientes cautivos suyos. Porque La Posada era un parte como una casa de huéspedes mexicana o un hostel, ya que no tenía baños en cada cuarto, sino dos colectivos y sus cuartos no contaban con aire acondicionado, a pesar del habitual clima caluroso de Manzanillo, solo ventiladores de techo. Todo esto empezó a cambiar, cuando el lugar fue adquirido por los empresarios turísticos cubano-americanos Lisa y Juan Martínez, quienes respetaron casi todo, pero hicieron baños en todos los cuartos y pusieron aire acondicionado. Mantienen ese ambiente de contracultura y relax que siempre ha caracterizado a un escondite de idealistas y soñadores, y un sistema de honor en el servicio de bebidas, ya que los clientes se despachan solos, y ponen las botellas de cerveza vacías en un sitio especial para cada mesa, y al final el encargado del cobro las cuenta, confiando en que le pagaran lo justo y correcto. Hay que decir que los clientes mexicanos son raros, pero la parte mexicana en el ambiente de La Posada está presente, pues junto a la cocina internacional brillan los platos mexicanos, y constantemente hay eventos amenizados por mariachis, y de ahí parten tours para visitar partes interesantes de nuestro estado. Hay tres cosas que dan una imagen especial a La Posada, una es su tono rosa, otra son las llaves de sus habitaciones tipo antiguas, muy artísticas, de hierro, que entran en candados antiguos y el living donde la gente puede conversar, comer o beber entre paredes rústicamente pintadas, donde entra el aire libremente y todos están sentados en los atractivos equipales, característicos de nuestra región, todo a escasos pasos de la alberca. También hay fotos de La Posada a través del tiempo, que cautivan a los visitantes. Bart Varelmann, en su juventud un músico de Jazz Dixieland, ejecutante de banjo y veterano de la guerra de Corea, difundió entre sus compatriotas, canadienses y europeos a su Posada como “el apasionado hotel rosa junto al mar tropical”.

La Posada en 1959, tras el azote del ciclón del Pacífico que acabó con Manzanillo.

Varelmann haciendo windsurf en la playa de Las Brisas, y al fondo, más allá del canal de navegación, oficinas del puerto de Manzanillo.

Un ambiente con onda.

Sobre estas piedras, únicas en una larga playa plana, se asienta la posada y su edificación hermana, roca del mar.